La Dinastía: de Nicolás a Nicolasito

-“LA GRAN VICTORIA DE CARABOBO, FUE DESBARATADA EN LA HABANA, CON LA POSTRACIÓN DE CHÁVEZ, MADURO, PADRINO LÓPEZ Y TAREK EL AISSAMI, ANTE SUS PROTECTORES CUBANOS” – Antonio Ledezma

 

Portada del disco ‘Rock contra la dictadura’.

 

MIGUEL HENRIQUE OTERO

El Nacional

No podríamos comprender el carácter de la dictadura de Nicolás Maduro si no nos detenemos en el peso y la incidencia que los factores familiares han tenido y tienen en el modo en que abusan del poder y las riquezas venezolanas.

Cierto es que el nepotismo y el clientelismo parental es propio de los poderes dictatoriales. Pero este es un caso que sobrepasa a sus antecedentes por la cantidad de enchufados que se han lucrado y lucran, por el descaro con que han actuado y actúan, y, muy relevante, porque algunos de ellos no han dudado en romper los límites de la legalidad.

Recordarán los lectores que, en 2008, el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Asamblea Nacional denunció que casi 50 familiares de Cilia Adela Flores fueron ingresados en la nómina de esa institución.

Se necesitarían muchas páginas para describir los cargos y prebendas que han otorgado a Walter Gavidia Rodríguez, el violento ex esposo de Cilia Adela Flores, y de forma muy destacada, a uno de los hijos de ambos, Walter Gavidia Flores, juez y figura clave en la gestión de contratos gubernamentales del sector de la construcción, entre muchas otras titularidades.

Uno de los capítulos más destacados de este asalto familiar es, sin duda, el caso de los narcosobrinos de Cilia Adela Flores, Efraín Antonio Campo Flores y Franqui Francisco Flores de Freitas, que intentaron introducir 800 kilos de cocaína en Estados Unidos, a finales de 2015, por la ruta Venezuela-Honduras-Estados Unidos. Cuando fueron detenidos, la señora Flores dijo que habían sido “secuestrados” y que presentaría pruebas en el tribunal que llevaba la causa: nunca aparecieron.

Toda esta relación, que podría abultarse, por ejemplo, con la investigación todavía en curso del caso del banquero Matthias Krull, que habría negociado lavar alrededor de 200 millones de dólares pertenecientes a hijos de Cilia Adela Flores e hijastros de Maduro, y muchos otros episodios, son ilustraciones, ejemplos de la cuestión de fondo: la asunción por parte del núcleo principal de la dictadura, de que el país es un coto privado para goce ilimitado y engorde de un clan familiar.

Entienden el poder como botín: riquezas que deben ser capturadas, del modo que sea, de forma irrestricta, y sin que nadie intente poner final al aprovechamiento. De hecho, la técnica que hace posible semejante descontrol, no es otra que la de permitir a otros —altos funcionarios militares y del Poder Judicial—, que actúen del mismo modo.

Se trata de una cultura de intensa sobreexplotación: de viajes por el mundo; de vuelos en aviones privados o propiedad del Estado; de relaciones con inescrupulosos contratistas; de excursiones a grandes ciudades de Europa y Estados Unidos a hacer compras; de creación de empresas de maletín para lavar el dinero mal habido; de organización y participación en fiestas cuyo tono predominante son los excesos. El sello primordial, la marca familiar es la impunidad: no importa lo que hagan, no serán castigados. Las leyes no les alcanzan. No son ni para los Flores ni para los Maduro. Viven sin restricciones, ajenos a las imposibilidades que pesan sobre las vidas de cualquiera. Para los Flores y los Maduro, el signo vital es: hacemos lo que queremos porque tenemos a Venezuela a nuestra entera disposición.

Nicolás Maduro Guerra, el hijo de Nicolás Maduro, observa a su padre durante un discurso en Caracas en 2018. Marco Bello / REUTERS

Pero sobre Maduro, sobre Cilia Adela Flores y sobre el conjunto del clan sobrevuela una pregunta ineludible: cómo prolongar el abuso del poder. Cómo hacer que se extienda más allá del dominio de Nicolás Maduro Moros.

La respuesta a esa pregunta, aunque a muchos luzca descabellado, ya ha sido definida: Nicolás Maduro Guerra.

El que el llamado Nicolasito haya aparecido en un video de una fiesta donde lanzaban billetes de dólares al aire; que recientemente hayan detenido al comisario jefe de Seguridad Ciudadana del municipio El Hatillo por denunciar una fiesta en plena cuarentena, donde estaba el niñato en cuestión; que alguna vez haya sido designado para la Villa del Cine; o que dirija reuniones con altas autoridades militares —y que estos lo permitan sin chistar—; o que haya recibido un título universitario, cuando es reconocida y pública su ignorancia en la materia económica; y que haya ido a parar a Corea del Norte como representante del PSUV, todos estos no son sino misceláneos, datos sueltos de una operación de mayor calado, concebida a largo plazo: lo están preparando para suceder a su padre en el poder.

El modelo, tal como ha sugerido con tino Ludmila Vinogradoff en el diario ABC de España, es el de la dinastía Kim, que somete a Corea del Norte, de forma ininterrumpida, desde 1948.

Mientras algunos incautos pregonan —y levantan efímeras polvaredas— que Maduro está negociando su salida del poder; y todavía hay quienes creen viables elecciones con un CNE totalmente controlado por el régimen; mientras hay demócratas que muerden los anzuelos creados por los socios del régimen, lo real es que en la alta cúpula se están preparando para lo contrario: mantenerse en el poder, al costo que sea, por los próximos años y décadas. No importan la ignorancia, la frivolidad o la ausencia de credenciales. Es la decisión que han tomado los que se asumen como dueños del país. Y, que no sorprenda a nadie, están trabajando para ello.

 

“…pagan por invadirnos”

Antonio Ledezma: Hoy los venezolanos no nos levantaremos para celebrar la independencia que conquistaron nuestros padres libertadores, sino para reafirmar la lucha por la recuperación de la soberanía mancillada por esta narcotiranía, que ha traicionado los intereses de Venezuela.

La gran victoria alcanzada en la batalla de Carabobo, aquel histórico día del 24 de junio de 1821, fue desbaratada en La Habana, con la postración de Chávez, Maduro, Padrino López y Tarek El Aissami, ante sus protectores cubanos. Esa es la triste y penosa realidad que nos oscurece el amanecer de este 5 de julio de 2020.

Los huesos del Libertador, así como los restos mortales de los gladiadores que lo dieron todo en esa epopeya carabobeña, estarán crujiendo en sus sepulcros, viendo como se revierten aquellos triunfos patrióticos en la sumisión más vergonzosa de esta era.

Eso si es deslealtad a quienes ofrendaron sus vidas, traición que se recrudece con los actos de cinismo con que saldrán hoy a declarar y jurar “amor a la patria”, los mismos que entregaron, también, nuestro Esequibo, los que despilfarraron nuestra inmensa riqueza petrolera y ahora abren nuestro espacio geográfico para que fuerzas extranjeras de Rusia, China, Irán y Cuba, tomen el control de Venezuela. Esa también es otra triste realidad.

No habrá corona de flores que no lleguen marchitas ante las estatuas ecuestres o ante los bustos de cemento o acero de Bolívar, Páez o de Ambrosio Plaza. Flores que se quemarán en las manos de esos impostores que lo menos que son es tránsfugas que se rindieron ante los cárteles del narcotráfico, o se arreglaron con los gestores del terrorismo internacional, para hacer de nuestro país una suerte de Somalia caribeña. Se han repartido un país, descuartizando su integridad en las mesas de negociaciones de esa Corporación Criminal. Un pedazo para las mafias que manejan la cocaína. Otro pedazo para los que se encargarán de saquear el Oro, el Coltán, el Toriol y los diamantes que quedan en las entrañas del Arco Minero. Otros espacios se los entregan a las bandas que capitanean los pranes desde sus emporios carcelarios, mientras los grupos parapoliciales se desplazan por barrios, urbanizaciones y carreteras, haciendo de las suyas porque se saben protegidos por la impunidad que les garantiza “el patrón del mal” desde Miraflores.

He escrito en anteriores entregas que somos un caso peculiar porque con los propios recursos de Venezuela, estos usurpadores y hábiles e inescrupulosos populistas, pagan a fuerzas extranjeras para que nos invadan. Porque, esa es otra verdad: estamos pisoteados desde hace muchos años. Comenzando por la autorización que dio Chávez a su mentor Fidel Castro para que coronara su viejo sueño de alzarse con nuestro petróleo. Sueño que trastocó en pesadilla aquel año de 1967, cuando los auténticos soldados del ejército heredero de las glorias de Simón Bolívar, los derrotaron en Machurucuto.

Lo importante es que no nos rendiremos jamás. Que las reservas morales con que cuenta Venezuela honraran la memoria de nuestros libertadores, ahora más que nunca, reconfirmando que nada ni nadie nos sacará de la ruta estratégica a imponerse que es la que conduce al Cese de la Usurpación. – @alcaldeledezma

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