De millonas y gallineros

 Maduro y La Cumbia de los Pajaritos,….

 

BRAULIO GONZAGA / El Nacional .- «Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela», dice Bendición Alvarado mirando a lo lejos en el Salón Presidencial al patriarca reunido en un extremo con embajadores y funcionarios de otras naciones; y así parece el destino sufrido por nuestros países agobiados por gobiernos autoritarios, corruptos y hundidos en una aberrante ignorancia; así el mandamás de nuestro país hablando con énfasis de millones y millonas o valorando un gallinero en la escuela muy por encima de mil libros.

Pero el poder, desde sus orígenes divinos, transforma en esos términos de divinidad a quien lo posee en términos autoritarios y divinos. Para los ojos de los gobernados el contador de millones y millonas se convierte en un ser sagrado, y lleno de una infinita e inexplicable  sabiduría, a quien hay que obedecer, genuflexos. Sorprende en tal sentido la fuerza imantadora del poder, y así podemos ver desde el ojo distanciado de la televisión por ejemplo a escritores y cantantes, a poetas y novelistas, a danzantes y pintores en tareas de genuflexión y asombro ante la erudición poderosa del mandamás.

La Corte que rodea al bigotudo del poder realiza sus insólitos desmanes de enriquecimiento mientras ríe con la risa perfecta del malhechor en el poder: la risa cínica, pues sabe que la impunidad lo protege y lo guía”

El poder absoluto tiene y perfecciona  las estrategias y procedimientos para que campesinos y estetas, para que oficinistas y virus, bacterias y otros habitantes de la franja del poder perfeccionen a su vez su condición de genuflexos.

Caricatura de Patrick Chappate / The New York Times

En nuestro sufrido país ¿merecemos tal sufrimiento? El mandamás despliega sus modos mientras mueve sus mostachos de lava cerebros. Mencionemos dos de sus más importantes armas: la impunidad y la práctica sin límites de la mentira.

La Corte que rodea al bigotudo del poder realiza sus insólitos desmanes de enriquecimiento mientras ríe con la risa perfecta del malhechor en el poder:  la risa cínica, pues sabe que la impunidad lo protege y lo guía; y que si ellos no disfrutan tanto de tantas mieles pues están demasiado ocupados en finas tareas de sustracción es seguro que si lo hacen y lo harán sus esposas, sus amantes, sus hijos y los hijos de sus esposas.

Se saben impunes pues están protegidos por el poder absoluto y porque como los adolescentes se creen inmortales.

Las risitas cínicas de la Corte, asesores del régimen, le proponen al señor del máximo poder  la práctica de la mentira para el dominio de las masas con el látigo del lenguaje. Es la práctica denominada del caratablismo, liberada del control ético que en todo poder decente se mantiene sobre el uso de la verdad y la mentira. Es sabido que el mentir sin ética es un pecado capital más grande que el de la soberbia, este, el primero que castiga el cristianismo, y camino, entre los más cortos, hacia la imbecilidad.

Y mientras en Palacio se ejecutan los pasos de danza del poder absoluto hilados por las sonrisas irónicas de los señores de la Corte y el de los mostachos del poder, en un piso más abajo, la masa que respira e idealiza y avanza por el ruido de la calle o se sienta por horas con el peso de las derrotas cotidianas, es mutilada todos los días por la fuerza de aquel poder que se alimenta de esa mutilación, y así el bastimento no alcanza para las exigencias de hambre y de sed del día, y mañana será peor, y ensaya los pasos hacia la frontera, pasos que son multitudes de hombres, mujeres y niños hacia el exilio, huyendo de las diarias mutilaciones, arrastrando la pesada sombra de la tristeza, muriendo muchos en el camino, otros abusados, robados, despreciados, durmiendo bajo el techo de la lluvia y del frío, extraviándose y perdiendo su destino. Mientras allá, a lo lejos, en el Palacio del Poder los señores de la Corte y los hijos de la familia presidencial levantan copas y se deslizan por la suave locura de los licores más caros y más finos.

Pisada por los miles de pies que huyen queda la esperanza de una generación mutilada por el señor de los mostachos y de las millonas y por los de la Corte que en secreto lo miran como al más peligroso y manejable de los imbéciles.

Bendición Alvarado no pudo reprimir el impulso de su orgullo materno y exclamó en voz alta ante el cuerpo diplomático en pleno  «si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela».

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