¿Miedo?,.. No tengáis miedo

ALEJANDRO MORENO: ¿NO ES HORA YA DE DEJAR DE LLAMAR CRISIS A LO QUE ES UN VERDADERO Y DELIBERADO GENOCIDIO? Crisis se suele llamar a una situación indeseable y desgraciada a la que está sometida la sociedad, incluyendo el Estado, en contra de su voluntad. Esto no es contra la voluntad del Estado sino deliberadamente por él promovido, deseado e impulsado. El Estado venezolano, el régimen dictatorial, totalitario y abusivo es el culpable de nuestra HAMBRE, de modo que no estamos en crisis sino en un deliberado proceso de muerte”. El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

EN VENEZUELA PRIVA EL MIEDO, YA PROFUNDO, INSTALADO SOCIALMENTE…

ASDRÚBAL AGUIAR.- El título es de Juan Pablo II. Lo fija en 1978, sobre una experiencia que rasga su piel: conoce al mal absoluto en su Polonia nativa, el comunismo, régimen que doblega los espíritus y anula el sentido mismo de la existencia social entre seres diferenciados –que ese es su real propósito–.

Los hace antagónicos y divide (buenos y malos, amigos y enemigos). Les fractura el tejido común. Los vuelve presas de una angustia superior al miedo, que no les permite más que dar cabida a la hipocresía, a la doblez, a la desconfianza, al término a la traición entre compatriotas.

Propone el Papa, así, el desafío de superar el miedo del hombre al hombre mismo y lo que ha creado.

De confrontarlo en diálogo con él, antes de que desarme e inhiba; y acaso separarlo como fenómeno real, lo propone Jean Dolumeau (El miedo en Occidente), del egoísmo y la cobardía “prudente”, a la que apelan los pícaros para encubrir sus propios miedos, que no se resuelven, sino que se hacen exponenciales bajo formas de temeridad o desplantes épicos.

No por azar, nuestra historia bolivariana, la posterior a la Independencia y la del presente, se escribe con sangre, negada a la razón y las ideas.

Durante el mundo medieval paraliza pensar en la muerte y el infierno o en la amenaza de la peste. Pero en la medida en que sobreviene la Ilustración, quedan atrás las supersticiones, los aparecidos, hasta que, alcanzada por aquella modernidad, el miedo que sobreviene es a la guillotina, a las revoluciones.

A diez años de la francesa, la primera nuestra antes de que se hagan endemia, la de Gual y España en Caracas provoca miedo en las autoridades.

La enfrentan elevando el miedo colectivo con actos de barbarie suma que paralicen al pueblo. No lo logran pero la crónica es dantesca: “Sea sacado de la cárcel arrastrado a la cola de una bestia de albarda, y conducido a la horca, publicándose por voz de pregonero su delito: que muerto naturalmente [el reo José María] en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza, y descuartizado: que la cabeza se lleve en una jaula de hierro al Puerto de la Guayra, y se ponga en el extremo alto de una viga de 30 pies que se fijará en el suelo a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas: que se ponga en otro igual palo uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto, en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado a quienes sacó de la cárcel de la Guayra, y proporcionó la fuga”.

El miedo vuelve por sus fueros, en pleno siglo XXI. Su parto es la caída de las Torres Gemelas, que al multiplicar el terror del terrorismo globalizado –hoy más, bajo el dominio del aparataje digital– sus víctimas optan por comportarse de modo igual a sus victimarios.

La seguridad de las fronteras –Trump dixit– vuelve a ser como la que narra Dolemeau sobre el ingreso de un extranjero a la Augsburgo de 1580: “Al otro lado del puente levadizo se abre una gran puerta, muy espesa, que es de madera y está reforzada con diversas y grandes hojas de hierro. El extranjero accede a ella por una sala donde se encuentra encerrado, solo y sin luz. Pero otra puerta semejante a la anterior le permite pasar a una segunda sala en la que hay luz y en la que descubre un recipiente de bronce que cuelga de una cadena. Deposita, en él, el dinero de su pasaje. El portero… si no está conforme con la tarifa fijada, le dejará templarse allí hasta el día siguiente…”; mientras, debajo de esas puertas, como suerte de colectivos chavistas, 500 hombres armados y con sus caballos medran preparados para cualquier eventualidad.

En Venezuela priva el miedo, ya profundo, instalado socialmente, hecho subconsciente, que explica nuestra parálisis ante los males tanto como el inexplicable comportamiento de las élites políticas que restan; causado aquel bajo el secuestro del Estado por los cárteles del narcotráfico y la violencia indiscriminada que procuran, amamantada de complicidades miedosas.

He allí que se trata de ese miedo que, en estos tiempos, a manera de transacción, concita en sus afectados la “corrección política”, el “progresismo” como argumento práctico que permite el avenimiento con el mismo mal, para sobrevivir. Así, el cinismo como la hipocresía, son los rostros del miedo.

En la Medellín de Pablo Escobar, dicen los autores de una obra que así se titula –Rostros del miedo– la vida urbana se modifica, justamente, para sobrevivir. Los afectados son “sujetos cada vez más aprehensivos, temerosos de los otros y de la ciudad misma, de los encuentros fortuitos y lo inesperado, de lo desconocido y distante y, cada vez más también, de lo conocido y próximo”. No creen en nadie.

Valga, entonces, para nosotros, en esta hora amarga que nos procura el Cartel de los Soles, la enseñanza neogranadina. 2 millones de colombianos emigraron desesperados entre 1996 y 2000, hasta que se entiende la necesidad de “hacer de los miedos y la incertidumbre un asunto de reflexión colectiva”; para enfrentarlos y hacerlos parte de la construcción de una ciudad incluyente y de un orden democrático”. correoaustral@gmail.com

 

“Una dictadura nunca pierde 2 elecciones”

ABC @EMILI J. BLASCO  La oposición venezolana aglutinada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ha decidido no participar en las elecciones convocadas por el régimen de Nicolás Maduro para el 20 de mayo.

Algún dirigente menor, como Henri Falcón, ha roto ese compromiso y ha anunciado que concurrirá a ellas, aduciendo que, así como la oposición pudo derrotar al chavismo en las legislativas de 2015, ahora podría nuevamente vencerle en las urnas. En realidad, la situación es radicalmente distinta.

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

Lo primero que hay que tener en cuenta es que una dictadura nunca da por perdidas dos elecciones.

Puede admitir la derrota en unas, por falta de cálculo y de suficiente fraude, pero si entonces no entrega el poder (como sí ocurrió con Pinochet tras el referéndum que convocó en 1988), la huida hacia adelante en su voluntad de permanencia le llevará a elecciones cada vez más restringidas y a fraudes cada más gigantescos, que ya ni siquiera se esforzará en esconder. Esto último es lo que ha ocurrido en Venezuela.

La oposición pudo apuntarse oficialmente la victoria en las elecciones de 2015 por tres razones principales, además lógicamente de la tremenda desafección popular que ya existía hacia el Gobierno:

  1. El fraude es más fácil en las presidenciales

Una es que el fraude —que ya le robó el triunfo a la oposición en las presidenciales que encumbraron a Maduro en 2013, y probablemente también en las de Chávez de 2012— es más fácil de aplicar en una votación con una circunscripción nacional única y con dos candidatos principales. En esa situación es más sencillo para el chavismo saber cuántos votos lleva el contrario y cuántos votos falsos hay que generar para ganar; además, estos se pueden generar en todos los lugares de control territorial chavista, no importa dónde, pues luego van al cómputo general único.

En las elecciones legislativas, municipales y de gobernadores hay muchas más variables, por lo que son más difíciles de controlar plenamente, de ahí que este chavismo en horas bajas perdiera las legislativas de 2015 y luego tuviera que eliminar partidos y candidatos en las dos otras dos elecciones, en 2017, para que el fraude funcionara convenientemente.

  1. Ya no cabe el factor sorpresa

Otra razón es que en diciembre de 2015 el volumen del voto de castigo sorprendió tanto a los dirigentes chavistas (muchos electores que ellos arrastraron a las urnas aprovecharon el voto secreto para apoyar a la oposición, lo que adulteró los cálculos del fraude), que no estuvieron en condiciones de coordinar una reacción. A los intentos de Diosdado Cabello de generar violencia callejera con los colectivos a última hora del día, para así invalidar las elecciones, se enfrentó el ministro de Defensa, Padrino López, partidario de no alterar el resultado que iba a proclamarse.

Hoy ya no cabe el factor sorpresa. En 2015, el Gobierno seguía queriendo simular ser una democracia. En 2017, con la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente, justamente para superar el problema de una Asamblea Nacional controlada por la oposición, el Gobierno ya dio el paso de asumir que sería internacionalmente proclamado como dictadura: ya no tiene que guardar las apariencias. Hasta la compañía responsable técnica del sistema electoral, Smartmatic, ha denunciado el fraude.

  1. Perder la Asamblea era reconducible

En 2015 el chavismo podía admitir la pérdida de la Asamblea Nacional porque seguía controlando la presidencia y los otros poderes, y podía tener margen para puentear a los díscolos diputados (como así fue con la convocatoria de la Constituyente). En cambio, perder la presidencia no es una opción, no es algo remediable. De ahí la prohibición de las candidaturas de opositores como Leopoldo López o Henrique Capriles y otras limitaciones impuestas. Está todo arreglado para que Maduro no pierda estas elecciones.

Contra la Constitución

La participación en estas elecciones, por otra parte, presenta el problema del acatamiento de una vulneración constitucional. El mandato presidencial dura un sexenio: comienza el 10 de enero y termina junto seis años después en otro 10 de enero. Las elecciones presidenciales tienen lugar cerca de ese momento y normalmente han sido convocadas en diciembre.

Saltarse eso, por conveniencia política de Maduro, es contravenir el espíritu de la Constitución, promovida por el propio chavismo en 1999. También lo es la descarada falta de independencia del Consejo Nacional Electoral, que no solo inicialmente adelantó las elecciones al 22 de abril por conveniencia del Gobierno, si no que luego, por orden también de este y sin disimulo, las ha aplazado al 20 de mayo, en un intento de que algún otro partido de la oposición participe.

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