Amazonía,…la gran sabana

 

EL DELIRIO DEL “CAPITÁN MOTOSIERRA”

SALVA LA AMAZONÍA, SALVA EL MUNDO

LA AMAZONÍA HA VISTO NUESTRO FUTURO,

EL ÁRBOL- ABUELA

 

 

La Vanguardia . El coronavirus ha interrumpido el trabajo de miles de moradores en la Amazonía, pero no ha conseguido frenar la destrucción de este paraíso medioambiental que se extiende sobre 7,4 millones de kilómetros cuadrados, repartidos en gran parte por Brasil, pero también en zonas de Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela.

 

“Se necesitaron decenas de millones de años para que las selvas tropicales se formaran. Destruirlas, puede tomarnos solo unas décadas”

 

BRUNO CARVALHO y CARLOS NOBRE / NYTimes

Las selvas tropicales son ecosistemas únicos de inmensa complejidad que nutren una increíble diversidad de plantas, animales y microorganismos.

A las excavadoras y a las motosierras no les importa eso.

Hay personas que piensan en las selvas tropicales como lugares lejanos que poco tienen que ver con su existencia cotidiana. Pero millones de personas viven en ciudades y asentamientos por toda la Amazonía. Muchos padecen condiciones precarias y se convierten en fuentes de mano de obra barata.

El bosque a veces se destruye en su nombre, con la justificación de que desarrolla y mejora la economía.

En Brasil, las tasas de deforestación están batiendo récords. Y si continuamos destruyendo el bosque, podemos esperar consecuencias nefastas, no solo para la región, sino también para el planeta.

Durante los últimos 50 años, la intervención humana ha ido alterando cada vez más el equilibrio ecológico de la Amazonía. El cambio climático ha provocado un aumento de las temperaturas de 1,5 grados Celsius en toda la cuenca y ha provocado sequías graves más frecuentes. Las sequías de 2005, 2010 y 2015-16 estuvieron entre las peores en más de cien años. Desde 1980, ha habido un aumento en la duración de las estaciones secas de tres a cuatro semanas en las áreas más degradadas de la Amazonía.

Un cauce seco en Manaquiri, Brasil, en 2005. Foto: Douglas Engle / World Picture News

Los bosques tropicales también aumentan la evaporación y mantienen frescas las superficies. Y reducen las lluvias, porque los árboles devuelven la humedad a la atmósfera. La deforestación podría hacer que las temperaturas en la cuenca aumenten de 2 a 3 grados Celsius para el año 2050.

Esta combinación de temperaturas más altas, sequías más extremas y el uso continuo de incendios para limpiar la tierra para la agricultura o el ganado está convirtiendo el bosque, anteriormente resistente al incendio, en un ecosistema más vulnerable. Y vemos que los bosques se queman.

Un área quemada en 2019 para despejar tierras para ganado y cultivos comerciales Foto: Carl De Souza / Agence France-Presse – Getty Images

Un ganado pasta en lo que solía ser un terreno boscoso en Pará. Foto: Andre Penner / Associated Press

Como resultado, es posible que la Amazonía no esté lejos del punto de inflexión cuando grandes porciones del bosque se conviertan en sabanas tropicales.

Un estudio que uno de nosotros publicó en la revista Science Advances estima que si las tasas de deforestación en toda la cuenca exceden del 20 al 25 por ciento del área forestal, conduciría a un proceso irreversible de sabanización. Hoy en día, aproximadamente el 17 por ciento de los bosques ya han sido talados y las tasas de deforestación han aumentado desde 2015 en la mayoría de los países amazónicos. En la Amazonía brasileña, más de 8000 kilómetros cuadrados de bosque (el tamaño del estado de Connecticut) probablemente serán destruidos solo este año. A este paso, podríamos alcanzar el punto de inflexión dentro de 20 a 30 años.

Los efectos de este proceso no se limitarán únicamente a la cuenca. Las temperaturas más cálidas se propagarían hacia el sur por el aire más caliente, lo que afectaría a la gran región agrícola al sur de la Amazonía.

Una plantación de soja en Pará. Foto: Victor Moriyama / The New York Times

El aire húmedo que normalmente fluye hacia el sur de la región —conocido como ríos aéreos— se reduciría, y es muy probable que afecte las precipitaciones en la Cuenca del Plata en el sureste de Sudamérica.

La sabanización de grandes porciones de la Amazonía induciría una pérdida masiva de especies de plantas y animales, y sería devastadora para las culturas indígenas. La sabanización de más del 50 por ciento de la Amazonía también resultaría en emisiones de más de 200.000 millones de toneladas de carbono y, al mismo tiempo, conduciría a una reducción dramática en el papel crucial del bosque como sumidero de carbono para el planeta.

Por último, pero no menos importante, la alteración de este equilibrio ecológico podría generar una propagación de virus, bacterias y parásitos, aumentando los riesgos de que surjan futuras pandemias.

¿Cómo podemos desarrollar caminos sostenibles que eviten este punto de inflexión en la Amazonía?

Los habitantes de la Amazonía pueden liderar el proceso de realizar profundas transformaciones socioeconómicas, fomentando estrategias de desarrollo y conservación más responsables para la región.

En las últimas décadas, el debate político sobre el desarrollo de la Amazonía ha sido dominado por dos puntos de vista irreconciliables. Por un lado, existe una visión de conservación de áreas naturales como territorios indígenas y tierras públicas. Por otro, hay un impulso para desarrollar la tierra y utilizar sus recursos naturales para la agricultura, la energía y la minería, lo que provoca rápidos ciclos de degradación.

El primer modelo podría funcionar desde un punto de vista ecológico, pero los desafíos de la región ahora también son de carácter urbano. Más de 30 millones de personas viven en la Amazonía, la gran mayoría en ciudades y pueblos marcados por la pobreza. Estas personas necesitan medios de subsistencia.

Existen nuevas iniciativas que se adhieren a los principios de una bioeconomía innovadora y descentralizada arraigada en la Amazonía, que contrastan con tratar el bosque solo como un generador de productos para las industrias ubicadas en otros lugares. La región puede albergar seres humanos y biodiversidad.

Eso significa invertir en cultivos que se puedan plantar de manera sostenible, como nueces de Brasil, cacao y açaí, en lugar de soja y ganado. También significa asegurarse de que las ganancias se queden con la población local que actúa como guardianes del bosque.

Los lugareños ya están activos en las primeras etapas de procesamiento de productos extraídos de bosques y ríos o cultivados en sistemas agroforestales o acuícolas. En Mato Grosso, por ejemplo, las comunidades indígenas cosechan nueces que venden a 50 centavos la libra a una cooperativa local. Después de ser procesadas y empaquetadas, las mismas se venden a 4 dólares la libra; un consumidor en una ciudad grande paga alrededor de 13 dólares, aproximadamente 26 veces el valor de la venta de la materia prima.

Bayas de açaí en el mercado junto al río Ver-o-Peso en Belém. Foto: Rodrigo Abd / Associated Press

La baya del açaí es un producto forestal que ha llegado a los mercados mundiales y es más rentable que cultivos como la soja o el ganado que requieren la destrucción del bosque. Genera más de mil millones de dólares al año para la economía amazónica y ha mejorado el sustento de más de 300.000 productores de la región.

Sin embargo, para cambiar la dinámica económica de manera más significativa, también es necesario desarrollar bioindustrias en la Amazonía, y ahora tenemos tecnologías para crear fábricas móviles, compactas y ecológicamente sólidas en la selva tropical.

Se podría llamar Amazon 4.0, aprovechando las tecnologías de la cuarta Revolución industrial. El objetivo principal es dar rienda suelta a nuevas oportunidades económicas e inclusivas para la protección de los ecosistemas y las comunidades en toda la región, incluidos los pueblos indígenas y tradicionales de los bosques, que son sus guardianes, así como las poblaciones urbanas.

Uno de nosotros está trabajando en un proyecto que reúne a organizaciones no gubernamentales, inversionistas, universidades públicas y la Asociación de Mujeres de Trabajadoras Rurales de Belterra (Amabela) en Pará, Brasil. La idea es que este grupo produzca chocolates artesanales con copoazú, una fruta amazónica. No solo cosecharán los ingredientes, sino que también los procesarán y empaquetarán. El grupo está construyendo una “biofábrica” en su comunidad, con equipos como impresoras de alimentos tridimensionales, cocinas solares y computadoras.

Filomena Freitas le quita la pulpa al copoazú en la Reserva de Desarrollo Sostenible Amanã. Foto: Evaristo Sa / Agence France-Presse – Getty Images

La energía solar y las comunicaciones digitales más baratas harán posible que minifábricas como estas operen en áreas remotas. Una aplicación puede brindar acceso a los mercados globales, y el software de rastreo que se está desarrollando puede garantizar que la producción cumpla con los estándares ambientales. A los residentes locales se les puede enseñar cómo operar estas tecnologías en unas pocas semanas.

Otras “biofábricas” en proceso de desarrollo involucran aceites gourmet y nueces, una industria multimillonaria. Los cosechadores locales podrían producir harina de nueces, nueces tostadas envasadas al vacío y aceite de nueces prensado en frío, por ejemplo. También existe la posibilidad de laboratorios de genómica móviles, con secuenciadores de genoma portátiles, que podrían tener un valor inestimable para la ciencia y la medicina. Las comunidades forestales podrían aprender a secuenciar el genoma de plantas, animales e incluso microorganismos, basándose en su conocimiento de especies con propiedades particulares, que luego podrían registrar a través de sistemas de cadena de bloques (blockchain). Desarrollar una biblioteca genética de microorganismos sería clave para combatir los patógenos de la Amazonía.

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

No podemos dar por sentada la capacidad de recuperación de la selva tropical. Vamos rumbo a la destrucción de la Amazonía. Convertirla en una sabana nos acercaría a una Tierra inhabitable. En su lugar, podríamos crear una bioeconomía de bosques en pie y ríos que fluyen que fusiona el conocimiento científico y tradicional, preservando la biodiversidad y mejorando los medios de subsistencia para las generaciones venideras.

Bruno Carvalho es un estudioso de la urbanización. y Carlos Nobre es un científico que se dedica a temas relacionados con el clima / NYTimes

 

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