6D: Mareo y más mareo

– ELECCIONES EN VENEZUELA: UNA VIEJA PELÍCULA

MEGANÁLISIS: “SOLO 13,79% DE LOS VENEZOLANOS TIENE INTENCIÓN DE PARTICIPAR EL 6D

CEV: “EL 6D AGRAVA LA CRISIS NACIONAL

RESOLUCIÓN DE LA OEA DESCONOCE ELECCIONES DEL 6D (+DOCUMENTO)

-Jesús Casique – BCV: Tipo de Cambio Bs.1.035.887 (28/11/2020) Bs.103.588.700.000.000

Reconversión Monetaria:

-Año 2008 eliminaron 3 ceros

-Año 2018 eliminaron 5 ceros

*Ciento tres billones quinientos ochenta y ocho mil setecientos millones. La unidad monetaria el Bolívar pulverizado. // “Premio Nobel que pidió Nicolás de Cúcuta para su gestión es lo menos,…”

 

Meridith Kohut / The New York Times

 

ALBERTO BARRERA TYSZKA.- El próximo domingo habrá en Venezuela un espectáculo paradójico.

Los comicios parlamentarios del 6 de diciembre, para elegir una nueva Asamblea Nacional, solo son un espejismo democrático para aniquilar el último resquicio de democracia que queda en el país. Pero más que una paradoja es una estrategia.

Cuando Diosdado Cabello, líder fundamental del partido de gobierno, pregonaba en la campaña que había que “reconquistar la institucionalidad” solo estaba, en el fondo, siguiendo una de las políticas fundamentales del chavismo: producir alucinaciones.

Nicolás Maduro, un presidente ilegítimo, autoelegido por medio de elecciones no reconocidas por gran parte de la comunidad internacional y autoproclamado en un proceso inconstitucional, después de fracasar al instaurar un parlamento alternativo que le es favorable, desarrolla y ejecuta un plan para tomar la Asamblea Nacional, robándose los partidos de oposición y organizando un nuevo fraude electoral.

Esta podría ser la sinopsis corta del proceso que culminará el próximo domingo. No habrá ninguna sorpresa. El chavismo ha ganado la elección aun antes de que suceda. El problema es qué viene después, qué sigue.

En la década de los cuarenta del siglo pasado se produjeron y se grabaron dos películas basadas en la obra de teatro Gaslight del escritor Patrick Hamilton. En la versión más conocida, dirigida por George Cukor en 1944, Ingrid Bergman interpreta a una joven cándida, casada con un asesino que —después de enamorarla— trata de enloquecerla suave y soterradamente, mientras intenta robar las joyas de la fortuna familiar. El éxito de filme trascendió el reino del espectáculo y terminó instalándose en el universo de las categorías psicológicas. De ahí viene el ya frecuente uso de la palabra gaslighting para describir las conductas de abuso y manipulación con las que una persona intenta hacer que su pareja dude de la forma en que percibe la realidad. Este modelo de definición de un comportamiento tóxico podría funcionar en el ámbito social. Retrata perfectamente la forma de actuación del chavismo en Venezuela.

La cordura de los venezolanos ha sido acosada y agredida de forma permanente por el poder. Durante dos décadas, la autoproclamada Revolución bolivariana ha hecho un gaslighting, a veces soterrado, a veces evidente, pero siempre sistemático: es una poco visible pero muy contundente forma de violencia contra los ciudadanos del país.

Me aventuro a predecir lo que va a pasar el domingo que viene: en tiempo récord —para darle una lección al “imperialismo”— el Consejo Nacional Electoral ofrecerá los resultados de la elección, donde destacará un triunfo abrumador del partido de gobierno, probablemente incluso logrando una mayoría absoluta en el nuevo parlamento.

La supuesta oposición, fabricada y manejada por el chavismo, tendrá un pequeño e inocuo papel de reparto. Y empezará entonces a moverse la nueva narrativa, dando paso a un sinfín de declaraciones de diversa índole y en distintas direcciones, todas apuntando a lo mismo: a la búsqueda de reconocimiento y de legitimación. Actuarán y hablarán como si las denuncias y los informes sobre el carácter viciado e inconstitucional del proceso electoral jamás hubieran existido, como si todo formara parte de la normalidad democrática de cualquier país. Convocarán a un gran pacto de unidad, de diálogo. Hablarán de amor. Invocarán los problemas del país y llamarán a dejar atrás las diferencias y a mirar con esperanza hacia el futuro. Lo harán con seguridad y tranquilidad, con singular histrionismo, intentando siempre poner en duda la percepción que existe sobre la realidad.

ILUSTRACIÓN: Marvin Figueroa

No se trata de una práctica novedosa, por supuesto. Es algo que está en lo profundo del ADN del chavismo y que también tiene una larga tradición en la historia mundial.

En su novela El compromiso (1981), el escritor ruso Serguéi Dovlátov relata la experiencia de un periodista en la Unión Soviética que vive esta dualidad: conociendo la noticia real y escribiendo la noticia ficcional que impone el gobierno. En el cortocircuito de esas dos verdades queda suspendida la locura de un país.

Porque, aunque la narrativa oficial se imponga, en Venezuela continúa una crisis económica aterradora y la migración no se detiene; los aparatos represivos siguen ejerciendo la violencia impunemente —como en el caso del periodista Roland Carreño, detenido de forma ilegal en octubre— y el Estado actúa en contra de las ONG, como con la organización Alimenta la solidaridad en las últimas semanas. Y, lamentablemente, con el triunfo previsible del chavismo en la Asamblea Nacional se cierra todavía más el cerco, se asfixia la posibilidad de que existan y se hagan visibles otras versiones de la realidad.

En su análisis de escenarios para el futuro, Rafael Uzcátegui, coordinador general de Provea, organización dedicada a la defensa de los derechos humanos en Venezuela, advierte sobre el claro peligro de que —desde el nuevo parlamento— el chavismo promueva y apruebe más “leyes antidemocráticas” y legalice aun más la censura y la represión en el país. No sería de extrañar —también— que, una vez casi liquidado el sistema de partidos, los siguientes objetivos de la violencia institucional sean los dirigentes de la sociedad civil o las organizaciones no gubernamentales. Eso es lo que representan las elecciones del próximo domingo. El uso, nuevamente, de los procedimientos y de las ceremonias de la democracia para acrecentar el autoritarismo.

La ocupación de la Asamblea Nacional no ofrece ninguna salida real al conflicto. Es una farsa mediocre que no le dará legitimidad a Maduro. Como el marido en la película de Cukor, el chavismo insiste en crear sombras para poder seguir con su saqueo. Pero su gaslighting ya no es eficaz. Ni adentro ni afuera del país. La victoria electoral del próximo domingo será un fracaso político, una nueva postergación a la única posible solución de la crisis.

 

“Nicolasito Ernestico”, y su mina de oro

DANIEL LOZANO – Los Patios, Colombia.- El gigantesco cartel, cercano al aeropuerto caraqueño de Maiquetía, grita a favor de un candidato hasta ahora «desconocido»: Nicolás Ernesto. Mucha revolución en ambos nombres que, sin embargo, esconden el apellido de la familia todopoderosa que rige los destinos de Venezuela. Se trata de Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente.

«Nicolasito», como lo llama su padre en sus apariciones televisivas conjuntas, compite por un escaño en el estado de La Guaira en las elecciones parlamentarias del domingo próximo, consideradas fraudulentas por la oposición. «Recolectamos la esperanza de la gente, escuchamos al pueblo», recita en cada uno de los mítines de la que se ha transformado en la campaña estrella en unas elecciones ganadas de antemano por el chavismo.

El ahora delegado de la Asamblea Constituyente, órgano revolucionario que arrebató sus poderes de forma ilegal e inconstitucional al Parlamento democrático, también tiene garantizado su escaño al figurar como cabeza de lista del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) por el estado costeño, cercano a Caracas.

Nicolás Maduro Guerra, hijo de Nicolás en compañia de Cilia Flores

Una campaña rebosante de dólares, con músicos pop que cantan las viejas canciones de Hugo Chávez, con regalos de comida y con el foco de los medios gubernamentales. Pan y circo en su expresión bolivariana, que incluye reparto de dólares en efectivo entre los miembros de las Unidades de Batalla Bolívar Chávez (UBCh), encargados de organizar y controlar los recorridos por municipios y barrios.

Es una operación milmillonaria, repartiendo bolsas de comida, cauchos [neumáticos] a los choferes, todo un conjunto de elementos usando el patrimonio público para su propia campaña», certifica el diputado José Guerra.

Todo ello con sorpresa incluida: la desaparición del apellido paterno de un candidato al que le gusta grabar los encuentros con la gente ayudándose de un selfie stick. Por algo su padre lo nombró hace años director de la Escuela de Cine de la revolución.

El mismo fenómeno ocurre con el videoclip de campaña de Nicolás Ernesto, «el hijo de un chofer de ómnibus y de una secretaria que al irrumpir la esperanza que fue Chávez se fueron detrás de ese sueño que el comandante representó». Entre confesiones personales («mi papá siempre quiso que fuera pelotero, pero yo me fui por la música»), y a ritmo de DJ, el hijo de Maduro recuerda que su padre le puso al frente de responsabilidades imposibles para un joven sin experiencia y de escasa preparación. Como para dejar muy claro que no reniega de su apellido, que son solo cuestiones estratégicas.

Declaraciones previas confirman que no existe ningún distanciamiento entre padre e hijo. «En el contexto de la nueva economía que se ha venido construyendo, le doy a mi padre 19 puntos [sobre 20]», calificó Nicolás Ernesto de forma entusiasta la política económica de su padre.

Nicolás Ernesto no lo necesita para ganar, pero lo están posicionando como dirigente sin el apellido del padre, porque hace mucho ruido en el elector, mucho rechazo. Y el nombre Nicolás solo, mucho más. Maduro está altamente cuestionado tanto por el nombre como por el apellido. Tratan de evadir el apellido quitándoselo y el nombre poniéndole Ernesto al lado. Así se crea la figura llamada Nicolás Ernesto, que tiene el ‘respaldo’ de Chávez y un dispositivo organizativo, un partido que es realmente el Estado militante, al que le agregan los elementos de la juventud y de parecer un bonachón. Maduro es invendible incluso en una elección en la que sólo votan chavistas y la gente que no siéndolo es temerosa de perder algún bien público», señala el politólogo Luis Salamanca, antiguo rector del Consejo Nacional Electoral (CNE).

Una estrategia diseñada por asesores para combatir a quien hoy representa el colapso de un país y el derrumbe de la revolución. Según la última encuesta de Datanálisis, solo el 14% apoya al presidente venezolano.

Hay interés en sembrar más a fondo al hijo de Maduro, posicionarlo a medio y largo plazo como un dirigente político del chavismo a nivel nacional», resume Salamanca.

En el desembarco en Vargas, abandonada la lucha sin éxitos en los barrios populares de Caracas, Nicolás Maduro Jr. cuenta con su equipo de confianza, desde el alcalde José Terán hasta el ministro de Pesca, Juan Laya. Es un territorio muy apetecible, gracias al aeropuerto y al puerto de La Guaira, para quien ya dispone de una mina de oro en el Amazonas, según las denuncias efectuadas por la Asamblea Nacional venezolana.

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