Exodo a Finisterre….

– EL EXTRAÑO CASO DE LA MIGRACIÓN VENEZOLANA  Rebeca M. Westphal Mision Verdad.com

 

 

ALEXANDRA ULMER / Reuters : -Villa del Rosario, (Colombia).- Las cañas a lo largo del río Táchira crujen cada pocos minutos.

Un grupo de venezolanos intenta entrar a Colombia por el río Táchira cerca de San Antonio del Táchira, Venezuela. 24 agosto 2018. Reuters / CARLOS GARCÍA RAWLINS

Los contrabandistas, en un número cada vez mayor, emergen de la maleza con un grupo de migrantes venezolanos: hombres que avanzan portando maletas destrozadas, mujeres que abrazan bultos en frazadas y escolares que llevan mochilas.

El grupo cruza las rocas, se adentra en el río y atraviesa la fangosa corriente hacia Colombia.

Esta es la nueva migración de Venezuela.

Por años, a medida que empeoró la actual crisis económica del país, cientos de miles de venezolanos -aquellos que podían permitirse viajar en avión y autobús- huyeron a otros países lejanos y cercanos, donde muchos rehicieron sus vidas como migrantes legales.

Ahora, la hiperinflación, los cortes diarios de energía y el empeoramiento de la escasez de alimentos, están impulsando a huir a aquellos con menos recursos, quienes desafían la dura geografía, a los criminales y a las cada vez más restrictivas leyes migratorias, para probar suerte en casi cualquier lugar.

En las últimas semanas, Reuters habló con docenas de migrantes venezolanos mientras cruzaban la porosa frontera occidental de su país hacia la esperanza de una vida mejor en Colombia y más allá.

Pocos tenían más que el equivalente a un puñado de dólares en sus bolsillos.

“Es una vaina tremenda, pero la necesidad obliga”, dijo Darío Leal, de 30 años, relatando su viaje desde el remoto estado costero de Sucre, donde trabajaba en una panadería que pagaba el equivalente a unos 2 dólares al mes.

En la frontera, Leal pagó a los contrabandistas casi tres veces más para cruzar y luego se preparó, con alrededor de 3 dólares restantes, para caminar los 500 kilómetros restantes hasta Bogotá, la capital de Colombia.

Los contrabandistas, a su vez, pagaron una comisión a las bandas de delincuentes colombianas que les permiten operar, según la policía, los residentes locales y los propios traficantes.

Según Naciones Unidas, hasta 1,9 millones de venezolanos han emigrado desde 2015. Sumados a los que los precedieron, se cree que un total de 2,6 millones han dejado el rico país petrolero. El 90 por ciento de las salidas recientes permanece en Sudamérica, según la ONU.

El éxodo, una de las migraciones masivas más grandes jamás vividas en el continente, está poniendo mayor presión sobre los países vecinos.

Colombia, Ecuador y Perú, países que una vez recibieron a los migrantes venezolanos, recientemente ajustaron los requisitos de ingreso. La policía de esos países ahora realiza redadas para detener a los indocumentados.

A principios de octubre, Carlos Holmes Trujillo, ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, dijo que en el país podría haber hasta cuatro millones de venezolanos para 2021, lo que costaría a las arcas nacionales hasta 9.000 millones de dólares.

“Estamos frente a la magnitud de un desafío que no había vivido nuestro país”, afirmó.

En Brasil, que también limita con Venezuela, el gobierno ha desplegado tropas y financiamiento para gestionar la ola de migrantes y el tratamiento de los que llegan enfermos, hambrientos y embarazadas.

En Ecuador y Perú, los trabajadores dicen que la mano de obra venezolana reduce los salarios y se quejan de que los delincuentes están camuflados entre los migrantes honestos.

“Hay demasiados de ellos”, dijo Antonio Mamani, un vendedor de ropa en Perú, que recientemente vio a la policía detener un autobús lleno de venezolanos indocumentados cerca de Lima.

Gráfico / 800noticias

“DEBEMOS IRNOS”

Al migrar ilegalmente, los venezolanos se exponen a redes criminales que también controlan la prostitución, el tráfico de drogas y otros delitos.

En agosto, investigadores colombianos descubrieron a 23 venezolanas indocumentadas que habían sido obligadas a prostituirse y vivir en sótanos en la ciudad caribeña de Cartagena.

Si bien la mayoría de los migrantes evita esos problemas, tampoco faltan otras dificultades, desde la carencia de vivienda y el desempleo, hasta la fría recepción que muchos reciben cuando duermen en plazas públicas, venden dulces o abarrotan hospitales ya sobrecargados.

Aún así, la mayoría persiste en la salida, muchos a pie.

Algunos se unen a compatriotas en Brasil y Colombia. Otros, habiendo gastado el poco dinero que tenían, están caminando por vastas regiones, como los fríos pasos andinos de Colombia y las sofocantes tierras tropicales, en un esfuerzo por llegar a capitales distantes, como Quito o Lima.

Johana Narváez, de 36 años y madre de cuatro hijos, dijo a Reuters que decidió irse después de tener que cerrar el negocio familiar de un pequeño taller de reparación de automóviles en el estado rural de Trujillo.

Los ingresos adicionales que hacía vendiendo comida en la calle se acabaron porque el efectivo es cada vez más escaso en un país donde la inflación anual, según la opositora Asamblea Nacional, alcanzó 342.000 por ciento en septiembre.

“No podemos quedarnos aquí”, le dijo a su esposo en agosto, después de que se quedaron sin comida y sobrevivieron gracias a las empanadas de maíz que les regalaron sus amigos. “Aunque sea a pie, debemos irnos”.

Su esposo, Jairo Sulbarán, pidió limosnas y vendió llantas viejas hasta que la familia pudo pagar los boletos de autobús a la frontera.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, critica cada vez más a los que deciden irse y advierte que los migrantes terminarán “limpiando pocetas”. Su gobierno incluso ofreció vuelos gratuitos a algunos en un programa llamado “Retorno a la Patria”, que la televisión estatal cubre todos los días.

La mayor parte de la migración, sin embargo, va en la otra dirección.

Hasta hace poco, los venezolanos podían ingresar a muchos países sudamericanos solo con sus documentos de identidad nacionales. Pero algunos han endurecido las reglas y exigen a los venezolanos pasaporte o documentación adicional.

Incluso conseguir un pasaporte es un desafío en Venezuela.

Muchos migrantes argumentan que la escasez de papel y una burocracia cada vez más disfuncional hacen que el documento sea casi imposible de obtener.

Varios migrantes dijeron a Reuters que esperaron dos años en vano después de solicitar uno, mientras que una media docena de otros dijo que les pidieron hasta 2.000 dólares en sobornos por parte de empleados corruptos para obtener uno.

El gobierno de Maduro dijo en julio que reestructuraría la oficina nacional de identificación y extranjería, encargada de los pasaportes, para erradicar la “burocracia y la corrupción”.

El Ministerio de Información no respondió a una solicitud de comentarios.

“VENEZUELA TERMINARÁ VACÍA”

Muchos de los que cruzan a Colombia pagan a los “arrastradores” para contrabandearlos a través de la frontera a lo largo de cientos de senderos.

Cinco de los “coyotes”, todos hombres jóvenes, dijeron a Reuters que el negocio está en auge.

“Venezuela terminará vacía”, dijo Maikel, un contrabandista venezolano de 17 años con rasguños en la cara por el cruce a través de los senderos llenos de maleza.

Maikel, quien se negó a dar su apellido, dijo que perdió la cuenta de cuántos migrantes ha contrabandeado.

Las autoridades colombianas, también, luchan para tapar esas entradas ilegales.

Antes de que el gobierno ajustara las restricciones a principios de este año, Colombia emitió “tarjetas fronterizas” que permitían a los titulares cruzar cada vez que quisieran. Ahora, Colombia dice que detecta diariamente cerca de 3.000 tarjetas falsas en los puntos de entrada.

A pesar de la intensificación del patrullaje a lo largo de la porosa frontera de 2.200 kilómetros, las autoridades dicen que es imposible asegurarla por completo.

“Es como tratar de vaciar el océano con un balde”, dijo Mauricio Franco, un funcionario municipal a cargo de la seguridad en Cúcuta, una ciudad cercana a Villa del Rosario, junto a la frontera.

Y no sólo es cuestión de encontrar viajeros indocumentados.

Los poderosos grupos delictivos, que han controlado durante mucho tiempo el contrabando a través de la frontera, ahora están recibiendo su parte por el tráfico de personas.

Javier Barrera, un coronel a cargo de la policía en Cúcuta, dijo que el Clan del Golfo y Los Rastrojos, notorios grupos que operan en todo el país, están involucrados en ese tráfico.

Durante una reciente visita de Reuters a varios puntos ilegales de cruce, los venezolanos llevaban cartón, limas y baterías de automóviles como trueque, en lugar de usar el bolívar, una moneda casi sin valor ya.

Los migrantes pagan hasta 16 dólares para cruzar. Maikel aseguró que después él le paga a los pandilleros alrededor de 3 dólares por persona.

Para su travesía, Leal, el panadero de Sucre, llevaba una mochila negra desgarrada y una pequeña bolsa de lona. La foto de 2015 de su identificación venezolana, su única documentación, muestra a un hombre más sano y feliz, antes de que comenzó a saltarse el desayuno y la cena porque no podía pagarlos.

Se sentó a descansar debajo de un árbol, pero su preocupación por la policía colombiana le hizo imposible relajarse.

“Tengo miedo porque aparece la ‘migra’”, dijo, usando el mismo término que usan los migrantes mexicanos y centroamericanos para describir a la policía fronteriza de Estados Unidos.

La situación no mejora según avanzan los migrantes.

Incluso si sus parientes transfieren dinero, las agencias de cambio exigen un pasaporte legalmente sellado para recoger el dinero. Las compañías de autobuses también rechazan a los pasajeros indocumentados para evitar multas por transportarlos.

Algunos se arriesgan, pero cobran una prima de hasta el 20 por ciento, según varios empleados de autobuses cerca de la frontera.

La familia Sulbarán caminó e hizo autostop a lo largo de unos 1.200 kilómetros hasta el pueblo andino de Santiago, donde tienen familiares. Jairo, el padre, recorrió los garajes en busca de trabajo, pero no encontró ninguno.

“La gente dijo que no, otros estaban asustados”, dijo Johana, su esposa. “Algunos venezolanos vienen a Colombia para hacer cosas malas y creen que todos somos así”.

 

Dario Toussaind, emigrante en el páramo / Reuters

 

El extraño caso de la migración venezolana

REBECA M. WESTPHAL / Mision Verdad.com (…) El ordenamiento del mundo en grandes urbes donde se concentra el capital y zonas periféricas de extracción de recursos y manufactura dinamizó los movimientos migratorios, llegando a su punto álgido a finales del siglo XX, con el establecimiento del modelo neoliberal.

Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2015 había 258 millones demigrantes internacionales en todo el mundo, una cifra que triplica los 75 millones que existían en 1965.

Hay, entonces, un común denominador al caracterizar el perfil del migrante en las rutas más concurridas a nivel mundial, y es la situación de pobreza que los lleva a trasladarse a centros metropolitanos para ofrecerse como mano de obra barata y flexible. De las regiones africanas, asiáticas y latinoamericanas se nutren las cadenas globales del comercio internacional.

Vínculos del desplazamiento con el narcoestado colombiano

A pesar de ostentar el primer lugar en cantidad de emigrantes en Sudamérica, el éxodo colombiano está convenientemente silenciado por las autoridades nacionales. Son 4.7 millones de colombianos que, según cifras del Ministerio de Relaciones Exteriores, viven fuera de su país de nacimiento. Esta cifra representaba, para 2013, el 10% de la población total.

Pero el saldo duro de movimientos humanos forzados ocurre fronteras adentro: 7.7 millones de desplazados internos fue la cantidad reflejada en 2017 por la Agencia de la ONU para los Refugiados.

El origen subterráneo de la salida masiva fuera del país y los flujos migratorios internos, con sus puntos altos entre 1998 y la actualidad, tiene que ver con la adaptación del territorio a las exigencias del narcotráfico como nuevo armazón de la economía paralela en Colombia.

La tarea de producir la cocaína que va a saciar el apetito de una población estadounidense con 28 millones de adictos genera los conflictos violentos entre agentes locales que luchan por el control territorial, resultando afectados los habitantes campesinos que muchas veces son usados como escudo humano tanto de paramilitares como de las fuerzas armadas de Colombia.

Conocidos los departamentos donde es mayor la emigración (Bogotá con 18.27%, Antioquia con 13.79%, Valle del Cauca con 10.16%, Cundinamarca con 5.56%, Santander con 4.72% y Atlántico con 4.47%), se hace la relación de los principales carteles de la droga instalados allí.

Con estatus de refugiados, existen 400 mil habitantes colombianos esparcidos por el planeta. Al negocio de la droga hay que sumar los terrenos entregados a multinacionales como la Cargill y la Monsanto, que necesariamente requieren del despojo de los pobladores en beneficio de las transnacionales.

Un Estado que no está ausente por coincidencia sino por complacencia del capital financiero internacional es el que habilita los corredores de gente que acepta ingresar de forma irregular a cualquier mercado de explotación laboral, con tal de abandonar las áreas donde la vida política es delegada a estructuras paramilitares.

El extraño caso de Venezuela

Del esbozo hecho al perfil de los que componen las principales corrientes migratorias en las regiones de África y América Latina se saca una conclusión: la economía de libre comercio promueve la pauperización de los Estados periféricos, los conflictos interregionales que fraccionan el territorio y la acentuación de una estructura paralela, de contrabando, para adquirir sin mucho costo de inversión la materia prima con la que harán los productos que luego inundarán los mercados de esas localidades.

El común de los habitantes, sin posibilidad de contrarrestar esta transformación de la vida social, dispone su humanidad a transitar los caminos que la globalización le ofrece para sobrevivir a la lógica de la mercancía y el consumo. Venezuela, hoy, es un caso de estudio debido a la excepcionalidad que tiene en este patrón neoliberal.

Habría que iniciar diciendo que no existe en los antecedentes históricos del país un precedente destacado de movimientos migratorios fronteras afuera. Al contrario, en todo el siglo XX la tendencia fue de ser receptor de una variedad heterogénea de migrantes.

Por un lado, de las oleadas de migración europea que, atraídos por el auge petrolero y aupados por políticas migratorias flexibles (en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez se estableció la política estatal de “puertas abiertas” y la promulgación de la Ley de Naturalización).

Por otro lado, recibió a poblaciones del resto de la región con realidades específicas enmarcadas en la violencia política: a las corrientes migratorias colombianas, la población que huía de conflictos armados en Centroamérica, los refugiados de dictaduras en Chile, Argentina, Uruguay y Ecuador, así como de países caribeños en la misma condición (República Dominicana y Haití).

Además, otro grueso de los inmigrantes que reconfiguraron la demografía venezolana llegaron a recoger las sobras que el extractivismo petrolero regaba. La industrialización del país tenía suficiente plaza para aceptar la mano de obra barata que llegara.

En el breve lapso de quiebre de la abundancia en Venezuela, la adopción del paquete neoliberal y la respuesta del Caracazo, este flujo de entrada extranjera se revirtió para, a continuación, dar otro impulso con la instalación del gobierno del presidente Hugo Chávez.

Con un pacto social dirigido a la redistribución justa de la renta petrolera, el Estado venezolano dio espacio a que los venezolanos conocieran de beneficios que son, en términos globales, exclusivos de la ciudadanía consumista del Primer Mundo.

La mención de algunos de estos privilegios (reducción de la desnutrición, protección al trabajador asalariado, acceso gratuito a la educación en todos los niveles, salud pública, derecho a la vivienda, créditos para inversiones, equipos tecnológicos a bajo precio) puede bosquejar el alto perfil de consumo que se fue constituyendo en la población. Pero ninguno ilustra tan bien la inserción del pensamiento clase media como la cultura cadivera.

Ese hecho residual del comportamiento rentista que, en los momentos más altos de los precios petroleros, arropó a todos los estratos de la sociedad, fue el agente tóxico que agravó un sistema de pensamiento colectivo chavista (bastante prematuro) de arraigamiento con el territorio.

La migración venezolana post-sanciones financieras, de alta volatilidad en la población joven, debe tener en cuenta ese aspecto. El migrante que sale de las fronteras venezolanas tiene casi dos décadas sin participar en la lógica depredadora del capitalismo. Protegido por el Estado, sus características distan mucho de los desplazados de otras regiones.

Según el Informe de Movilidad Humana Venezolana 2018, realizado por el Servicio Jesuita para los Refugiados de Venezuela (SRJ), el 59.2% de las personas que emigran de Venezuela poseen estudios universitarios, 64.7% emplean ahorros para irse del país y 45.3% vendió propiedades (casa, carro, muebles de casa, ropa).

Este dato en sí establece una diferencia con las migraciones en Latinoamérica y África, relatadas en este trabajo, y que a su vez, coloca a la migración venezolana en un caso extraño y motorizado por rasgos de vacío cultural y nacional precipitado por el consumo y el desarraigo.

Contar con un nivel profesionalizado es un elemento que coloca al migrante venezolano en la clasificación de mano de obra altamente calificada y, sin embargo, cuando parte a otros países de Latinoamérica, recibe el mismo trato que cualquier otro migrante: el abuso laboral y los ataques xenofóbicos por amenazar las condiciones laborales de los ciudadanos anfitriones.

El otro dato que lo diferencia de la tendencia en flujos migratorios globales es que las principales corrientes provienen, a excepción del estado fronterizo de Táchira, del cono urbano del país (Distrito Capital 17%, Carabobo 11.6%, Aragua 7.4%, Lara 6.7%), mientras que en los estados del interior las tasas se mantienen en un promedio de 3% del total de la población.

El arrebato emocional que conduce a la migración, producto de la alteración de los niveles de consumo y el saboteo de dos sectores vitales para el funcionamiento normal de un país, como la salud y la alimentación, efectos del cerco financiero internacional y amplificados por las plataformas mediáticas que, además, ocultan a los autores del daño económico nacional, tiene en las mentes concentradas en ciudades mayor asidero que en las que habitan las periferias del territorio venezolano.

Una radiografía comparada con las migraciones en Latinoamérica y África, relatadas en este trabajo, colocan a la migración venezolana como un caso extraño. No se produce a partir de persecuciones paramilitares, guerras civiles, exacerbación de la violencia política o crisis humanitaria de alto impacto.

Es, más bien, motorizada por rasgos de vaciamiento cultural y nacional, precipitados a su vez por el consumo y el desarraigo de la globalización, que en sectores específicos como la clase media describe a profundidad cómo el rentismo petrolero sigue siendo una traba para la construcción de una identidad sólida y propia, que resista los avatares de una crisis económica y genere la inspiración en el alma para reconstruir el lugar donde nacieron.

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