Kakistocracia y Kakistoposición

– VENEZUELA, UN TERRITORIO QUE SE HAN REPARTIDO CENTENARES DE BANDAS DE DELINCUENTES, en su mayoría bandas armadas.

– “Kakistocracia”: “ KAKOS” SIGNIFICA “MALO”, “SÓRDIDO”, “SUCIO”, “VIL”, “INCAPAZ”, “INNOBLE”, “PERVERSO”, “NOCIVO”, “FUNESTO”, y cosas por el estilo.

 

 

 

Huida y regreso al infierno

MIGUEL HENRIQUE OTERO

El Nacional

 

En 2016, comenzó a extenderse el cada vez más terrible y complejo fenómeno social venezolano, que ha consistido —y consiste— en huir del país.

Con el paso de los días, las semanas y los meses, la huida se masificó. Creció de forma extraordinaria en los años siguientes, hasta que en 2018 adquirió las proporciones de problema continental, que ha exigido —y exige todavía— la movilización de autoridades, gobiernos, organizaciones no gubernamentales y organismos multilaterales. En varios artículos me he referido a esta cuestión. A comienzos de 2019 estuve en Cúcuta (capital del Departamento Norte de Santander), ciudad frontera del oeste de Colombia, y pude ver a miles de venezolanos en condición de refugiados, escuchar los testimonios de unos pocos, y comprender la magnitud del dolor y la incertidumbre que envolvían sus vidas.

La primera cuestión que quiero recordar aquí es que alrededor de 4 millones de personas huyeron de Venezuela en un período de unos cinco años. Huyeron ante lo que entendieron como peligros inminentes: el hambre en constante crecimiento; el espacio público en manos de grupos armados; el colapso sostenido de los servicios públicos —especialmente la energía eléctrica y el agua potable; la liquidación de empresas y la desaparición de fuentes de empleo; la aniquilación, en la realidad, de los servicios hospitalarios y de atención primaria. Huían, por la razón primordial que se huye de las dictaduras, las guerras y las catástrofes: para salvar la vida.

Un porcentaje, menor a 8%, lo hizo por vía aérea, atendiendo a una mínima planificación. Más de 90% salió por las fronteras, en buses, arremolinados en camiones, en bicicletas o emprendiendo largas y penosas marchas a pie. Personas solas —especialmente jóvenes—, parejas de todas las edades y hasta familias con niños y bebés, tomaron el riesgo incalculable de cruzar la peligrosísima frontera de Venezuela y Colombia, o la también riesgosa frontera de Venezuela y Brasil, buscando sobrevivir.

Se cuentan por cientos de miles —léase bien, cientos de miles— las personas que huyeron sin un destino al que dirigirse. Que a veces no tenían más referencia que el nombre de un pueblo o una ciudad en Perú, Colombia, Ecuador o Brasil. No más que eso. O que habían escuchado de algún vecino, que tenía un familiar en tal parte. Y nada más. Huían sin un centavo en los bolsillos, sin ninguna perspectiva concreta de trabajo, sin un lugar donde dormir, sin información o idea de cuál sería el punto en el que finalmente se establecerían. Literalmente, sin nada, salvo ese voluntarismo tan poderoso que consiste en sobrevivir.

A lo largo de estos años, no ha habido un día en el que los venezolanos que huyeron no hayan sido fuente de noticias. Para los gobiernos de varios países, mencionaré aquí los de Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia y Panamá, pero también otros, el torrente venezolano ha exigido invertir recursos de toda índole, para atender la emergencia. En la respuesta de las autoridades de la región latinoamericana ha predominado la solidaridad activa, a pesar del costo político que ello ha supuesto.

De distintas partes del mundo, no solo de América Latina, han surgido informaciones que hablan de sorprendentes emprendimientos, de indiscutibles demostraciones de talento, de proyectos que han logrado posicionarse en la producción, los servicios, lo académico o lo cultural. Pero no es todo. También ha ocurrido, especialmente en algunas ciudades de Colombia, Ecuador y Perú, que venezolanos han participado en delitos y acciones criminales. Algunos de estos hechos han sido el producto de una violencia atroz. Esa criminalidad extrema ha sido un factor clave, no lo podemos negar, que ha contribuido a despertar ciertas lamentables expresiones de xenofobia, que es también un tema que merecería una mayor atención de parte de los gobiernos, pero también de entidades como la Cepal, con capacidad de producir un diagnóstico sobre este candente asunto, en el ámbito de toda la región.

Así las cosas, la irrupción de la pandemia ha significado para cientos de miles de compatriotas, que habían logrado establecerse de algún modo en decenas de países —con sacrificios, aceptando empleos precarios, viviendo en condiciones de enorme dificultad—, nada menos que la obligación de regresar a Venezuela, toda vez que la debacle económica que ha desatado el covid-19, hace inviable, insostenible, la posibilidad de mantenerse en los países a los que huyeron. Puesto que la crisis económica tiene un carácter planetario, no queda otra alternativa que volver al propio país.

Un capítulo que merece la mayor atención de los lectores es la nueva ruta de padecimientos que están sufriendo miles y miles de venezolanos que, sin recursos, sin ahorros, sin apoyo de ningún ente, están obligados a regresar a Venezuela, y que no encuentran cómo hacerlo. Muchos están en condiciones de hambre y en la calle, especialmente en América Latina. Compatriotas durmiendo en las calles, apostados en las puertas de alguna embajada, en esperas sin final previsible en terminales de buses o afrontando los peligros de nuevas caminatas, son las nuevas escenas que nos están proveyendo los medios de comunicación.

Como lo advertí en mi artículo del domingo pasado, Venezuela se ha convertido en un territorio que se han repartido centenares de bandas de delincuentes, en su mayoría bandas armadas.

ILUSTRACIÓN: Marvin Figueroa

En eso consiste la tragedia que deben afrontar los cientos de miles que ya han comenzado a regresar: que no regresarán a una nación, sino al infierno del socialismo del siglo XXI, ahora mismo en una situación mucho peor que cuando se marcharon.

 

Kakistocracia

LAUREANO MÁRQUEZ / Tal Cual .- Es difícil encontrar un término o una expresión que sintetice lo que sucede hoy en Venezuela. El realismo mágico, que es una corriente literaria latinoamericana donde lo irreal o incluso absurdo se nos muestra como algo cotidiano y común, ya se nos quedó corto. Habría que sumarle el surrealismo, que según la definición de André Breton consiste en: “convertir las contradicciones de los sueños y la realidad en una realidad absoluta, una súper realidad” y cuidado, que todavía falta.

Menester sería, además, añadir algo del absurdo de Ionesco: incoherencia, disparate y carencia total de lógica: sin gasolina en el país de mayores reservas de petróleo, sin agua en el país con el segundo lugar con reservas de agua dulce, sin electricidad en el país que cuenta con la cuarta central hidroeléctrica del planeta.

Son situaciones tan absurdas que parecen obra de un autor que se ha propuesto desquiciarnos con su historia, pero eso que tantas veces se ha dicho de que la realidad supera a la ficción, es particularmente cierto en Venezuela. Resulta increíble que el destino de la tierra que desveló a Miranda, que acompañó a Bolívar en la liberación de la mitad de un continente, termine debatiéndose en enfrentamientos entre bandas rivales, que los “nuevos libertadores” sean simplemente hampa común y si le parece poco todavía, meta al narcotráfico en el asunto.

Imagínese, lector que pudiera alguno de nosotros volver al congreso de 1811 y contarle a los padres fundadores de la primera república lo que aconteció después y particularmente este dramático momento, doscientos y tantos años después. ¿Cómo habría sido la votación en los días anteriores a aquel célebre 5 de julio de 1810?

Pero más allá de la literatura, hay un término que ya aparece en el “Dictionary of Sociology” del año 1944 que nos ayuda a explicar esta cadena de absurdos por el que transitamos, que es el resultado de haber puesto nuestro rumbo en manos de los incapaces.

El término que más se parece a la caracterización política de la Venezuela actual es el de kakistocracia, el gobierno de los peores, acuñado por el profesor Michelangelo Bovero de la universidad de Turín.

Frederick M. Lumley, en el mencionado diccionario, lo define así: “Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos” (¿les suena familiar?). El filósofo argentino L. García Venturini nos dice que en griego kakistos es superlativo de kakos. Kakos significa “malo”, y también, “sórdido”, “sucio”, “vil”, “incapaz”, “innoble”, “perverso”, “nocivo”, “funesto”, y cosas por el estilo.

No creo que se pueda explicar mejor el drama que padecemos: el gobierno de los kakos. La pregunta es cómo salimos de esta forma de gobierno, que se fundamenta en un círculo vicioso: embrutecer a los ciudadanos para que elijan a los peores, que siguen embruteciendo a la gente para mantenerse en el poder. El embrutecimiento no viene solo, sino acompañado de la –también brutal– represión contra aquellos que se atrevan a pensar y a desear algo mejor.

¿Cómo se sale de la kakistocracia? Es la pregunta de las 64 mil lochas. En Venezuela se ha probado de todo. La carencia total de ética y principios hace que lo malo tenga más fuerza que lo bueno.

Pero lo bueno termina imponiéndose desde el corazón y la cabeza. Dejar de embestir y comenzar a pensar, que diría Machado, para no ser también nosotros una “kakistoposición”.

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