Moronta, entrevista y diálogos…

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

 

UNO ESCUCHA la crítica hacia los dirigentes políticos: hay indiferencia y en algunos casos rechazo. Eso es peligroso, porque significa que no hay confianza en nadie”.

 

KEILA VÍLCHEZ BOSCÁN- PANODI / U&O: El obispo de San Cristóbal, monseñor Mario Moronta, entrevistado por  Panorama  enfatizó su preocupación por lo que él está observando en las comunidades.

“Uno escucha la crítica hacia los dirigentes políticos: hay indiferencia y en algunos casos rechazo. Eso es peligroso, porque significa que no hay confianza en nadie”.

Además, el prelado precisó la necesidad de tener completamente abierta la frontera colombo-venezolana.

—¿Cree que el diálogo va a llegar a buen puerto? Tomando en cuenta las peticiones hechas por el Vaticano, de que no se tomaran decisiones que afectaran el diálogo,  hasta la próxima reunión el 13 de enero próximo.

—Dios se hizo hombre y se metió en la historia de la humanidad: con ello, el diálogo entre la humanidad y Dios tuvo una característica importantísima: hubo cercanía y encuentro. Dios se hizo hombre y se despojó de su condición divina. Esto fue lo máximo para poder dialogar y producir el fruto de la salvación que requería la humanidad.

En este sentido, el ejemplo para el diálogo político en Venezuela es claro: los dialogantes, los de oposición y el Gobierno, deben despojarse de sus prebendas, sus intereses particulares y actuar en nombre del pueblo, al cual deben sentirse como miembros. Si esto no se da, cualquier intento de diálogo no producirá ningún fruto.

Quizás acá está la dificultad más seria.

En la calle, a la gente no le termina de interesar el diálogo, porque no se han tocado los problemas concretos de la vida cotidiana: el desabastecimiento de medicinas y alimentos, la inseguridad.

Los temas tratados son importantes y necesarios, pero apuntan más a los intereses particulares de los grupos políticos y terminan por destacar que hay una lucha entre los que tienen el poder y los que quieren acceder a él.

—¿Cree que exista  una buena disposición de parte y parte, para que esa mesa de diálogo llegue a algo?

—Creo que un mensaje y un ejemplo claro para la gente sería el cumplimiento de los acuerdos y que se dejara la diatriba entre los diversos poderes del Estado. Y vuelvo a insistir que se toquen los problemas que de verdad están afectando a los venezolanos. Si esto se da, veremos que sí hay interés  por el diálogo y sus consecuencias.

—¿El Vaticano va a seguir como mediador en este proceso de diálogo, a pesar del escenario?

—El Vaticano tiene un papel muy definido: ser interlocutor y facilitador del diálogo. No es el ente que va a proponer soluciones, sino que va a facilitar el encuentro. Muchos de la oposición pensaron que el Vaticano, con su enviado monseñor Celli, venía a exigirle al Presidente Maduro que renunciara o que aceptara el referéndum. El Gobierno pensó que monseñor Celli vendría a regañar a la oposición y exigirles determinadas cosas. Por eso, muchos no dudaron en criticar al Vaticano y al Papa. Pero esa no era, ni es la función de la presencia del Vaticano: es, ante todo facilitar el diálogo y  hacer seguimiento de los acuerdos.

—Al  venezolano se le menciona la palabra “diálogo” y la mira como falsa o está incrédulo de la misma. ¿Qué  mensaje le puede dar a esos venezolanos que están agobiados por la crisis económica?

—La gente ya no ve en el diálogo una salida, porque no se ha sentido representada en él. El diálogo debe incluir las acciones que se proponían, pero sobre todo lo referente a la vida diaria. Apenas se tocó el tema de las medicinas.

Pero la gente no se ha sentido representada, ni tomada en cuenta en los grandes ítems que se discuten. En la calle, cuando uno camina por las comunidades, uno escucha la crítica hacia los dirigentes políticos: hay indiferencia y en algunos casos rechazo. Eso es peligroso, porque significa que no hay confianza en nadie. Un ejemplo lo podemos ver en las recientes medidas tomadas con relación al billete de cien bolívares. La angustia de la gente creció y no hubo ningún mensaje de la dirigencia del Gobierno, ni de la oposición, más bien la reacción fue tardía. Y la gente de la calle decía que era por estar ellos preocupados por depositar su dinero en los bancos. De igual modo, cuando se dieron los actos vandálicos en varias partes del país: la gente se sintió  abandonada por las fuerzas de seguridad. El Estado reaccionó muy tarde.

—Frente a este escenario político y económico, ¿Qué mensaje esperanzador le puede brindar usted al pueblo venezolano?

—¿Qué hacer? El papa Francisco nos está pidiendo que todos tengamos el gusto espiritual de ser pueblo. No podemos actuar guiados por meros intereses partidistas o particulares. La solidaridad nacida de la caridad se impone. El verdadero sujeto de la democracia es el pueblo. No para votar de vez en cuando o recibir imposiciones o planes desde arriba. Es hora de buscar que el pueblo sea atendido y se le considere como protagonista de la democracia. No es fácil pues se necesita un cambio de óptica y de actitud. La esperanza no es aguardar que otro venga a darnos las soluciones. Es tener la conciencia y la seguridad de que podemos hacerlo con las riquezas culturales, sociales, políticas, religiosas que todos tenemos. Si se escuchan los clamores de la gente, si se ve con sus ojos y caminando con ella —no estando en la acera de enfrente—, entonces se podrá abrir un camino de reconstrucción de nuestra sociedad, y la recuperación tendrá un horizonte claro.

Esto conlleva algo muy importante: todos los factores políticos y sociales, religiosos y económicos, todos los sectores deben unirse para derrotar otro de los grandes flagelos: el de la corrupción. Esta no es sólo de carácter político y administrativo. La corrupción es un cáncer que está destruyendo el tejido social. Y si no se termina de tomar una decisión al respecto, va a ser difícil atisbar un rayito de luz en el futuro.

—¿Cuánto hay de política en la Iglesia, y viceversa?

—La Iglesia aporta desde su enseñanza social que nace del Evangelio. Si la Iglesia se entiende sólo desde la perspectiva de la jerarquía, su misión es la de enseñar. Pero no olvidemos que la Iglesia está compuesta por todos los bautizados. Los laicos pueden y deben meterse en la lucha política. Una inmensa mayoría de nuestros dirigentes políticos son católicos. Habría que preguntarles si ellos se dejan guiar por la doctrina social de la Iglesia y por la Palabra de Dios y no por líneas de partidos. Habría que preguntarse si actúan con temor de Dios. La Iglesia  tiene la responsabilidad de acompañar a todos los dirigentes para que cumplan su función con sentido de fraterna caridad y en beneficio de todos y no de pequeños grupos.

—Considerando su zona de trabajo pastoral, que es ubica en un estado fronterizo, ¿cómo evalúa la situación actual en esa parte del país, precisamente por ser una región fronteriza?

—Sobre la frontera hay mucho que hablar. Desde hace mucho tiempo la frontera se ve como un territorio donde termina Venezuela. Y no es así. Allí es donde comienza la patria y donde nos intercomunicamos con el resto del mundo. Los que estamos en frontera sentimos que ésta no le duele a nadie. Sólo preocupa ahora si está o no abierta para ver si se puede ir a comprar algo en Brasil o en Colombia. Pero de resto, no sentimos que las riquezas culturales, económicas y humanas, así como las religiosas les interesan al resto del país.

La frontera debería estar abierta plenamente y no con los condicionamientos que existen en la actualidad. Desde hace muchos años el Estado ha obviado su preocupación por la frontera.

Son muchos los problemas que azotan la frontera: la presencia de irregulares del otro país, el tráfico de niños, de órganos y de personas, la trata de blancas, el narcotráfico, el contrabando. Todos saben cómo y quién lo practica, y sus consecuencias, y diera la impresión que los órganos de inteligencia del Estado no lo saben o no quieren actuar.

Y tampoco se ven las grandes riquezas: el intercambio de todo tipo, la fraternidad con la que se vive. Más de la mitad de los tachirenses y de los del Norte de Santander son familia o tienen vínculos antiguos de amistad; la frontera no es una línea divisoria sino una cultura de integración. Ya es hora de abrirla completamente y que los dos gobiernos, colombo-venezolanos, piensen en una especie de estatuto de frontera que posibilite el crecimiento humano, social y económico. No hacerlo es seguir permitiendo las irregularidades. La Iglesia ha colaborado en este sentido. Existe una positiva interrelación con las diócesis de la frontera. ¿Por qué no se toma en cuenta lo que vamos haciendo y lo que proponemos? Pero aún así la Iglesia seguirá siendo capaz de ayudar y proteger a la población de la frontera, pues hacemos eco de lo que el Papa nos enseña: La Iglesia no tiene fronteras, porque es madre de todos

 

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