De Chávez a Maduro: “La misma miasma”

SUIZA ENCUENTRA US$ 10.000 MILLONES EN FONDOS VINCULADOS A MADURO

– “OLIGARCAS REVOLUCIONARIOS” – ANTONIO LEDEZMA.

“MÁS PRESIÓN A MADURO SI QUEREMOS QUE LAS NEGOCIACIONES SALGAN ADELANTE”,

– “LA MISMA MIASMA” – TALCUAL

 

Chávez- Maduro:- Una nueva trama de corrupción Lava Jato – Odebrecht : Quedó expuesto Nicolás Maduro, acusado de haber pagado 11 millones de dólares «por fuera de la ley» para financiar la campaña de reelección de Hugo Chávez .

 

MIGUEL HENRIQUE OTERO

El Nacional 

Uno de los fenómenos que caracteriza a la política, es que su análisis está siempre asediado por la especulación.

A menudo el comentario político se separa de los hechos -en otras palabras, se aleja de la realidad- y toma el camino de lo contrafactual, es decir, de lo que podría haber ocurrido y no ocurrió. Sobre la posible utilidad de este tipo de razonamientos, me adelanto a decir: no proveen más que ilusiones. Sirven para dar pie a distorsiones y falsos argumentos.

La vertiente preferida de lo contrafactual en lo que queda del chavismo -una minoría en decrecimiento- y en sus aliados de la izquierda y el neocomunismo internacional -que no son pocos y en algunos países tienen un poder significativo, como en España-, consiste en darle vueltas a esta afirmación: si Chávez no hubiese fallecido, las cosas serían distintas en Venezuela.

A partir de esta especulación básica -insisto en que no es sino eso, un burdo masticar sobre lo inexistente- se ha ido construyendo una hipótesis política de alto riesgo para el retorno de la democracia en Venezuela.

La burda especulación sirve de base a cuatro falaces sugerencias, que el lector debe atender con su mejor concentración posible: la primera, que Chávez y Maduro son radicalmente distintos; la segunda, derivada de la anterior, es que si Chávez estuviese vivo, la situación venezolana no sería tan catastrófica; la tercera, clave en este análisis, que las diferencias entre Chávez y Maduro son tan marcadas que, en términos políticos, cabe hablar de dos familias políticas distintas, el chavismo y el madurismo; la cuarta, trampa de trampas, que el chavismo, y no el madurismo, podría ser la solución a la catástrofe venezolana. Esto es, un cambio que consistiría en quitar a Maduro del poder y mantener el régimen actual, pero manejado por el resto de los factores que hoy son los pilares del ejercicio del poder: el alto mando militar, Cabello, El Aissami, los hermanos Rodríguez, los grupos torturadores, las ex FARC, el ELN, los iraníes, los cubanos, los rusos, los chinos, los bielorrusos y el resto de aliados.

Quiero decir que la tesis de un mismo régimen, pero sin Maduro al frente, como modo de prolongar el control del poder, ha ganado terreno dentro y fuera de Venezuela.

La comparten personeros del PSUV, del Gran Polo Patriótico, casi todos los integrantes del Alto Mando Militar y los líderes de los principales colectivos, especialmente de Caracas y Miranda. También casi todos los gobernadores del régimen, que han sido consultados al respecto.

El proyecto de un cambio que se limite a reemplazar a Maduro tiene, además, apoyo internacional: lo alientan en la cúpula del gobierno español (PSOE y Podemos), entre miembros del Parlamento Europeo, en el partido Demócrata, y es la apuesta que están evaluando los gobiernos de México, Argentina y Bolivia. También Cuba, Rusia y China lo asumen como la alternativa más inmediata. Salvo la pareja Ortega-Murillo, que sostiene que la pareja Maduro-Flores debe resistir, está muy avanzado el camino de un consenso que reduce el horror venezolano a una exclusiva causa, a un hombre: Nicolás Maduro.

El conjunto de planteamiento es falaz, básicamente porque, más allá de las superfluas diferencias de estilo, las líneas de acción del poder ejercido por Maduro provienen, de forma directa, de Chávez.

Maduro nunca protagonizó una ruptura, ni con la figura política de Chávez ni tampoco con sus lineamientos gubernamentales. No lo olvidemos: Maduro alcanzó el poder como producto de un dedazo de Chávez. Lo puso allí para que continuara con su programa de demolición de la nación venezolana. Y Maduro aceptó el encargo y dijo que recibía y continuaría “profundizando el legado” de Chávez, y eso es justamente lo que ha hecho.

No fue Maduro quien sistematizó la violación de los Derechos Humanos y de los derechos políticos en Venezuela.

Chávez fue el maestro fundador de la destrucción de la autonomía de los poderes y el que convirtió al CNE en una estructura electoral ilegal, ilegítima y fraudulenta. Y fue, y esto es relevante, quien, con ayuda del castrismo, convirtió a la FANB en un aparato al servicio de los intereses políticos y económicos de una minoría.

Tampoco Maduro inició la persecución a los periodistas y los medios de comunicación. Ni quien abrió el territorio venezolano a grupos armados delincuentes de Colombia, ni a los apetitos de naciones delincuentes y enemigas de la democracia. Ni es el autor del diseño y de las primeras fases de ejecución del doble objetivo que consistió y consiste en destruir la industria petrolera venezolana -que ha convertido a Pdvsa en la empresa hazmerreír del universo petrolero internacional-, al tiempo que se destruía la estructura productiva privada nacional -hoy, un campo cuya imagen oscila entre la ruina y la sobrevivencia-.

Chávez fue quien inicio el empobrecimiento de la sociedad venezolana. Quien asaltó los ingresos de Pdvsa para financiar al terrorismo y al neocomunismo en América Latina y Europa. Quien no titubeó arrasar con la industria nacional para favorecer a los intereses de empresarios extranjeros. Quien, como demuestra Antonio Pasquali en su extraordinario libro La devastación chavista, destruyó por acción u omisión la infraestructura, los sistemas de transporte, los diarios, las empresas de radio y televisión, el desarrollo de Internet y sus potencialidades, la aviación y la aeronáutica, la industria del transporte y tantas cosas más.

Entre 1999 y 2013 Chávez encabezó una gigantesca operación para apropiarse y desmantelar a la nación venezolana. Sus logros fueron enormes. Cuando su muerte se aproximaba, entregó a Maduro el testigo para continuar con la tarea, que su pupilo ha llevado a extremos insospechados. Tras 22 años con el control del poder, el horror venezolano no se reduce a un hombre: es una inmensa red de mafias, complicidades, corruptelas y formas de violencia, que no admiten lecturas equivocadas ni falsas ilusiones. Lo que se interpone entre las legítimas aspiraciones de la inmensa mayoría de los venezolanos, de un regreso a la democracia y al país productivo, no es solo Maduro, sino un régimen: una mafia de mafias que aplasta las vidas y la dignidad de los venezolanos.

ILUSTRACIÓN: Eduardo Sanabria EDO

 

Oligarcas Revolucionarios

ANTONIO LEDEZMA – La Patria se va quedando chiquita en manos de esas minorías que usan su nombre, pateándolo con todo desparpajo y cinismo, después de haberla sudado en las franelas con su mapa estampado, montados en las tribunas mientras pronuncian discursos encendidos en nombre de los descamisados que terminan molidos en ese trapiche de la demagogia en el que se apaga su ensoñación.

Son las estafas de los populistas que devienen en señores feudales, dueños de fincas que arrebatan a los campesinos y productores en nombre de la gran mentira revolucionaria que no es más que una trituradora de ilusiones.

Es esa montonera que va destilando resentimientos para reducirse a una claque empoderada. Esa que con los dineros atesorados indebidamente compra bancos, centros comerciales, financia desarrollos inmobiliarios, inaugura bodegones, hoteles con casinos incluidos, expropia espacios turísticos para su uso exclusivo, contando para tales excursiones con yates y aviones a su disposición.

El viaje de esa palabra es milenario. Oligarquía, se desprende del griego para explicarnos que es una manera de gobernar atribuida a un reducido grupúsculo que de la noche a la mañana insurge -sería el caso venezolano-, como los propietarios de hatos en Barinas, Apure o Cojedes, eso si, todo “legal” con base a la Ley de Tierras. Esa cofradía logra financiamiento vía CADIVI para apuntalar sus peculiares proyectos. Además, cuenta con el apoyo de los entes gubernamentales para que los doten de tractores, cosechadoras, bombas de agua, fertilizantes y semillas, las cuales no alcanzan para la clase campesina despojada de sus predios.

Son los oligarcas del Socialismo del Siglo XXI, que desahogan sus furias de ludopatía en el casino del Hotel Humboldt, a donde escalan utilizando el teleférico que le arrebataron a los empresarios que legítimamente les correspondía administrarlo. ¿Y si se les antoja un bañito en aguas saladas, mar adentro?, para eso tienen a su disposición las bellezas naturales de Los Roques, La Tortuga, Morrocoy, Mochima y la Laguna de Caraballeda de donde salen los lujosos yates equipados con todo lo indispensable para pasarlo a sus anchas. ¿Y si el capricho del día es irse a Margarita o más bien a Canaima?, bueno ¿cuál es el problema?, ahí está el catálogo de aviones para escoger el que más satisfaga sus devaneos de potentados.

Maduro y el Casino Humboldt

Y al retornar después de disfrutar de esos placeres exóticos bien vale la pena un gustado en cualquiera de la galería de restaurantes que repentinamente se han inaugurado en Caracas. Que si un lomo en salsa, o un mero con alcaparra, salmón, langosta, y todo lo que le apetezca a esa minoría de privilegiados en materia de quesos, caviares, embutidos, jamones, crustáceos, mariscos, aves, semillas, vinos y licores de la mayor variedad. En esas tenidas, mientras pican y pican delicatessen, repasarán los proyectos inmobiliarios en marcha, esos edificios que se levantan en Las Mercedes, por ejemplo, a fuerza de “polvo blanco”, digo oro, no, cemento. O más bien ver las ventajas de esas maquinitas para los negocios de moneda virtual que mantienen encendidas las 24 horas del día, en oficinas o viviendas habilitadas para esos menesteres, en un país donde la electricidad es regalada, aunque para la mayoría sólo hay leña y velas.

Otro entretenimiento para las damas y caballeros que forman parte de esa oligarquía revolucionaria es irse de shopping a lo grande. Esos bodegones y supermarket son como una fantasía hecha realidad, nada que ver con esos verduleros de Mercal. ¡Qué va! Eso era antes de la metamorfosis. Ahora las compras las hacen paseando por esos amplios pasillos estirando las manos y agarrando cuantas exquisiteces exhiben en esos anaqueles. ¡Eso sí es revolucionario! Hay de todo, la más variada gama de comestibles desde carnes frescas y productos horneados, enlatados y envasados.

Pero eso no es todo porque en materia de educación los hijos de los revolucionarios tienen asegurada la calidad en esos colegios internacionales a los que presionan para que los cupos estén a su disposición. ¿Y los niños del pueblo? Esos se quedarán con las mugrientas escuelas en las que no hay agua potable, las excretas desbordan la superficie, el malandraje azota a los muchachos y el ausentismo de los maestros es patético. ¡Viva la revolución! ¿Y la asistencia médica? ¡Ah, no, eso está más que garantizado! En Venezuela ese pequeño porcentaje de venezolanos cuenta con clínicas bien equipadas, para atender sus requerimientos. ¿Y el otro porcentaje de 98% de venezolanos como se las arregla? Esos que se queden con los CDI y con los módulos de Barrio Adentro, que ya no tienen ni personal cubano porque casi todos “picaron los cabos”. ¿Y la seguridad personal? Tampoco hay problema, para eso cuentan con una caravana de carros blindados y un personal de escoltas a tiempo completo. ¿Y el pueblo como queda? ¡Ah pues, que se las arreglen con el Coqui!

Este cuadro es lo que algunos cínicamente llaman “normalización”. O sea que los privilegios exclusivos para esa gama de oligarcas revolucionarios son garantía de que el país está chévere, que todo marcha buenísimo. ¡Qué barbaridad! Normal estará Venezuela cuando haya libertad, cuando los venezolanos no tengan que huir por padecer una crisis limite, cuando los niños no mueran por desnutrición, cuando la ciudadanía no padezca de escasez de alimentos, ni de medicinas, ni de agua potable, ni de gasolina, ni de gas. Ese es el desafío que tenemos aún por cumplir.

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