El Papa las llama “insustituibles”

RECORDÓ A LA MONJA SOR CORNELIA CARAGLIO que le salvó la vida

“NINGUNA ADMINISTRACIÓN SABIA puede concebirlos como una fuente de ahorro”.

 

SALVATORE CERNUZIO / V.I.– Basta recortes del personal en el servicio sanitario. Sobre todo entre los enfermeros, que son «insustituibles».

Lo sabe muy bien Francisco, puesto que fue precisamente una enfermera, sor Cornelia Caraglio, la que le salvó la vida cuando, veinteañero, estaba «cerca de la muerte».

El Papa mismo lo dijo a los más de 6500 enfermeros de la recién nacida asociación FNOPI (Federación Nacional Órdenes de Profesiones de Enfermería), que fueron recibidos en una audiencia en el Aula Pablo VI hoy, sábado 3 de marzo de 2018.

Francisco recordó la delicada operación a la que fue sometido cuando tenía 21 años, tras una grave forma de pulmonía, que provocó la extirpación de la parte superior del pulmón derecho.

«Con su permiso, me gustaría recordar a una enfermera que me salvó la vida», dijo el Pontífice. «Es una enfermera, una monja italiana, dominica, que fue enviada a Grecia como profesora, muy culta, pero también enfermera.

Después fue a Argentina, y, cuando yo, a los veinte años, estaba cerca de la muerta, fue ella la que le dijo a los doctores, la que discutió con ellos, “esto sí, esto otro más…” y, gracias a estas cosas yo sobreviví». «Le agradezco y me gustaría nombrarla aquí frente a ustedes: sor Cornelia Caraglio. Una buena mujer. También valiente, hasta el punto de discutir con los médicos; humilde, pero segura de lo que hacía», añadió Bergoglio. «Le agradezco tanto».

El mismo agradecimiento que se merecen todos los enfermeros, porque «muchas vidas se salvan por ustedes, porque ustedes están todo el día ahí y ven qué pasa con el enfermo. ¡Gracias por todo esto!», afirmó el Papa. Y con mayor razón expresó su tristeza por la falta del personal de enfermería «que hace grave y a veces insostenible el desempeño de su profesión»; esto, subrayó con vigor Francisco, «no puede ayudar a mejorar los servicios ofrecidos, y ninguna administración sabia puede concebirlo como una fuente de ahorro».

No hay que olvidar, continuó, que es «verdaderamente insustituible el papel de los enfermeros en la asistencia a los enfermos». Los enfermeros, como ningún otro, tienen «una relación directa y continua con los pacientes» se ocupan cotidianamente de ellos, escuchan «sus necesidades» y entran «en contacto con su mismo cuerpo, del que se ocupa», recordó el Papa. El enfermero, añadió, se hace cargo «integralmente de las necesidades de las personas, con esa típica premura» que los pacientes le reconocen y que «representa una parte fundamental en el proceso» de curación.

Es cierto que debido al carácter «tanto curativo como preventivo, de rehabilitación y paliativo» de la acción de los enfermeros, el primer requisito que se exige es «una elevada profesionalidad», pero esta profesionalidad, subrayó, «no se manifiesta solamente en ámbito técnico, sino también, y acaso con mayor intensidad, en la esfera de las relaciones humanas».

Al ocuparse de mujeres, hombres, niños y ancianos, «en casa fase de sus vidas, desde el nacimiento hasta la muerte», los enfermeros están comprometidos «en constante escucha» para comprender «cuáles son las exigencias de ese enfermo, en la fase que está atravesando», explicó el obispo de Roma. «Ante la singularidad de cada situación, de hecho, nunca es suficiente seguir un protocolo, sino que se exige un constante (¡y cansado!) esfuerzo de discernimiento y de atención a la persona individual».

Todo esto hace que la profesión de los enfermeros sea «una verdadera y propia misión», y los convierte, por ello, en «expertos en humanidad, llamados a desempeñar una tarea insustituible de humanización en una sociedad distraída, que demasiado a menudo deja al margen a las personas más débiles, interesándose solamente por los que “valen”, o responde a criterios de eficiencia y de ganancia».

«Sean promotores de la vida y de la dignidad de las personas» prosiguió el Papa. «Sean capaces de reconocer los justos límites de la técnica, que nunca se puede convertir en un absoluto» para poner en «segundo nivel la dignidad humana». Bergoglio también aconsejó tener cuidado con el deseo, «a veces no expresado, de espiritualidad y de asistencia religiosa, que representa para muchos pacientes un elemento esencial de sentido y de serenidad de la vida, mucho más urgente en la fragilidad debido a la enfermedad».

En este sentido, el Pontífice pidió no olvidar la «medicina de las caricias», tan importante como un fármaco. «Una caricia, una sonrisa, está llena de significado para el enfermo. Es simple el gesto, pero lo levanta, se siente acompañado, siente que su curación está cerca, se siente persona, no un número. No lo olviden».

Esta especial «medicina de las caricias» va de la mano de la «ternura», que es la «clave para comprender al enfermo». Cuando se toca el cuerpo de los enfermos, dijo Francisco, hay que «recuerden cómo Jesús tocó al leproso: no distraídamente, indiferente o fastidiada, sino atenta y amorosamente, que lo hizo sentir respetado y acudido». «Con la dureza», efectivamente, «no se comprende al enfermo. La ternura es la clave para comprenderlo, y es también una medicina preciosa para que se cure».

Y contó otra anécdota personal: «hace años, un religioso me confió que la frase más conmovedora que le habían dicho en la vida era la de un enfermo, al que había asistido en la fase terminal de su enfermedad. “Le agradezco, padre”, le dijo, “porque usted siempre me ha hablado de Dios, a pesar de no haberlo nombrado nunca”.

Esto es lo que hace la ternura. He aquí la grandeza del amor que dirigimos a los demás, que lleva oculto en sí, aunque no nos demos

Entonces, insistió el Pontífice, «no se cansen nunca de estar cerca de las personas con este estilo humano y fraterno, siempre encontrando motivación y aliento para desempeñar su tarea. Sin embargo, también estén atentos a no gastarse hasta casi consumirse, como sucede si se está involucrado en la relación» con los pacientes de tal manera que se acaba con un «excesiva involucración», unida a la «dureza de las tareas y de los turnos», pues todo ello podría llevar a «perder la frescura y la serenidad», que son «tan necesarias. ¡Tengan cuidado!».

Y al final, el Papa concluyó con una palabra para los pacientes, a quienes invitó a nunca «dar por descontado lo que reciben» de los enfermeros. «También ustedes, enfermos, deben tener cuidado con la humanidad de los enfermeros que los asisten. Pidan siempre sin pretender; no solo se esperen una sonrisa, sino ofrézcanla a quien se dedica a ustedes».

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