El ginkgo de Shukkeien

– Hiroshima: los árboles que sobrevivieron a la bomba atómica

Nagasaki, la «olvidada» ciudad arrasada junto a Hiroshima por una bomba atómica

Sin embargo, al arrojarnos en forma desenfrenada hacia el porvenir armados de una tecnología arrogante, ¿nos detendremos en algún momento a contemplar las consecuencias? ¿Cuántas especies están desapareciendo a causa la arremetida de nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante de un desarrollo excesivo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad a través de la adquisición del último aparato?”

 

Ginkgo biloba

Ginkgo biloba (farmacología)

– Ginkgo bilobagingkoárbol de los cuarenta escudos o nogal del Japón es un árbol único en el mundo, sin parientes vivos. La especie Ginkgo biloba constituye uno de los mejores ejemplos de relicto o fósil viviente conocidos y existe hace 250 millones de años.

 

Tomoko Watanabe habló con la BBC en el jardín Shukkeien, junto al árbol de 300 años al que llama afectuosamente «Tía abuela Gingko»

 

ALEJANDRA MARTINS / BBC Mundo .-El 6 de agosto de 1945 el idílico jardín Shukkeien en la ciudad de Hiroshima se transformó en un infierno.

La gente comenzó a llegar al jardín con los brazos en alto, porque la piel quemada se había desprendido y les colgaba de las uñas. Subían los brazos para evitar más dolor cuando la piel tocaba el suelo».

Tomoko Watanabe ha dedicado su vida a difundir el pasado doloroso de Hiroshima, su ciudad natal.

A las 8:15 de aquel 6 de agosto, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima el primer ataque nuclear en la historia de la humanidad.

La bomba atómica explotó a 600 mt de altura, desatando una furia de viento y radiación que mató en ese momento y los meses siguientes a cerca de 140.000 personas.

El jardín Shukkeien, el más antiguo de la ciudad, se encontraba a solo 1,7 km del hipocentro de la explosión.

La gente comenzó a llegar al jardín desesperada en busca de agua, porque hay un río muy cerca», señaló Tomoko.

«Llegaban descalzos. La piel de la espalda también les colgaba y la arrastraban desde los talones. Llegaban con el rostro ennegrecido pidiendo ‘agua, agua’, intentaban escapar del epicentro y caminaban como fantasmas».

Tomoko se reunió con la BBC en ese mismo jardín, 75 años después de la explosión nuclear.

Allí relató cómo nació la iniciativa que cofundó, Green Legacy Hiroshima o Legado Verde de Hiroshima, para asegurar que el sufrimiento de su ciudad no solo no sea olvidado, sino que pueda transformarse en motivo de esperanza.

En medio de la devastación, algunos árboles quedaron erguidos «como palos carbonizados»

El proyecto envía a diferentes países del mundo semillas de los árboles que sobrevivieron a la devastación de la bomba atómica.

Esos árboles son conocidos en Japón como «Hibaku Jumoku», o árboles que sobrevivieron a la explosión nuclear. (Hibaku significa afectado por la bomba, y jumoku árbol).

Hay cerca de 160 árboles sobrevivientes en Hiroshima. Muchos fueron trasladados y replantados debido a obras de construcción. Y solo unos 30 aún se encuentran en el mismo lugar en que se hallaban cuando explotó la bomba.

De esos testigos silenciosos, el más antiguo se encuentra en el jardín Shukkeien y es un viejo amigo y fuente de inspiración para Tomoko: un majestuoso ginkgo biloba de 300 años.

Tomoko, su madre y las heridas del pasado

Tomoko habló con la BBC junto al majestuoso árbol que ella llama afectuosamente «Tía abuela Gingko».

Llegó a la entrevista acompañada de Teruko, su madre de 90 años, que fue testigo presencial de la explosión.

Cuando lanzaron la bomba yo tenía 15 años recordó Teruko

Ambas relataron cuán difícil ha sido para los propios habitantes de Hiroshima afrontar las heridas del pasado.

Tomoko nació unos años después de la explosión nuclear, y tiene hoy cerca de 70 años.

Mi madre y mi padre sobrevivieron a la bomba, pero nunca me hablaban de ese tema», relató Tomoko.

Fue recién en la universidad que Tomoko, con 20 años, quiso conocer más sobre la explosión nuclear, y recogió para un ensayo los relatos de «Hibakushas», como se conoce a los sobrevivientes de la bomba. Ellos narraron lo que ocurrió en el jardín Shukkeien.

Encarar el pasado fue aún más difícil para la madre de Tomoko.

Teruko sólo rompió su silencio cuando su nieta era una niña y le preguntó por la explosión nuclear para un trabajo escolar.

Cuando lanzaron la bomba yo tenía 15 años y era residente en una escuela de enfermería», recordó Teruko a la BBC.

«En el momento de la explosión yo estaba entrando al edificio, si hubiera estado un paso atrás no estaría viva».

«Muchas cosas me cayeron encima, quedé bajo una mesa, mi uniforme estaba hecho pedazos».

«Recuerdo que había personas quemadas entre escombros pidiendo socorro, solo pude ayudar a unas pocas».

A las puertas de la escuela llegaba la gente pidiendo «agua, agua», y al igual que en el jardín de Shukkeien, «las personas tenían los brazos en alto, así, porque les colgaba la piel», recordó Teruko elevando sus propios brazos.

«Nos habían enseñado en las lecciones de enfermería que a los quemados no hay que darles agua pero me rogaban desesperados, así que encontré un caño roto del que salía algo de agua y les acerqué un poco con una lata»

«Es como si los árboles con sus cuerpos inclinados estuvieran apuntando hacia el hipocentro para que no olvidemos lo que sucedió», afirmó Tomoko

Brotes de esperanza

¿Cómo fue posible hallar en medio de tanta desolación y sufrimiento alguna señal de aliento?

La respuesta la dio la propia naturaleza, según relató Tomoko.

Construcción de casas de emergencia tras la bomba atómica. «Imagino lo que debe haber significado el color vívido y brillante de los diminutos capullos en ese mundo descolorido»

La explosión nuclear dejó los árboles como palos carbonizados».

«Decenas de miles de árboles no sobrevivieron, y la gente decía que nada crecería en Hiroshima durante 75 años. No había color en ningún lado y muchos pensaban que era una ciudad muerta».

«Pero en la primavera aparecieron brotes verdes en los árboles que sí habían sobrevivido«.

«Imagino lo que debe haber significado ese color vívido y brillante de los diminutos capullos en ese mundo descolorido».

«Eso dio a muchos alivio y esperanza».

«Apuntan hacia el hipocentro»

Los árboles sobrevivientes de Hiroshima aún hoy muestran sus heridas.

Muchos tienen cavidades o troncos retorcidos y están inclinados en dirección del hipocentro nuclear.

La ráfaga de radiación dañó más un lado de la corteza, y con los años el tronco se torció hacia esa parte débil.

El gingko del jardín Shukkeien y los otros árboles sobrevivientes muestran en sus troncos las heridas de la bomba atómica

Es como si los árboles con sus cuerpos estuvieran apuntando hacia el hipocentro para que no olvidemos lo que sucedió«, afirmó Tomoko.

Incluso los árboles plantados años después en Shukkeien tienen un mensaje sobre el pasado.

Tras la explosión el río quedó lleno de cadáveres. Los restos de esas personas fueron enterrados en Shukkeien, por lo que hoy dan vida a todos los árboles del parque».

El gingko del jardín Shukkeien es el más antiguo de los árboles sobrevivientes de Hiroshima

Cómo nació el «Legado Verde de Hiroshima»

Los árboles sobrevivientes son venerados en Japón y marcados con placas conmemorativas.

Tomoko ya tenía su propia fundación para la paz en Hiroshima, llamada ANT (Asian Network of Trust), pero «redescubrió» el legado de los árboles gracias a su amiga Nassrine Azimi, ciudadana suiza nacida en Irán y radicada en Japón.

Nassrine dirigía la oficina en Hiroshima del Instituto de Naciones Unidas para la Formación Profesional y la Investigación, UNITAR por sus siglas en inglés.

Nassrine Azimi y Tomoko Watanabe fundaron la iniciativa Green Legacy Hiroshima en 2011

Siempre amó los árboles, y tal vez fue su mirada de observadora más distante lo que inspiró el deseo de llevar el mensaje de los árboles sobrevivientes al mundo.

Ambas amigas acabaron fundando en 2011 Green Legacy Hiroshima

Para mí la historia de estos árboles está enraizada en el pasado, pero también mira hacia el futuro», afirmó Nassrine.

«Esa historia llama la atención sobre el impacto espeluznante de una guerra nuclear, pero al mismo tiempo, por la resiliencia y la belleza de los árboles, es un legado lleno de esperanza».

Semillas de Hiroshima en América Latina

El proyecto de Nassrine y Tomoko ya ha enviado semillas de los árboles de Hiroshima a más de 30 países, desde Singapur a Afganistán.

Otra iniciativa similar, «El proyecto del árbol kaki», esparce semillas de árboles que lograron subsistir en Nagasaki, la segunda ciudad japonesa devastada por una bomba atómica, el 9 de agosto de 1945.

En América Latina hay descendientes de los árboles sobrevivientes de Hiroshima en Colombia y en Chile.

En el parque de la Universidad Icesi en Cali se plantó un alcanforero (Cinnamomum camphora), que desciende de uno de los árboles sobrevivientes de Hiroshima,

En el caso de Colombia, los arbolitos «se encuentran en este momento en el campus de la Universidad Icesi en Cali, en el campus de la Universidad Eafit en Medellín y en el territorio de la Clínica Valle del Lili en Cali», señaló a BBC Mundo Vladimir Rouvinski, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Icesi en Cali.

Rouvinski conoció el proyecto de Tomoko y Nassrine cuando hizo su doctorado en Hiroshima, y recibió las semillas cuando regresó a la ciudad con estudiantes de Cali en 2012.

Se decidió traer los arboles a Colombia porque ellos son un mensaje de paz y esperanza. Colombia es el país que durante muchos años ha sufrido de un conflicto interno y muchas personas perdieron la esperanza de que se pueda lograr una paz duradera algún día», afirmó.

«Los árboles de Hiroshima simbolizan que la vida siempre gana y, a pesar de las dificultades, se puede construir una paz próspera y para todos mientras se rechaza la guerra y los horrores que ella trae».

En Chile, los árboles serán plantados en Valdivia, en el Jardín Botánico de la Universidad Austral de Chile.

Recibimos las semillas en 2012 y de inmediato empezamos el proceso de germinación. Tenemos árboles de gingko biloba, alcanforeros y también ilex rotunda, conocido como sombrilla china», señaló a BBC Mundo el ecólogo Mylthon Jiménez-Castillo, investigador del Instituto de Ciencias Ambientales y Evolutivas de la Universidad Austral de Chile.

Este pequeño gingko germinado en Valdivia desciende de uno de los árboles que sobrevivió a la bomba atómica.

Los pequeños árboles serán trasplantados cuando alcancen la altura y robustez suficiente, tal vez el año entrante, y se encuentran ahora en el invernadero de la universidad. Pero aún en sus maceteros ya están dando un mensaje de paz.

El profesor Jiménez-Castillo y sus colegas llevan las plantas a diferentes escuelas y centros de Valdivia y Santiago, como parte de una exhibición itinerante.

El mensaje original que nos pidió Green Legacy era llevar un mensaje de paz, de respeto por los demás».

«Decidimos transmitir el mensaje vinculando la historia de la bomba atómica y el sufrimiento del pueblo de Hiroshima con la realidad chilena».

Exhibición en Valdivia. «Los niños sienten de inmediato mucha empatía por lo que ocurrió en Japón».

Hacemos un paralelo porque Chile es un país lleno de desastres naturales, terremotos, erupciones volcánicas, y tenemos una cultura muy solidaria de apoyarnos frente a los desastres», señaló el ecólogo, quien visitó Hiroshima en 2015.

«Siempre que hacemos una exposición tratamos de generar este concepto de empatía, de respeto por el otro en distintas circunstancias de sufrimiento«.

«Ha funcionado super bien, los niños sienten de inmediato mucha empatía por lo que ocurrió en Japón».

«Los árboles nos enseñan cómo vivir»

Green Legacy Hiroshima espera enviar semillas a muchos otros países. Y la hija y los nietos de Tomoko aseguran que continuarán esta misión de paz en el futuro.

¿Qué mensaje ofrecen al mundo los árboles sobrevivientes?

Yo siento que honrar estos árboles y sus descendientes transmite los peligros de las armas de destrucción masiva y el carácter sagrado de la naturaleza y nuestro planeta Tierra», afirmó Nassrine.

Para Tomoko, «los árboles nos enseñan cómo vivir. Ellos fueron dañados pero volvieron a brotar, se esfuerzan por vivir cada día y dan semillas para el futuro».

Creo que los árboles tienen un poder mágico y comunican a cada persona lo que es importante para ella», aseguró Tomoko.

Y muchos animales dependen de ellos, por lo que también nos muestran cómo coexistir con otras especies».

Tomoko asegura que aunque los árboles no hablan, si tratamos de entenderlos, escucharemos su voz , «una voz silenciosa que nos guía«.

Creo que los árboles tienen un poder mágico y comunican a cada persona lo que es importante para ella», aseguró.

«Los árboles sobrevivientes nos dicen que hay algo que no debemos olvidar: en 1945 la bomba atómica fue usada por seres humanos contra seres humanos por primera vez. Esto jamás debe volver a suceder». – Tomoko Watanabe y su madre Teruko fueron entrevistadas para la BBC en Hiroshima por la periodista Chie Kobayashi

“Sin embargo, al arrojarnos en forma desenfrenada hacia el porvenir armados de una tecnología arrogante, ¿nos detendremos en algún momento a contemplar las consecuencias? ¿Cuántas especies están desapareciendo a causa la arremetida de nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante de un desarrollo excesivo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad a través de la adquisición del último aparato?”

 

El gingko que aún florece en Hiroshima

ARIEL DORFMAN / NYTIMES .- Procedentes del Jardín Botánico de Hiroshima, fueron en total 176 semillas de Ginkgo biloba, Diospyros kaki, Ilex rotunda y Cinnamomum camphora, cosechadas de ejemplares HIBAKUJUMOKU. … Hoy en día, 30 países del mundo son depositarios de los árboles sobrevivientes

Jardín Botánico de Hiroshima

 

DURHAM, Carolina del Norte — El 6 de agosto de 1945 Akihiro Takahashi, un estudiante de 14 años, se encontraba en el patio de su colegio en Hiroshima cuando, de repente, se vio envuelto por una luz cegadora y un ruido infernal que lo dejaron inconsciente.

Al recobrar los sentidos, se dio cuenta de que había sido arrojado contra un muro a varios metros de distancia: fue por la fuerza de la bomba atómica lanzada contra su ciudad. Sobrevivió solamente gracias a que su escuela estaba a casi dos kilómetros del epicentro.

Aturdido, y cubierto de quemaduras, Akihiro se dirigió al río en busca de agua fría para calmar sus heridas. En el camino, se topó con un paisaje apocalíptico: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por astillas de vidrio que deambulaban por las ruinas como fantasmas, con sus ropas calcinadas, y barrios enteros ardiendo. El aire estaba ennegrecido e irrespirable. En un instante, fallecieron alrededor de ochenta mil hombres, mujeres y niños. En los días y meses posteriores al bombardeo murieron decenas de miles más por las heridas y los efectos de la radiación.

Conocí a Takahashi en 1984, cuando él dirigía el Museo de la Paz de Hiroshima. Para entonces era un adulto cuyo cuerpo mostraba todavía las secuelas de ese crimen de guerra. Una de sus orejas estaba mutilada, sus manos se veían retorcidas y de varios dedos emergían uñas negras.

Debe ver los hibakujumoku, los árboles sobrevivientes”, me dijo —casi me lo ordenó—, después de una larga conversación en su oficina. “Debe ver los gingko”.

Fue la primera vez que yo escuchaba algo acerca de la existencia de este árbol. Con una de sus manos encrespadas, él señaló hacia la ciudad, más allá del museo. Aquellos tres árboles que visité en los templos Hosen-ji y Myojoin-ji y en los jardines Shukkeien eran, en efecto, una maravilla; frondosos y magníficos y empecinados.

Aprendí que el gingko, especie hallada en fósiles que datan de hace 270 millones de años, está hecho para sobrevivir. Estos árboles específicos habían resistido porque sus raíces profundas subterráneas se habían librado de la aniquilación nuclear. Unos días después de la explosión aún germinaban nuevos brotes, rodeados del horror de cuerpos carbonizados, sobrevivientes que gemían y la lluvia negra y ácida que caía de manera interminable.

El ginkgo echa hojas en otoño. Varios de estos árboles sobrevivieron la bomba atómica de 1945 gracias a sus raíces. MiaZeus / GETTY IMAGES

Takahashi me dijo que los gingko expresan, más que cualquier palabra que pudiera pronunciar vía un intérprete, la persistencia de la esperanza y la necesidad de que hubiera paz y reconciliación.

De manera que décadas más tarde, cuando los imponentes robles frente a nuestro hogar en Estados Unidos estaban infectados y había que cortarlos, nos pareció natural remplazarlos con árboles gingko. Adquirimos dos especímenes y nosotros mismos los plantamos frente a nuestra casa, y persuadimos al departamento de parques de la ciudad a que le pusieran un tercer árbol al vecino.

No se trataba solamente de desafiar a la muerte —aunque esos árboles perdurarían más allá de los robles y vivirían aquí cuando nosotros ya no estuviéramos—, sino que también fue una decisión estética. Los gingko eran elegantes y dúctiles; sus hojas son como delicados lóbulos verdes que se asemejan a pequeños abanicos. Regaba estos retoños milagrosos cada día y los saludaba cada amanecer. En ocasiones les hablaba y les cantaba.

El otro día pensé de nuevo en Akihiro Takahashi. Una madrugada mi esposa y yo encontramos, al despertar, a una cuadrilla de trabajadores que excavaban hoyos gigantes justamente al lado de las raíces de nuestros gingko con el fin de introducir gruesos tubos amarillos de fibra óptica en la tierra. En cuanto vi lo que sucedía me lancé a detener aquella acción. Gracias a la pasión con que me expresé en el castellano que compartía con esos trabajadores, conseguí que cavaran sus zanjas lejos de las raíces. Me aseguré de que no resultaran afectados ninguno de los otros árboles de la calle y regresé a casa para enviar una serie de correos electrónicos a las autoridades de la ciudad para instarles a los inspectores municipales que previnieran similares transgresiones en el futuro.

Nuestros árboles están a salvo, pero me rondan pensamientos más aciagos sobre cómo este gran sobreviviente ahora parece encontrarse amenazado por las depredaciones de la modernidad. Es un conflicto entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime, y las exigencias de una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad científica, se expande en forma supersónica y perfora atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino con tal de lograr comunicaciones más rápidas, eficientes e instantáneas.

Es una batalla que la Tierra está perdiendo en la medida en que esta sexta extinción, creada por la humanidad, destroza tierra, mar y aire, y arrasa con plantas y criaturas.

No soy, ni de lejos, un ludita. En esta época de aislacionismo y nacionalismo extremo agradezco las conexiones humanas que facilitan las redes de comunicación global. Por lo menos ofrecen un anticipo de lo que podríamos lograr, de aquella paz y entendimiento entre distintas culturas y naciones con que soñó hace tantos años Takahashi en Hiroshima. Sin embargo, al arrojarnos en forma desenfrenada hacia el porvenir armados de una tecnología arrogante, ¿nos detendremos en algún momento a contemplar las consecuencias? ¿Cuántas especies están desapareciendo a causa la arremetida de nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante de un desarrollo excesivo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad a través de la adquisición del último aparato?

Los gingko de Hiroshima, aquellos tenaces hermanos mayores de los árboles más jóvenes y tiernos que crecen frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir el efecto más devastador de la ciencia y la tecnología —la separación del átomo—, un poder destructivo que puede transformar en escombros todo el planeta. La supervivencia de esos árboles constituye un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación: es posible nutrir la vida y conservarla, pero debemos a la vez recelar de las fuerzas que nosotros mismos hemos desatado.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería si, más de siete décadas después de que Hiroshima abrió las compuertas al suicidio factible de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia del pasado, ese llamado al futuro, lo que aún nos susurran las hojas suaves de los gingko.

Ariel Dorfman es autor de la obra teatral «La Muerte y la Doncella», y las novelas “Allegro” y “Darwin’s Ghosts”. Esta columna se publicó originalmente en agosto de 2017.

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