Maldad, Miedo, Maduro

EL PAPA JUAN PABLO II AL MUNDO: ¡NO TENGAIS MIEDO!

“No tengáis miedo” fueron las primeras palabras que Juan Pablo II lanzó al mundo entero desde la Plaza de San Pedro, cuando inauguró su pontificado, el 22 de octubre de 1978.

NO TENGÁIS MIEDO – ReL

…  En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo de los hombres, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse.

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EL CÍRCULO DEL MIEDO

ASDRÚBAL AGUIAR / El Nacional.- El miedo hace parte de nuestra especificidad como venezolanos. Ninguno lo acepta, pues ofende o resta honor, pero es obvia la apelación popular constante al padre bueno y fuerte, al gendarme o líder mesiánico de factura bolivariana, prohijador en la orfandad, quien nos encarna, en un contexto de amenazas y de males que él mismo, paradójicamente, crea y recrea para no dejar de ejercer su rol tutelar.

El miedo, así, condiciona hasta el comportamiento de las élites e impide, en el momento actual, un desenlace que reconduzca al país sobre el sendero de libertades que aún sigue pagando con sangre, tinta de nuestra historia. Es el enemigo que vencer.

En el mundo medieval el miedo es ley. Hordas de hambrientos asesinan en búsqueda de pan, tanto como huyen del extranjero por considerarle portador de enfermedades mortales. La imagen no es extraña en la Medellín de Pablo Escobar, o en la Venezuela de Nicolás Maduro, que viven bajo el miedo, en la anomia, controladas por el crimen asociado que doblega al andamiaje del Estado para sus fechorías.

No por azar, entre 1996 y 2000 emigran 2.040.000 colombianos, y nuestros compatriotas frisan una suma algo superior para el año corriente.

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

Oswaldo Payá, asesinado por la satrapía comunista, en mensaje que dirige a sus compañeros de la IDC, comenta su experiencia y recuerda que en una sociedad como la cubana se llega a un punto en que no se ven caminos o se cree que no los hay: “El régimen cierra las puertas del futuro y dicta la sentencia de la continuidad de la opresión a escala de eternidad… encaminada a sembrar la desesperanza. Esas dos componentes, represión y mentira son esencia de la cultura del miedo en que ha estado sumergido nuestro pueblo durante casi cinco décadas”, concluye.

El miedo cuando se agrava y degenera en angustia, paraliza, es decir, es incertidumbre total porque la mentira se hace política de Estado. Nadie confía en nadie. Es insumo del comportamiento colectivo, e impide ponerle rostro preciso al propio miedo y controlarlo. Es la represión arbitraria sin que el ciudadano sepa por qué y de dónde le llega, acaso a manos del mismo Estado o de los criminales que dominan en su territorio, o por la ayuda que les prestan víctimas potenciales para salvar sus pellejos.

En el pasado remoto la conducta transparente y regida por valores es fuente de seguridad; asaz algo miedosa en lo íntimo dada la creencia de que se pierde el Paraíso por los pecados mortales. Mas ahora, en plena era de la globalización, cuando se defiende la muerte de Dios y el todo vale como en Zaratustra –libro de cabecera de Hugo Chávez al borde de su muerte– hasta los “buenos” están dispuestos a negociar con el demonio, con el terrorismo, con el narcotráfico, para sobrevivir. Lo aspiracional democrático se reduce a mediocre seguridad o falsa existencia. Y las víctimas que sufren y se resisten a acomodarse se preguntan ¿dónde está Dios?, gritan que resucite otra vez.

Entre tanto, los victimarios –piénsese en los autores del acto terrorista que derrumba las Torres Gemelas de Nueva York o en el Maduro de la masacre de El Junquito– se inmolan. Creen liberar sus miedos individuales arreciando con la maldad. Creen poner distantes los castigos que merecen por sus maldades sumas. Los unos piensan que irán al cielo y serán premiados con ninfas. Los otros imaginan viajar hasta la isla de la felicidad, al paraíso comunista, o alcanzar que sus víctimas les perdonen sus pecados a cambio de una vida inútil e intrascendente, a la manera de los Rodríguez Zapatero y sus compinches.

La Venezuela sufriente pide a bocajarro, instintivamente, una vuelta a lo adánico. Demanda la presencia del padre tutelar en su agonía. Anhela como ayer al caudillo, al gendarme necesario, al traficante de ilusiones, al provocador de terrores, pero en los extraños y no solo en los extranjeros.

Nuestro siglo XIX, no por azar, se lo dividen José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco, y más de la mitad del siglo XX, lo secuestran Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Los otros jefes, en sus interregnos, son sus amanuenses.

Llegado el siglo XXI Hugo Chávez hace de la república su botín, con igual ánimo, y lo logra. Al morir sobreviene la explosión del desorden. Los causahabientes tanto como los otros aspirantes a sucederlo, desde la acera opuesta, aún no calzan sus zapatos. Hacen el esfuerzo y es lo que les preocupa. Son los señores feudales, dueños únicos insustituibles de sus haciendas políticas, también desde hace 20 años.

A ninguno le interesa ponerle rostro al miedo o definirlo y por ello hablan de autoritarismo, de democracia iliberal o deficiente, no competitiva, omitiendo desnudar al mal absoluto. Ninguno se atreve a romper el círculo vicioso del miedo, liberar las cadenas mentales que inhiben al ciudadano para ejercer con madurez su soberanía, pues todos a uno son, al fin y al cabo, la causa de nuestros miedos históricos, recurrentes.

En buena hora ese miedo y su círculo vicioso está por romperse, obra de la desesperación.

 

NO TENGÁIS MIEDO

ASDRÚBAL AGUIAR  A.- Propone el Papa, así, el desafío de superar el miedo del hombre al hombre mismo y lo que ha creado. De confrontarlo en diálogo con él, antes de que desarme e inhiba.

El título es de Juan Pablo II. Lo fija en 1978, sobre una experiencia que rasga su piel: conoce al mal absoluto en su Polonia nativa, al comunismo, régimen que doblega los espíritus y anula el sentido mismo de la existencia social entre seres diferenciados – que ese es su real propósito. Los hace antagónicos y divide (buenos y malos, amigos y enemigos). Les fractura el tejido común. Los vuelve presas de una angustia superior al miedo, que no les permite más que dar cabida a la hipocresía, a la doblez, a la desconfianza, al término a la traición entre compatriotas.

Propone el Papa, así, el desafío de superar el miedo del hombre al hombre mismo y lo que ha creado. De confrontarlo en diálogo con él, antes de que desarme e inhiba; y acaso separarlo como fenómeno real, lo propone Jean Dolumeau (El miedo en occidente), del egoísmo y la cobardía “prudente”, a la que apelan los pícaros para encubrir sus propios miedos, que no se resuelven, sino que se hacen exponenciales bajo formas de temeridad o desplantes épicos. No por azar, nuestra historia bolivariana, la posterior a la Independencia y la del presente, se escribe con sangre, negada a la razón y las ideas.

Durante el mundo medieval paraliza pensar en la muerte y el infierno o en la amenaza de la peste. Pero en la medida en que sobreviene la Ilustración, quedan atrás las supersticiones, los aparecidos, hasta que, alcanzada por aquélla la modernidad, el miedo que sobreviene es a la guillotina, a las revoluciones.

A diez años de la francesa, la primera nuestra antes de que se hagan endemia, la de Gual y España en Caracas provoca miedo en las autoridades. La enfrentan elevando el miedo colectivo con actos de barbarie suma que paralicen al pueblo. No lo logran pero la crónica es dantesca: “Sea sacado de la cárcel arrastrado a la cola de una bestia de albarda, y conducido a la horca, publicándose por voz de pregonero su delito: que muerto naturalmente [el reo José María] en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza, y descuartizado: que la cabeza se lleve en una jaula de hierro al Puerto de la Guayra, y se ponga en el extremo alto de una viga de 30 pies que se fijará en el suelo a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas: que se ponga en otro igual palo uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto, en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado a quienes sacó de la cárcel de la Guayra, y proporcionó la fuga”.

El miedo vuelve por sus fueros, en pleno siglo XXI. Su parto es la caída de las Torres Gemelas, que al multiplicar el terror del terrorismo globalizado – hoy más, bajo el dominio del aparataje digital – sus víctimas optan por comportarse de modo igual a sus victimarios.

La seguridad de las fronteras – Trump dixit –  vuelve a ser como la que narra Dolemeau sobre el ingreso de un extranjero a la Augsburgo de 1580: “Al otro lado del puente levadizo se abre una gran puerta, muy espesa, que es de madera y está reforzada con diversas y grandes hojas de hierro. El extranjero accede a ella por una sala donde se encuentra encerrado, solo y sin luz. Pero otra puerta semejante a la anterior le permite pasar a una segunda sala en la que hay luz y en la que descubre un recipiente de bronce que cuelga de una cadena. Deposita, en él, el dinero de su pasaje. El portero… sino está conforme con la tarifa fijada, le dejará templarse allí hasta el día siguiente…”; mientras, debajo de esas puertas, como suerte de colectivos chavistas, 500 hombres armados y con sus caballos medran preparados para cualquier eventualidad.

En Venezuela priva el miedo, ya profundo, instalado socialmente, hecho subconsciente, que explica nuestra parálisis ante los males tanto como el inexplicable comportamiento de las élites políticas que restan; causado aquél bajo el secuestro del Estado por los cárteles del narcotráfico y la violencia indiscriminada que procuran, amamantada de complicidades miedosas.

He allí que se trata de ese miedo que, en estos tiempos, a manera de transacción, concita en sus afectados la “corrección política”, el “progresismo” como argumento práctico que permite el avenimiento con el mismo mal, para sobrevivir. Así, el cinismo como la hipocresía, son los rostros del miedo.

En la Medellín de Pablo Escobar, dicen los autores de una obra que así se titula – Rostros del miedo – la vida urbana se modifica, justamente, para sobrevivir. Los afectados son “sujetos cada vez más aprehensivos, temerosos de los otros y de la ciudad misma, de los encuentros fortuitos y lo inesperado, de lo desconocido y distante y, cada vez más también, de lo conocido y próximo”. No creen en nadie.

Valga, entonces, para nosotros, en esta hora amarga que nos procura el Cartel de los Soles, la enseñanza neogranadina. Dos millones de colombianos emigraron desesperados entre 1996 y 2000, hasta que se entiende la necesidad de “hacer de los miedos y la incertidumbre un asunto de reflexión colectiva”; para enfrentarlos y hacerlos parte de la construcción de una ciudad incluyente y de un orden democrático”.

 

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

ANTE EL MAL

ALEJANDRO MORENO / SDB.- No estamos hechos para pensar el mal. Ni para pensarlo ni para comprenderlo. El Creador excluyó esa posibilidad de nuestras estructuras cerebrales. No hay en ellas condiciones de posibilidad para que el mal, con toda su esencial realidad, quepa ahí. No podemos pensar que un ser humano quiera que nuestros niños se mueran de hambre cuando hay comida al alcance de la mano, que haya una voluntad decidida y libre tan perversa que aleje de nosotros, más allá del horizonte infinito, la medicina que puede salvar la vida de quienes amamos, que uno de nuestros amigos, de nuestra familia o simplemente uno de nuestros conocidos salga a la calle y alguien por puro capricho, por el solo disfrute de su perversión, por el goce de hacer su real gana, le quite la vida y disfrute orgiásticamente con ello. Eso, pensamos, está fuera de lo que puede pasar por la mente de un hombre. Se nos ocurre que ha de ser algo que no puede pertenecer al mundo de lo humano sino al de lo diabólico. Si eso sucede en una sociedad, en todo un grupo, en una estructura de poder, debemos estar, sentimos, ante lo que absolutamente nada puede tener que ver con lo que es propio de nosotros.

No podemos pensarlo porque no pertenece a nuestro ser, porque no podemos concebir la fruición del mal mientras sigue siendo mal y como mal se nos presenta y lo vemos, y lo percibimos, y lo tocamos y lo sentimos profundamente en nuestras entrañas, en nuestra sangre y en nuestras entretelas. No podemos verlo como posible. No es de nuestro mundo, creemos. Tiene que ser de otro mundo, pensamos. Y no estamos equivocados. El mal, hasta el punto de ser de una naturaleza radicalmente distinta de la nuestra, solo sería posible en quienes pertenecieran a otro mundo, un mundo en el que así podría hacer su aparición.

Podemos ser malos, ciertamente, pero eso es algo muy distinto de estar poseídos radicalmente por el mal. Dios ha puesto en nosotros un ansia de bien que no puede ser extinguida. Por eso, por muy malo que alguien se conciba y aun malo se quiera y se haga, no podrá convertirse en el mal. Siempre habrá para él una esperanza de bien.

Hay en todo hombre un amor tan propio que por muy desconocido que nos sea, clama desde lo más hondo por la salvación.

Lo que pasa es que ese amor en algunos está cubierto con tantas y tan gruesas capas de maldad que no acertamos a descubrirlo.

Por eso seguimos teniendo esperanza. Mientras el mal nos despliega su espectáculo aterrador en nuestro mundo y en nuestra Venezuela de hoy, sabemos que a la postre el triunfo será de su contrario: ese amor.

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