La marca de los “asesinos seriales”

… nunca tendrán Poder político

Detrás del discurso de Padrino Lopez…

 

– LA PERVERSIDAD EXHIBICIONISTA DEL MADURISMO: SALE DEL CLOSET PARA ENSALZAR SU COSTURA MILITARISTA

MADURO Y LA INVASIÓN: ¿UN CUENTO VACÍO SIN NARRADOR RELEVANTE?

UN JEFE CRIMINAL CON VOCACIÓN DE ROBIN HOOD RETRATA A MADURO Y REVELA HASTA DÓNDE LLEGA LA DESESPERANZA EN VENEZUELA

 

JULIO TÚPAC CABELLO / Yahoo.- Aunque los venezolanos han visto muchos de estos episodios desde que Hugo Chávez llegó al poder, es la primera vez que, ya escrutados a la luz de la comunidad internacional, el madurismo-chavismo sale del closet para ensalzar voluntariamente su costura militarista

Maduro con el ministro de defensa Vladimir Padrino López . Miraflores PalaceHandout / REUTERS

Quizás sea la primera vez desde que el mundo occidental ve sin pruritos la crisis venezolana, que el régimen madurista que heredó a Hugo Chávez y sigue usurpando el poder, dice en público y sin tapujos que su sistema no es alternativo, que la democracia es una formalidad vacía y que los militares son los que mandan.

Ocurrió este 5 de julio, día de la independencia de Venezuela, una fecha patria que lo civil nunca logró protagonizar, y que aún en las décadas de esplendor democrático venezolano, se conmemoraba con desfiles de uniformados, exhibición de armamento y festejos castrenses (un símbolo aparentemente inofensivo de ese militarismo que lo civil no terminó de superar).

Ahora es distinto, claro está. Los militares no sólo han ocupado espacios de poder civil sin haberse retirado de la institución armada, desde que Chávez tomó el gobierno en 1998 (como era de esperarse, su gente de confianza era militar y como militares su desconfianza en lo civil era permanente), en los tiempos que corren no son solo administradores, actores y factores del poder, el contrabando y el narcotráfico, sino que asumen sin ambages que son ellos quienes informan a la población y al mundo del destino de la democracia venezolana. 

General Vladimir Padrino Lopez en Fuerte Tiuna- Caracas, mayo 15, 2018. Carlos Jasso / REUTERS

«Mientras exista una FANB (Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas) como las que hoy tenemos, anti-imperialistas, revolucionarias, bolivarianas, nunca podrán ejercer el poder político en Venezuela». Así, literalmente, se refería el General en Jefe de las fuerzas armadas venezolanas, Vladimir Padrino, a la oposición venezolana, que las encuestadoras independientes estiman al menos en 80 por ciento de la población.

Bien dice el politólogo checo Adam Przeworski de las dictaduras que no pueden hacer elecciones limpias «por una razón muy simple, no pueden ganarlas».

Por cierto, Padrino no hacía comentarios informales, sino que daba un discurso oficial a propósito de la fecha patria, en el que, como se ha naturalizado en tiempos de chavismo, da sus posturas políticas sin ningún pudor. No tanto omitiendo, como sobre todo recordando a los venezolanos que lo hayan olvidado, que las fuerzas militares del país no son ni para defender la democracia ni para defender a todos los venezolanos y su soberanía, sino para asegurarse de que permanece por la fuerza el sistema que representan y usufructúan.

Por supuesto que la Constitución venezolana prohíbe como en cualquier constitución liberal, que las fuerzas armadas tomen partido en la diatriba política del país, convirtiéndose además en la garantía de que la voluntad de las mayorías sean las que se hagan realidad.

FOTO: Miraflores Palace. Handout / REUTERS

Y claro que esto no se cumple, pero es aún peor: los procesos eleccionarios son coordinados y supervisados por una operativo denominado Plan República, que encarga legalmente a las fuerzas armadas de gestionar la pulcritud de las votaciones. Zamuro cuidando carne, diría el refranero.

Esta alevosa ventaja tiene consecuencias francas desde 2007. Ya las elecciones eran desventajosas para quien se enfrentara a Chávez, que usaba sin ningún control los recursos del estado para sus campañas, y limitaba arbitrariamente la movilización de su contrincante. Aún así, ese año perdió un referéndum que transformaba la Constitución para limitar la actividad privada y la reelección presidencial indefinida.

«Quédense ustedes con su victoria de mierda», dijo iracundo en las cámaras de televisión. Anunciando muy pronto que el referéndum se repetiría. La lógica del chavismo ha sido la única que puede tener un militar activo: obediencia y subordinación. Es decir, si los resultados no me favorecen, me importan muy poco la democracia y las reglas de juego. Aquí se hace solamente mi voluntad.

Unos meses más tarde, Chávez repitió el referéndum para aprobar la reelección presidencial, aunque la Constitución prohibiera explícitamente volver a consultar propuestas que ya habían sido votadas.

Desde entonces, el desdén por la pulcritud y la voluntad popular del venezolano se ha ido convirtiendo en un dato de segunda para el sistema chavista. No basta con tener el control, quieren que se sepa

Las últimas elecciones presidenciales en las que Chávez presuntamente ganó, fueron adelantadas debido a su enfermedad; las autoridades electorales no cambiaron en lustros (vestían descaradamente indumentaria proselitista a favor de Chávez), cuando debían haber sido rotadas muchos años antes; la candidatura de Nicolás Maduro era ilegal no sólo porque nunca se ha probado que sea venezolano de nacimiento, sino porque su participación en el gobierno le impedía legalmente ser candidato al mismo tiempo; su dudoso triunfo, además, no pasó por las auditorías de ley (y su cargo fue ocupado sin los requisitos legales); luego vino el desconocimiento de la Asamblea Nacional, visto que el arrase electoral fue tal que no pudieron escamotear las elecciones, y a eso siguió la creación de una asamblea constituyente que no cumplió con los pasos de ley para formarse y que fue creada con millones de votos forjados, un hecho no sólo público y notorio, sino refrendado por la propia compañía que hacía el sistema de votos automatizados de Venezuela, Smartmatic.

De modo que en Venezuela desde hace mucho que la voluntad popular es un puesto de última fila y en el balcón, para el teatro chavista. Pero ese es un dato en el que la comunidad internacional, magnetizada por el carisma megalómano de Hugo Chávez, tardó en reparar., para la oposición una «farsa»

Pero el chavismo insiste en recordarlo. Hay en quien ejerce el poder de forma cruel y resentida un rasgo parecido al que tienen los asesinos seriales. Una perversidad exhibicionista. Porque en el fondo no hay manera de sentirse satisfechos. No les basta con tener el control, y que sea a las malas. Quieren que se sepa y obtener atención. Su aspiración es ser reconocidos. Dejar pruebas. Pistas. En este caso, toscas y fehacientes: no importa quién gane las elecciones, nosotros nos quedamos. Mírennos.   

Para los venezolanos, este desmán es tan recurrente que a veces podemos incluso haber perdido la capacidad de asombro.

Pero desde que el chavismo es observado internacionalmente con una óptica menos complaciente, desde las protestas masivas ocurridas en 2017, es la primera vez que le dicen al mundo y sin tapujos que se trata de un régimen de costura militar, donde el poder castrense decide quien ocupa y quien no el poder, y que la alternancia no es una opción. 

Fronteras adentro, este tipo de declaraciones, además del estupor y el asco que produce el barbarismo militar, busca producir abstención (menos problemas) y dividir a la oposición en el falso dilema sobre si votar o no votar es el camino. Fronteras afuera, le dice al mundo que ya dan por vencidas las supuestas amenazas armadas que estaban «sobre la mesa», y confiesan con desparpajo su absoluta indiferencia frente a las formalidades democráticas

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