Callaron y,…plantaron

Dejaron de Hablar y Empezaron a Plantar

– FELIX FINKBEINER: FUNDADOR DE PLANT-FOR-THE-PLANET TENÍA 9 AÑOS CUANDO IDEÓ UN PROYECTO QUE YA INCENTIVÓ EL PLANTÍO DE MÁS DE 15.000 MILLONES DE ÁRBOLES ALREDEDOR DEL MUNDO

 

El hombre que vencio al desierto con unas semillas – El desierto es un lugar hostil donde el agua es escasa y la vida se hace difícil a causa de ello. Yacouba Sawadogo

 El “Hombre Bosque” de la India: Jadav Payeng. Un hombre que ha plantado, con la única ayuda de sus manos, un bosque a lo largo de mas de 35 años.

 

Felix Finkbeiner, creador de Plant-for-the-Planet: a los 20 años, ya acumuló más de una década de trabajo movilizando a los niños a que planten árboles. David Bolley / PLANT-FOR-THE-PLANET

INEZ DE OLIVEIRA  / São Paulo, Brasil .- El invierno de 2007 fue inusualmente caluroso en la región de Baviera, en Alemania, donde Felix Finkbeiner, , vivía con sus padres y dos hermanas. El calor fuera de época se volvió tema de conversación en la escuela en la que estudiaba y la profesora pidió a los alumnos que investigaran sobre la crisis climática. Felix pasó un fin de semana en vueltas con el asunto e hizo dos descubrimientos.

El primero fue que el calentamiento global ponía a su animal favorito, el oso polar, en peligro de extinción. El segundo: había una mujer cuyo trabajo estaba ayudando a evitar que eso sucediera. La mujer era Wangari Maathai, la primera africana en recibir el Premio Nobel de la Paz. Fundadora de The Green Belt Movement, Maathai fue responsable de la plantación de 30 millones de árboles en Kenia.

Estas dos historias fueron conectadas en la presentación que Felix le hizo a sus compañeros de clase. Contó cómo los árboles capturan dióxido de carbono y liberan oxígeno, que contiene los reflejos de los gases del efecto invernadero resultantes de la actividad humana. Para cerrar, hizo un llamado: “¡Vamos a seguir el ejemplo de Wangari Maathai y plantar 1 millón de árboles en cada país del mundo!”. Tenía 9 años de edad y daba inicio a la creación de la iniciativa ambiental infanto-juvenil Plant-for-the-Planet. “Al principio, nuestro objetivo era salvar a los osos polares”, cuenta. “Pero pronto entendimos que se trataba de salvar nuestro futuro”.

En marzo de 2007, la clase de Felix plantó el primer árbol frente a la escuela. El ejemplo fue seguido por otros colegios y, un año más tarde, los niños ya habían asentado 50.000 plántulas. Ellos mismos crearon un sitio web y empezaron a promover competencias de plantaciones. El hecho ganó la atención de los medios de comunicación como ningún otro evento ambiental llevado a cabo en el país y Klaus Töpfer, exsecretario de medio ambiente de Alemania y exdirector ejecutivo del entonces Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, actual UN Environment, se convirtió en defensor de la iniciativa.

Felix hablando ante las Naciones Unidas, en Nueva York, en 2011 / PLANT-FOR-THE-PLANET

 

DEJA DE HABLAR, EMPIEZA A PLANTAR
Felix recién había cumplido 10 años de edad cuando presentó su iniciativa en una reunión del Parlamento Europeo. En la Conferencia de la Juventud celebrada en Corea del Sur al año siguiente, convocados por Felix, cientos de niños representando a 56 naciones ocuparon el escenario para demostrar su compromiso de plantar 1 millón de árboles en sus países. En Alemania, la meta fue alcanzada en un año. Luego, otras naciones llegaron a la marca.

La campaña Stop Talking, Start Planting, (Deja de hablar, empieza a plantar) ayudó a llevar la propuesta a los cuatro vientos, movilizando a personalidades del mundo político, cultural y artístico para apoyar el proyecto. El programa UN Environment, que originalmente había lanzado la acción “Mil millones de árboles”, transfirió la gestión de la iniciativa a los niños y jóvenes de Plant-for-the-Planet. En 2011, más de 1200 millones de árboles habían sido plantados alrededor del mundo, con el apoyo de gobiernos, empresas, personas y organizaciones sociales.

Hoy en día, Plant-for-the-Plane lleva contados 15.200 millones de plántulas en 193 países.

La modelo Gisele Bundchen y el príncipe de Mónaco, Alberto II en la campaña “Deja de hablar, empieza a plantar” / PLANT-FOR-THE-PLANET

 

EMBAJADORES DE LA JUSTICIA CLIMÁTICA
Desde el principio, la gente que apoyó el desarrollo de la Plant-for-the-Planet se dio cuenta de que, para que se ampliase, era necesario tener muchos Felix haciendo el trabajo de boca en boca alrededor del mundo. En 2008, comenzaron a realizarse las Academias Plant-for-the-Planet, que ya formaron a más de 67.000 niños de 66 países.

Cada academia es un taller de un día en el que los niños y adolescentes capacitan presencialmente a los estudiantes de escuelas públicas y privadas para entrar en acción. Al final, los participantes son nombrados embajadores de la justicia climática.

Ahora, el grupo quiere llegar a 1 billón árboles plantados en los próximos 20 o 30 años. Este es el número estimado por los investigadores como necesario para restaurar los bosques devastados, compensar las emisiones globales de CO2 y, con el tiempo, recuperar una atmósfera que conduzca al equilibrio de la vida en la Tierra.

Es una especie de ahorro que proporcionará recursos vitalicios para las generaciones futuras. La estrategia para llegar hasta allí, explica Felix, es fortalecer la noción de justicia climática, en la que los países ricos, que emiten más CO2, contribuyen con las naciones en desarrollo. “Proyectos de plantación pueden mejorar los ambientes y generar empleo para las comunidades locales”, dice.

Ceremonia de lanzamiento de la campaña “1000 millones de árboles” en Mónaco, en marzo de 2018 / Daniel Nückel – PLANT-FOR-THE-PLANET

 

LOS MINIBOSQUES
Un ejemplo es lo ocurrido en la Escuela Primaria Municipal (EMEF, por sus siglas en portugués) Dr. Sócrates Brasileiro, en la zona sur de São Paulo. Al lado de la institución, había un terreno baldío, que servía de depósito de basura y punto de drogas. Junto con los estudiantes, la escuela decidió intervenir el espacio para crear un minibosque.

Al final de 2017, el terreno fue anexado al área escolar para transformarlo en un espacio cultural y de ocio. El mismo año, Plant-for-the-Planet organizó un taller con alumnos, con plantío supervisado por el ingeniero forestal Renato Mendes, de Árvores na Cidade.

Cuenta Renato que se seleccionaron plántulas de especies nativas del Bosque Atlántico. Muchas son comestibles y atractivas para pájaros y pequeños mamíferos. “Además de sombra y refugio para estos animales, el bosque es productivo y tendrá floridos exuberantes en las distintas épocas del año, embelleciendo el barrio”, afirma el ingeniero. El área plantada suma 500 metros cuadrados y recibió más de 350 plántulas y 170 semillas. “A medida que entendemos que cada uno puede hacer la diferencia en el mundo, los niños y adolescentes comienzan a ocupar diferentes espacios”, dice la profesora de artes Sandra Martire Carvalho.

A mediados de abril de 2018, cuatro meses después de la siembra, BelieveEarth visitó la escuela para conocer el bosque. “Va a quedar un entorno más hermoso y encantador”, dice el. estudiante Caio Xavier Santana, de 14 años. “Nuestro barrio tiene poco verde. Ahora, las personas van a tener la oportunidad de conocer más las plantas y convivir con ellas”.

Para el coordinador de la escuela, profesor Eliseu Muzel, la participación de los más jóvenes trae resultados importantes para su desarrollo. “Los estudiantes pasan a construir el sentido de identidad, pertenencia y propiedad en relación con el espacio público”, afirma.

 

Wangari Maathai, la Nobel de la Paz que plantó 47 millones de árboles

CHARO NOGUEIRA / El Pais .- La concesión del Premio Nobel de la Paz la sorprendió trabajando. Era un día de octubre de 2004 y para celebrarlo hizo lo que llevaba años alentando -y realizando-: plantó un árbol. Otro más. Anteayer, al despedirse del mundo en un hospital de Nairobi, quedaban más de 47 millones de árboles plantados gracias a su impulso. Su herencia incluye también una lección: la lucha por el medio ambiente es una suma de luchas. Ha muerto Wangari Maa-thai, la bióloga keniana que aunó bajo el mismo paraguas el desarrollo sostenible y los derechos humanos.

«La paz en la Tierra depende de nuestra capacidad para asegurar el medio ambiente. Maathai se sitúa al frente de la lucha en la promoción del desarrollo económico, cultural y ecológicamente viable en Kenia y en África». Así argumentó el comité del Nobel de la Paz la concesión, la primera a una africana. Al recibirlo en Oslo, la que algunos bautizaron como la mujer árbol lanzó un alegato: «La industria y las instituciones internacionales deben comprender que la justicia económica, la equidad y la integridad ecológica valen más que los beneficios a toda costa».

Su activismo la llevó primero a la cárcel, y después al Gobierno de Kenia

Cuando recibió el Nobel, tenía 3.000 viveros atendidos por 35.000 mujeres

Wangari Maathai (Ihithe, Kenia, 1940) tuvo una vida muy poco común para una africana de su generación. Aunque como casi todas las niñas iba a por agua -«muy limpia, no contaminada»-, ella logró estudiar. Primero con las monjas. Luego, gracias a una beca, se licenció en Biología en Estados Unidos. Volvió a Kenia con la independencia recién estrenada e inició una carrera docente que la conduciría por los peldaños del activismo.

Wangari Maathai, en la entrega del Nobel de la Paz, en 2004. John Mcconnico / AP

La primera doctora universitaria en África del Este -en 1971- comenzó por dar la batalla en defensa de la libertad de cátedra en un país que se encaminaba hacia el autoritarismo y la corrupción. Recaló en la Asociación de Mujeres Universitarias, donde amplió su lucha y se lanzó en contra de la discriminación salarial de las profesoras frente a sus colegas masculinos. En el escalón del feminismo entró en contacto con las mujeres del campo, cada vez más deforestado. «Hablaban de cosas que vi relacionadas: inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos», explicó a EL PAÍS en 2004. «Yo les dije: ‘Si no tenéis leña, plantad árboles». Corría el año 1977 y surgía el Movimiento Cinturón Verde (GBM, en sus siglas en inglés). Las mujeres empezaron a gestionar semillas y a plantarlas. Primero en sus parcelas, luego en los terrenos públicos con el apoyo -y un pequeño pago si el árbol sobrevivía- del GBM. Cuando Wangari recibió el Nobel su movimiento tenía organizados 3.000 viveros, atendidos por 35.000 mujeres.

La imagen de aquel arroyo limpio de la infancia siguió siempre en la mente de la bióloga. Ya no estaba limpio. Las batallas llevaron varias veces a la cárcel a esta activista cuya lucha -y la de sus miles de seguidores- evitaron que se construyera un rascacielos en el mayor parque de Nairobi o que se privatizara un espacio natural de la capital keniana para construir chalés. El presidente Daniel Arap Moi llegó a calificar a Maathai como una «amenaza para la seguridad del Estado». Pero el mandatario cayó por fin y en 2002, Maathai fue nombrada viceministra de Medio Ambiente. Era el momento de pasar al otro lado para esta luchadora que se convirtió en diputada. Sus consejos volaron a España. En el programa electoral del PSOE en 2008 se incluyó su propuesta de plantar árboles -uno por cada ciudadano-. Unos meses después, el Partido Popular prometió que multiplicaría esa cifra por 10, hasta llegar a la utópica cifra de 500 millones de árboles.

Un cáncer de ovarios ha arrebatado la vida a la premio Nobel. Una mujer que tuvo que soportar que en su sentencia de divorcio el juez la calificara de «cabezota, triunfadora, con mucho nivel educativo, demasiado fuerte y muy difícil de controlar». Ella, que nunca se rindió ante los abusos, lo dejó dicho: «La experiencia me ha enseñado que servir a los otros tiene sus recompensas. Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos». Como ella.

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