Los clandestinos: Langosta y champán

Pegatina en un restaurante subvencionado por el Gobierno en Caracas. / Reuters


– LOS RESTAURANTES SE HACEN CLANDESTINOS PARA ESQUIVAR EL SOCIALISMO

– LOS ROQUES,… DONDE NO HAY ESCASEZ  

 

ALICIA HERNÁNDEZ / El Confidencial .-Para cruzar la puerta del restaurante de Yasmina hay que dar muchas vueltas. Tantas, que incluso al Google Maps le cuesta orientarse. Al final es mejor llamar y que ella te dé las indicaciones.

La recompensa a la laberíntica subida es asomarse al enorme ventanal con una visita privilegiada del valle de Caracas y del Ávila, la cordillera montañosa que separa la ciudad del mar.

En pleno atardecer, a punto de sonar los grillos, es una visión que reconcilia con la capital venezolana.

El local es su propia casa y los comensales ocuparán el gran mesón frente al mirador que antes solo se usaba en Nochebuena. Reservar no es sencillo. Solo sirve una mesa por día y el menú es el que «sus consentidos» –como ella prefiere llamar a los clientes– decidan. Comida árabe, española o criolla para cenas románticas, reuniones familiares o de amigos.

Todo rodeado de las fotos de sus hijos, sus padres, pinturas de botánica canaria, cojines y tapetes tejidos a mano.

El pequeño emprendimiento gastronómico de Yasmina es uno de las decenas de restaurantes clandestinos que están proliferando en Caracas como respuesta a la dramática situación que vive el sector hostelero venezolano, acosado por impuestos y funcionarios corruptos que extorsionan a los dueños de bares y restaurantes.

Sitios escondidos en una Caracas insegura y apagada por las noches. Pequeñas islas exclusivas que aguardan a los paladares exquisitos que puedan permitírselos.

Cada uno de estos locales cuenta la historia de una economía maltrecha, una ciudad violenta y una burocracia imposible. Incluso la huella dolorosa de quien vio a toda su familia partir.

Auge clandestino

Los locales clandestinos en Venezuela comenzaron a aparecer durante la última década y han llegado a su apogeo en los últimos tres años, según apunta Ligia Velásquez, experta en gastronomía local.

La idea de establecimientos de ubicación secreta a los que hay que acceder por una puerta oculta o con contraseña no es nueva y hay varias experiencias en otros países y épocas, como los años de la Ley Seca en Estados Unidos, la primera generación de ‘paladares’ cubanos o las casas-restaurantes de los chefs argentinos en la crisis financiera de principios de siglo.

Uno de factores los que ha alimentado esta modalidad de negocio secreto es el omnipresente ojo del Estado. Los emprendedores de la restauración buscan zafarse de unos procesos administrativos que en Venezuela pueden llegar a tener tintes de epopeya griega y están cuajados de corrupción. También evitan los costos de alquiler y mantener un local equipado en un país que, de facto, se ha dolarizado. Y, por supuesto, el elemento de mercadotecnia.

El salario mínimo del venezolano no alcanza los 4 euros al mes. Un menú en estos locales oscila entre 20 y 60 euros

«Somos ‘millenials’, disruptivos. La gente tiene otra estructura mental. Quieren algo más cercano. También es más fácil empezar así. Y este es el país de lo posible», explica Velásquez sobre el componente generacional de esta tendencia. Muchos de estos locales los montan estudiantes recién graduados «que no están dispuestos a pelar papas» y buscan menores costes de entrada.

Una aventura creativa

Andrea Mibelli y Engels Barreto, dueños de El Escondite. / FOTO: A. Hernández

El negocio de Andrea Mibelli es una mezcla de estas cosas. Su ropa –filipina con pantalones vaqueros cortos y zapatillas de deporte– habla su modo de entender la gastronomía y de ella misma.

Tiene técnica, sazón y una mezcla entre relajada y activa como solo el Caribe puede dar. Entra y sale de una cocina pulcrísima que está a la vista de todos y por la que hay que pasar para ir al baño. Conversa con cada uno de los comensales, a los que explica dedicadamente sus platos.

El Escondite -con siete años en funcionamiento- es uno de los clandestinos veteranos de Caracas.

Andrea y su socio Engels Barreto habían trabajado en locales de moda de Caracas y en posadas del paradisíaco archipiélago de Los Roques antes de aventurarse a lanzar su propio negocio, cuando la crisis todavía no había alcanzado los niveles actuales.

Su local, por fuera, parece una casa más. No hay nada en la puerta que lo identifique. No es complicado llegar, pero solo se puede hacer si previamente ella te ha mandado la dirección por WhatsApp.

«(Lo fundamos) Sin mucha plata, pero juntamos y tenemos esto que nos permite ser creativos, cambiar el menú cuando queramos, experimentar e inventar», dice Mibelli sobre su original menú que incluye paté de morcilla, atún sellado con ají dulce y espuma de aguacate o sorbete de conservas de coco.

Complicado, pero no imposible

Aquí no hay colas, ni lista de espera. Son apenas cuatro mesas para no más de unos 16 comensales por noche. «Por eso también es clandestino. Es una experiencia gastronómica donde comes y no te quieres ir. No es una diligencia en la que llegas, comes y te vas. Todo el mundo que está aquí ha llegado temprano y nadie se ha ido. Nadie apura a nadie. Y no veo la necesidad de poner un cartel fuera y la puerta abierta», cuenta Andrea.

En un país que se ha acostumbrado a despedir a las generaciones jóvenes al exilio, ellos van a contracorriente. «Es mi país. Aunque sienta que nos están botando (echando), aquí es donde crecí, donde están los sabores que quiero representar. Si todos nos vamos, a quién le dejamos las cosas. Mientras tenga trabajo y gente que quiera comer rico, vamos a echarle pichón (ganas)», cuenta Andrea, emocionada.

No ha sido sencillo, dice, en una Venezuela con tantas complicaciones: desde quedarse sin luz hasta no encontrar algunos productos.

«Lo más complicado en este país es tener una actitud positiva. Pero hay que desbloquear lo negativo, ver el vaso que no está tan lleno, pero algo tiene. En este país tenemos productos maravillosos del Mar Caribe, que además da otro sabor a las cosas, una maravilla de vegetales, de quesos. Es complicado, pero no imposible».

Plato de El Clandestino. / FOTO: A. Hernández

Ambiente libre de escoltas
Los restaurantes clandestinos también revelan la nueva gran brecha social en Venezuela entre los que manejan divisas y los que solo tienen acceso al bolívar, la devaluada moneda local que no vale nada. Si eres cliente probablemente perteneces a ese sector exclusivo de la ciudadanía que puede permitirse un menú de entre 20 y 60 dólares en un país donde el salario mínimo no llega a los 4 dólares.

«Los precios no permiten que vaya todo el mundo, porque no todos ganan en dólares y no todos los que ganan o reciben dólares se lo gastan en una cena clandestina. Pero hay quienes lo ven como una oportunidad de hacer algo distinto ya que no pueden viajar todo el año y esto es darse un gusto», explica Ligia Velásquez, quien contextualiza la situación con la caída en la variedad y calidad del ocio en Caracas, combinada con la bajada del nivel adquisitivo de cierta clase más acomodada.

Esta exclusividad es precisamente otro aliciente para los clientes más adineraros en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Un coctel de clasismo, seguridad y política los ha alejado de los restaurantes tradicionales, cuyos usuarios pueden incluir funcionarios gubernamentales protegidos con escoltas o empresarios del chavismo que todavía medran pese a la crisis.

No es cómodo ir un restaurante a disfrutar de la comida y ver como a unos metros hay unos escoltas empistolados. No sabes al lado de quién estás comiendo. Y hay gente que dejó de ir a sitios más abiertos porque no se identifica con el tipo de persona que va a esos lugares. Y también hay un tema de confidencialidad», considera Velásquez. «La gente está buscando sentirse segura», agrega para explicar cómo estos ambientes seguros han contribuído a que locales clandestinos, pop-ups e iniciativas similares estén en pleno auge.

Servicio en el restaurante ‘El Clandestino’. / FOTO: A.Hernández

Clandestino contra la soledad

Yasmina tuvo la idea de «Clandestino» hace años, cuando vio «Julie & Julia», la comedia-biopic sobre la chef televisiva estadounidense Julia Child interpretada por Meryl Streep. Se vio a sí misma haciendo de su casa un comedor donde se pudiera compartir «como antes», con calma.

«Cuando te reúnes con tu familia en un restaurante, te gastas un dinero y te están apurando (metiendo prisa) por todos lados. Y lo más rico de la comida es la sobremesa. Quiero que la gente hable, disfrute, escuche la música que quiera y esté sin estrés», cuenta mientras pone en la mesa un licor de cocuy (una suerte de orujo) «a su manera», macerado con especias y mandarina.

Pero el veradero motivo por el que abrió su local es la soledad. Sus tres hijos, canarios como ella, emigraron a España. El último lo hizo porque sufre de diabetes y en Venezuela el tratamiento era demasiado caro.

«Quiero abrir las puertas de mi casa para conocer gente. Para qué quiero todo este espacio si no lo puedo llenar. Necesito hablar, conversar, bailar», asegura Yasmina, quien además cobra unos 5 euros por menú, uno de los restaurantes más económicos de este estilo. «Mi Clandestino se tiene que mantener y darme para ir a la peluquería… Pero la satisfacción es otra».

 

Los Roques,… donde no hay escasez  

ALICIA HERNÁNDEZ.-“¿Quieres un champán Taittinger y caviar? Te lo consigo. Casi todo se puede tener aquí, especialmente si estás dispuesto a pagarlo”, dice Juan.

Regenta un chiringuito que hoy está lleno de franceses que beben y fuman con la única preocupación de zafarse de la plaga de mosquitos que pican cuando el sol empieza a ocultarse tras la línea de un mar rabiosamente turquesa. La escena podría estar tomada en cualquier playa caribeña. Pero esto es en Venezuela, en una isla a unos pocos kilómetros de Caracas donde, como dice Juan, se puede conseguir de todo y donde las escenas que uno ve no son las habituales de este país.

Los Roques es un archipiélago formado por una isla principal –el Gran Roque, donde están todas las posadas turísticas–, y decenas de pequeños cayos de arena blanca, mar poco profundo, cristalino y templado con un sol brillante. El Caribe, pues. Está a unos 130 km de la costa continental venezolana y bien se podría decir que es un oasis en este país acuciado por una crisis económica cuyas consecuencias son la escasez de alimentos y medicinas. Se aprecia que es distinto con solo aterrizar.

Se llega tras un vuelo de apenas media hora en un avión con capacidad para unas 15 personas. El aterrizaje es en una pista pequeña, sin terminal, con militares, pero que sonríen y dejan que el turista entre tranquilo. Ya ahí hay una (gran) diferencia.

La gente camina tranquila, sin el apuro y el miedo de la gran ciudad. Cualquiera revisa su teléfono en mitad de la calle, sin mirar a los lados. Incluso se ve a parejas paseando al borde de la playa a la medianoche. En el escalón que da entrada a una posada hay otra estampa que cada día se hace más insólita: una madre, visiblemente de estrato económico bajo, da un biberón de leche a su hijo. Los niños llegan a la escuela con sus uniformes y mochilas impolutos. En ellos, en su ropa, y en la de los habitantes de Los Roques no se ve el desgaste y envejecimiento general que hay en tierra firme a fuerza de usar lo mismo una y otra vez.

Al pasear por las calles, sin adoquines, de una arena que todas las mañanas se limpia y ara, y llenas de posadas, muchas de ellas tipo boutique, se ven a simple vista lo que hace tiempo no se encuentra en Caracas o en cualquier otra ciudad del país: turistas extranjeros.

Aunque no es algo masivo. Primero, porque la zona es Parque Nacional desde 1972 y el turismo está controlado para no dañar los arrecifes coralinos y los manglares costeros que embellecen la zona. Pero luego están otros frenos. El primero es para los nacionales. Hospedarse tres días y dos noches, con avión y comidas incluidas, puede llegar a los 280 euros. Si se ve el paraíso al que se llega, con cayos paradisíacos sin ruido y sin gente, el precio parece bajo. Pero para un venezolano medio se hace muy costoso, teniendo en cuenta que el salario mínimo no alcanza los 10 euros al mes. Para los extranjeros, el freno es llegar a Venezuela.

Al margen de los cambios

Las últimas cifras del Ministerio de Turismo son de hace tres años. Si se compara la afluencia de visitantes entre la Semana Santa de 2014 (4.231) y la de 2015, con 4.522 turistas, el incremento es del 6,88 por ciento. Según la Organización Mundial del Turismo y Foro Económico mundial, a toda Venezuela llegaron 601.000 turistas en todo 2016. Eso sitúa al país caribeño a la cola de América Latina, solo por delante de Surinam y Guyana. Aún así, en mitad del paseo matutino, llama la atención un griterío con un acento muy peculiar. Es un grupo de españoles. Son casi una treintena, principalmente de Madrid, Barcelona y Galicia y han venido hasta aquí para hacer kite surf.

Para muchos es la primera vez aquí, salvo para Marcos, un madrileño para el que ya es habitual llegar a estas islas. Cuenta que de la última vez que vino, hace seis años, Los Roques no ha cambiado apenas. Mientras, el resto del país ha ido en franco deterioro, especialmente en los dos últimos años.

A todos les dijeron lo mismo. “La recomendación de todo el mundo era que no viniéramos, que no pisáramos Caracas, que no fuéramos solos al baño, a nada”, cuentan varios casi al unísono. Mientras desayunan arepa con huevos revueltos, se arremolinan los testimonios. “No le gustó la idea a nadie de nuestros familiares. Es uno de los países más peligrosos del mundo. Incluso la gente de Venezuela que está migrando allá [a España] nos ha dicho que estamos locos, que para qué vamos a venir. Nos dijeron incluso que contratáramos seguridad privada”.

No lo hicieron, pero sí contrataron un paquete organizado donde no se deja nada al azar y en el que no se pone los pies en Caracas. Van del aeropuerto a un hotel cinco estrellas, del hotel de nuevo al aeropuerto nacional para llegar a Los Roques. “El viaje así no iba a ser nada peligroso. No hemos venido por nuestra cuenta ninguno. Yo otras veces sí lo he hecho, pero esta vez no me he querido arriesgar. A ver si me pasa algo, pensé…”, confiesa Marcos.

Venezuela ostenta la tasa de homicidios más alta de la región según el estudio de InSight Crime, de 89 muertos por cada 100.000 habitantes. Según los últimos datos del Ministerio Público, ofrecidos por la ex fiscal Luisa Ortega Díaz, en 2016 se registraron un total de 21.752 homicidios, una tasa de 70,1 por cada 100.000 habitantes.

Un avión privado en un aeródromo de Los Roques. / FOTO: A. Hernández

Una isla dolarizada

En el chiringuito de Juan, a pie de playa, la barra de bebidas pasa por distintas marcas de ron, ginebra, vodka, whisky etiqueta negra, incluso champán Moët Chandon. El grupo de franceses toma, posiblemente, los cocteles más baratos que hayan pagado en su vida en un enclave así, alrededor de 2 dólares. “Aquí vienen muchos brasileros, italianos y franceses. Es lo que más hay. Les sale más barato venirse de vacaciones para acá, y encima esto es tranquilo”, dice Juan mientras sirve un mojito.

Se jacta todo el rato de conseguir lo que sea. “Una vez me pidieron en la mañana que trajera fresas, crema [nata] y champán para una pedida de matrimonio que alguien iba a hacer por la tarde. Lo cuadré y se los traje en avioneta con alguien. 200 dólares”.

Aquí, hablar de dólares es tan normal como pillar una insolación. Las cuentas las ofrecen en moneda nacional y extranjera, y ésta última se saca en público sin el temor a que el interlocutor sea un soplón y a la vuelta de la esquina y te desplumen. De hecho, el negocio para los habitantes de esta isla, es que le paguen en dólares.

Así pasa con Alí. Acerca su lancha lo más que puede a la orilla de uno de los cayos en los que una decena de turistas –nacionales y extranjeros–, disfruta de las arenas blancas coralinas y un agua, insisto, que parece pintada con acuarela. Cuando es temporada ofrece langosta a menos de 20 euros la unidad. Precios irrisorios en España pero impagables para un venezolano. En época de veda, como ahora, ofrece un vasito de ceviche recién hecho por 200.000 bolívares o un dólar. “Mija, si a uno le pagan en dólares, uno se resuelve y le gana a la inflación, que aquí todo es bien caro”, dice.

Para surtirse de productos de primera necesidad, a Los Roques llega un barco cada semana. Pero el abastecimiento se paga, mucho más caro que en Caracas. Si un cartón de huevos se consigue en la capital a 450.000 bolívares, aquí está en 700.000.

Alí lleva una gorra tricolor con el emblema del 4F, la fecha en la que Hugo Chávez se dio a conocer en el golpe de Estado de 1992. Dice que la lleva por el sol, que no le interesa la política. “Mire, a mí me dan igual unos que otros. Total, al final vienen aquí todos, se juntan entre ellos y se gastan los reales [el dinero] que los demás no tenemos. Hace nada vino el hijo de [Nicolás] Maduro, estuvo en una discoteca y la cerró para él y sus amigos”. No pudimos comprobar este extremo.

«Vender aquí no rinde»

Marcos, del grupo de españoles, cuenta que para ellos es mejor pagar las cosas directamente en dólares que en bolívares o con tarjeta. “No hay billetes suficientes para que cambies 25 euros. Ellos [los roqueños] manejan dólares, les viene mejor, y a nosotros también, porque aquí están cambiando el euro a 200.000 y en Caracas a 250.000. Y si pasas la tarjeta para pagar nada más el impuesto de entrada, ya te tienes que devolver ese mismo día”.

Se refiere al diferencial que hay por el control cambiario. La tasa oficial de cambio es de 49.656 bolívares por euro, mientras que la del mercado negro (según el registro de ese día) es de 240.000 bolívares por euro. Así, el impuesto de entrada que cuesta para el extranjero 5 millones de bolívares, puede convertirse en 100 euros si se paga con tarjeta, 20 si se ha conseguido cambiar efectivo en negro en Caracas, o 25 euros si se hace el cambio ilegal en Los Roques.

Para muchos, la ganancia de trabajar en Los Roques está en algo más esencial que obtener algún “resuelve” en dólares. “Si logras quedarte a trabajar en una posada en la que además te den el alojamiento y las comidas, ya has ganado”, cuenta William, empleado en uno de los hospedajes. Él es de Mérida, un estado al oeste del país. Además de tener un techo y tres comidas diarias aseguradas –otra estampa cada vez más rara en Venezuela–, manda dinero a su familia para que se mantenga. Viaja cada seis meses allá. “Eso está imposible, no se consigue de nada”, cuenta.

En la posada donde trabaja William sí hay de todo. En la mañana, arepas, huevos, frutas variadas, café, azúcar, arroz en las comidas, verduras. En los cuartos, papel higiénico, jabón y agua todo el día. Aunque sí hay una advertencia al turista para que economice el agua, que se obtiene por un proceso de desalinización costoso, reza un cartel.

Aunque su piel, curtida por el sol y la sal, develan más edad, Antonio está solo unos años pasado los 40. Este pescador roqueño cuenta que la vida aquí es tranquila, pero se queja de los precios altos y de la caída del turismo. “Cada vez da menos la pesca a no ser que vendamos pa’ fuera [a Aruba, Curaçao o Bonaire, islas cercanas de las Antillas Holandesas]. Vender aquí no rinde. La gasolina para el barco es más barata, pero el aceite es muy caro y arreglar cualquier cosa del motor es un ‘realero’ loco”. Dice que hace unos días están a la espera de unos barcos grandes que les comprarán pescado, que con eso apañan el mes.

Mientras él trabaja del mar, su esposa lo hace en una de las posadas. “Antes redondeábamos así, pero ahora es necesario para llegar a la quincena”, aclara. Aún así, no se queja y sabe que en el Gran Roque está mejor que en Caracas: “Esto es tranquilo, nunca pasa nada. Aquí se cuida al turista. Y al que se ponga a robar o algo se le pilla enseguida con lo pequeño que es esto, así que nadie inventa”, explica.

El grupo de españoles da cuenta de la calma que se respira y, a la vez, lanzan su única queja: “Esto es una burbuja. Esto es un trocito del cielo, es precioso… Con viento tiene que ser la hostia”.

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