Murió el último de los exorcistas

FALLECIÓ GABRIELE AMORTH EL DECANO DE LOS EXORCISTAS: tenía 91 años. Decía «Nunca hay que creer que todos los que dicen estar poseídos lo están verdaderamente. La mayor parte de las personas solo tiene graves problemas psicológicos»

El padre Gabriele Amorth

ANDREA TORNIELLI.- Desde ayer, finalmente, ya no tendrá que preocuparse por luchar contra el demonio. Falleció ayer, viernes 16 de septiembre, en el hospital Gemelli de Roma, el padre Gabriele Amorth, de 91 años y decano de los exorcistas. Durante décadas su teléfono sonaba constantemente, miles de personas lo buscaban, le pedían encuentros, les sometían y a sus oraciones los casos de parientes, amigos, conocidos.

«Ahora hago exorcismos sobre cinco o seis personas al día. Hasta hace algunos meses hacía muchos más, hasta diez o doce», decía hace cinco años. «Exorcizo siempre, también los domingos. Hasta en Navidad». El padre Gabriele Amorth, miembro de la Sociedad San Pablo, nació en Módena, fue partisano en Emilia y se salvó una condena a muerte.

Era el presidente emérito de la Asociación Internacional de los Exorcistas y pasó los últimos treinta años de su vida luchando contra el diablo, y era capaz de contar episodios tremendos, muchos de los cuales se llevó a la tumba.

En uno de sus libros más bellos “El último exorcista”, escrito con Paolo Rodari), reveló, por ejemplo, el efecto poderoso que una bendición, impartida a distancia por Benedicto XVI durante una audiencia pública, tuvo sobre dos jóvenes endemoniados.

El padre Amorth tenía una mirada penetrante, la cabeza sin un solo cabello, la voz firme a pesar de la edad, acostumbrado como estaba a impartir órdenes al príncipe de las tinieblas. La del exorcista fue para él una «vocación adulta». Hasta junio de 1986, es decir hasta la edad de 61 años, fue jurista y mariólogo, dirigía la revista mensual «Madre de Dios». Y el cardenal Ugo Poletti, entonces vicario del Papa para Roma, fue quien le propuso que sustituyera al padre Candido Amantini, exorcista oficial de la diócesis de Roma.

Para Amorth esta petición, a la que obedeció, significó un cambio decisivo y definitivo en su vida. Desde ese momento la lucha contra el demonio y la liberación de las personas endemoniadas se convirtió en su misión cotidiana.

«¿Quién soy yo —solía decir— para combatir al príncipe de las tinieblas? No soy nadie. Pero Dios es todo. El demonio no se combate con fuerzas propias, sino con las del cielo». Y padre Amorth subrayaba que justamente su devoción mariana especial lo ayudaba. «Un día estaba exorcizando a un poseído. Mediante su voz me hablaba Satanás. Me escupía insultos, blasfemias, acusaciones y amenazas. Pero en cierto momento me dijo: “Vete, cura, déjame en paz”. “Vete tú”, le dije. “Por favor, cura, vete, No puedo hacer nada contra ti”. “Y dime, en el nombre de Cristo, ¿Por qué no puedes hacer nada?”. “Porque estás muy protegido por esa Señora tuya. Tu Señora te rodea con su manto y no puedo alcanzarte”».

Entre las reglas fundamentales que un exorcista debe seguir, Amorth recordaba que «nunca hay que creer que todas las personas que dicen estar poseídas lo están verdaderamente. La mayor parte solo tiene graves problemas psicológicos». Además, «hay que tener mucha prudencia, pero también hay que ser muy listos. Hay que sacar de su escondite al diablo».

Si le preguntaban cuáles eran los signos de la presencia del demonio, respondía: «Hablar correctamente lenguas desconocidas o entender a quien las hable. Conocer hechos muy distantes u ocultos. Demostrar tener fuerzas superiores a la edad y a la natural condición de la persona endemoniada u otros fenómenos de este tipo».

El padre Amorth no era nada suave con los eclesiásticos que tienen a menospreciar la presencia satánica: «los obispos y los cardenales que no creen, como sea, tendrán que responder sobre su incredulidad. No creer y, sobre todo, no nombrar exorcistas en donde hay una explícita necesidad es, según mi opinión, un pecado grave, un pecado mortal».

Según el padre Amorth, «hoy en nuestras iglesias se habla poco de Satanás y muchos, incluso en el clero, no creen en su existencia». Pero el anciano exorcista también recordaba dos versículos del capítulo 5 de la Primera Carta de Pedro: «Sean sobrios, y velen, porque su adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar».

 

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