El Papa:¡…si los poderosos sirvieran!


Misa papal 29.3.18

LOS JEFES DE LAS NACIONES, DICE JESÚS, COMANDAN, se hacen servir por los esclavos… pero entre ustedes no debe suceder lo mismo. Quien comanda debe servir. El jefe debe ser servidor.

IACOPO SCARAMUZZI / VI Roma .- Si durante la historia «muchos reyes, emperadores, jefes de Estado hubieran comprendido» la enseñanza de Jesús que, lavándole los pies a sus discípulos, mostró que «quien comanda debe servir», «en lugar de comandar, ser crueles, matar gente», «¡cuántas guerras no se habrían hecho!».

Es lo que dijo el Papa Francisco en la breve homilía que pronunció durante la misa “in Coena Domini” del Jueves Santo, que este año quiso celebrar en la cárcel romana “Regina Coeli”. El Papa le recordó a los detenidos que Jesús «no sabe lavarse las manos» y que «se arriesga» para alcanzar a los pecadores y perdonarlos.

Después de llegar (hacia las 16) al antiguo reclusorio romano de Vía de la Lungara, en el barrio Trastévere, el Papa se entretuvo con los detenidos enfermos en la enfermería durante más de media hora. Luego se dirigió a la rotonda de la cárcel para presidir la misa y el inicio del Triduo pascual.

«Jesús dice: “Yo les he dado un ejemplo a ustedes para que hagan lo que yo he hecho”: lavar los pies», recordó el Papa. «Los pies, en esa época, eran lavados por los esclavos, era un trabajo de esclavo. No había cemento, no había adoquines, sino el polvo del camino, y la gente se ensuciaba los pie, y, a la entrada de la casa, estaban los esclavos que lavaban los pies. Era un trabajo de esclavos. Era un servicio. Y Jesús quiso hacer este servicio para darnos un ejemplo sobre cómo debíamos servirnos los unos a los otros. Una vez, cuando estaban en camino, dos de los discípulos que querían hacer carrera le pidieron a Jesús ocupar sitios importantes, uno a la derecha y el otro a la izquierda, y Jesús los miró con amor (siempre miraba con amor) y dijo: “Ustedes no saben lo que piden”.

Los jefes de las Naciones, dice Jesús, comandan, se hacen servir por los esclavos… pero entre ustedes no debe suceder lo mismo. Quien comanda debe servir. El jefe debe ser servidor. Jesús invierte la costumbre histórica y cultural de esa época y también de hoy. El que comanda, para ser un buen jefe, esté donde esté, debe servir. Yo pienso muchas veces (no en este tiempo, porque cada uno todavía está vivo y puede cambiar de vida), pienso en la historia: si muchos reyes, emperadores, jefes de Estado hubieran comprendido esta enseñanza de Jesús y, en lugar de comandar, de ser crueles, matar gente, hubieran hecho esto, ¡cuántas guerras no se habrían hecho! El servicio. De verdad hay gente que no facilita esta actitud: gente soberbia, gente odiosa, gente que tal vez desea el mal para nosotros… pero a estos hay que servirlos más.

Y también gente que sufre, que es descartada por la sociedad, por lo menos por un tiempo, y Jesús va allí y les dice: “Tú eres importante para mí”. Jesús viene a servirnos y la señal que nos sirve hoy, aquí en Regina Coeli, es que quiso elegir a doce de ustedes, como doce apóstoles, para lavar los pies. Jesús se arriesga por cada uno de nosotros. Sepan esto: Jesús se llama Jesús, no se llama Poncio Pilatos, no sabe lavarse las manos. Solo sabe arriesgarse. Miren esta imagen tan bella», pidió refiriéndose al altar en el que celebraba, obra de bronce del escultor Fiorenzo Bacci que se quedará en la cárcel como regalo: «Jesús arrodillado entre las espinas corriendo el riesgo de herirse para tomar a la oveja perdida. Piensen en Jesús, se arriesgó para venir a mí, un pecador, y decirme que me ama. Este es el servicio. Esto es Jesús. No nos abandona nunca, nunca se cansa de perdonarnos. Nos ama tanto: ¡vean cómo se arriesga! Y así, con estos sentimientos —concluyó el Papa—, sigamos adelante con esta ceremonia que es simbólica: antes de darnos su cuerpo y su sangre, Jesús se arriesga por cada uno de nosotros y se arriesga en el servicio porque nos ama tanto».

Lavatorio: cuatro europeos, dos filipinos, dos marroquíes, un moldavo, un colombiano, un nigeriano y otro de Sierra Leona. Principalmente son católicos (ocho), hay un ortodoxo, un budista y dos musulmanes

Durante el rito, el Papa le lavó los pies a los doce detenidos elegidos. Para elegirlos «seguimos dos criterios, uno territorial y uno religioso, explicó el padre Vittorio Trani, franciscano conventual que en septiembre de este año cumplirá 40 años como capellán de la cárcel. «Aquí hay detenidos de entre 18 y 35 años de edad, de 60 diferentes nacionalidades y de los cinco continentes. Y de diferentes religiones. Por ello —expuso— habrá cuatro europeos, dos filipinos, dos marroquíes, un moldavo, un colombiano, un nigeriano y otro de Sierra Leona. Principalmente son católicos (ocho), luego hay un ortodoxo, un budista y dos musulmanes».

Para todos ellos, según el religioso, «es una grandísima emoción. Encontrar al Papa es la posibilidad de estar en contacto con una figura extraordinaria: el responsable de la religión católica, pero también un hombre extraordinario que no se olvida de nadie».

En el momento de la bendición, el Papa se dirigió a los detenidos invitándolos a pensar, en el propio corazón, en «las personas sobre las que nosotros queremos que caiga esta bendición».

«Santo Padre, ¡qué bello regalo nos ha dado!», comentó al final de la misa la directora de la cárcel, Silvana Sergi. «Bienvenido nuevamente a Regina Coeli, con su visita hoy, es inútil decírselo, ha iluminado verdaderamente este penitenciario tan antiguo, ha iluminado el tiempo y el espacio de la pena. A menudo los detenidos lo ven oscuro, lleno de sufrimiento, rabia, rencor, y con su presencia usted ha endulzado todo esto y estoy segura de que nuestras almas, están todas en su oración. En estos muros, cuando comienza la pena, acaba la culpa, y poco a poco se va acercando, tal vez, la gracia. Creo que la gracia es lograr esperar, esperar un proyecto de vida mejor. Su visita nos ayuda a nosotros los agentes, que con nuestro trabajo debemos infundir esperanza, indicar un recorrido de vida diferente del que ha conducido a este lugar: si no fuéramos capaces de dar esperanza, nuestro trabajo sería insostenible. Nos encomendamos en usted, en sus oraciones, para que nuestra comunidad continúe con espíritu cristiano por la vía de la esperanza y nos conceda alegrarnos con nuestro servicio».

Después de la directora, tomó la palabra uno de los detenidos, Alessandro, que en nombre de todos dirigió unas breves palabras de saludo al papa: «Este encuentro es para nosotros un encuentro de familia, y por esto te tuteamos, como hacen los hijos con sus padres. Sentimos que nos llevas en el corazón, no para decirnos que seamos buenos, sino para recordarnos que la vida es un don precioso y que Dios nos ha perdonado y nos invita a gastarla bien. Hoy queremos hacer que resuenen dos gracias. El primer gracias es por esta visita. La esperábamos desde hace mucho tiempo. Un gracias que te dirigimos en varias lenguas, porque la mayor parte de los detenidos son extranjeros. El segundo gracias es en nombre de todos los detenidos del mundo, por su atención por los que viven la experiencia de la cárcel. No podemos olvidar el Jubileo de la misericordia, las visitas que has hecho a los detenidos, las constantes referencias a los detenidos. En nombre de todos, gracias, gracias, gracias. Queremos hacer nuestra la exhortación que dirigiste ayer a los fieles en la Plaza San Pedro a lavar los ojos del alma. Dios sabe cuánto se necesita una mirada nueva en ambientes como este».

Después el Papa tomó el micrófono para decir: «Una mirada nueva, renovar la mirada», sobre todo. «Nos hará bien, porque a mi edad, por ejemplo, vienen las cataratas y no se ve bien la realidad. El año que viene —dijo Jorge Mario Bergoglio— me tengo que operar. Pero así pasa con el alma: el trabajo de la vida, el cansancio, los errores, las desilusiones obscurecen la mirada del alma».

«Todos ustedes —prosiguió el Papa— conocen la botella de vino a medias: si yo miro la mitad vacía, la vida parece fea, si miro la mitad llena, veo lo que todavía queda de beber. La mirada que abre a la esperanza». No se puede concebir un reclusorio, afirmó Francisco dirigiéndose a la directora de la estructura, «sin esperanza». «No hay ninguna pena justa sin que esté abierta la esperanza: una pena que no está abierta a la esperanza no es cristiana y no es humana. Hay dificultades en la vida, las cosas feas, la tristeza, uno piensa en los suyos, en la mamá, en el papá, en la esposa, en el esposo, en los hijos. Es fea esa tristeza… pero no hay que dejarse hundir. Yo estoy aquí para reinsertarme, renovado o renovada: esta es la esperanza. Sembrar siempre la esperanza, su trabajo es este: esperanza de reinserción. Siempre, cada pena debe estar abierta a la esperanza. Por ello no es humana ni cristiana la pena de muerte, cada pena debe estar abierta a la reinserción, también para dar la experiencia vivida por el bien de las demás personas». Francisco concluyó agradeciendo a los que han trabajado preparando la visita («Sé que han trabajado tanto, hasta pintaron las paredes; les agradezco, para mí es una señal de benevolencia y de acogida»). Y después insistió: «Estoy cerca de ustedes, rezo por ustedes; recen por mí y no se olviden del agua que da la mirada nueva, la esperanza».

Antes de volver al Vaticano, Francisco se reunió con algunos de los “huéspedes” de la VIII sección de la cárcel. Se trata del cuarto Pontífice que visita esta cárcel romana, después de Juan XXIII en 1958, Pablo VI en 1964 y Juan Pablo II en 2000. El Papa Francisco ha celebrado en las siguientes localidades italianas la misa “in Coena Domini”: en 2017 en la cárcel de Paliano; en 2016 en el C.A.R.A. de Castel Novo de Porto; en la cárcel de Rebibbia, un año antes; en la Fundación Don Gnocchi en 2014; y en la cárcel para menores Casal del Marmo el año de su elección.

La visita del Papa, debido a la privacidad, no fue transmitida por ningún medio de comunicación. «Es, precisamente, una visita privada», explicó el padre Trani. «Nada de monseñores, ministros, nadie», solamente el Papa, los detenidos y los que trabajan con ellos.

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