El misterio del Papa Luna

La escultura del Papa Luna, Benedicto XIII se encuentra al lado de su palacio

Pedro de Luna, el último pontífice de Aviñón, fue un hombre contradictorio que mantuvo en jaque al Vaticano durante cuarenta años, convirtiéndose en una personalidad vigente para la sociedad actual

JESÚS MAESO DE LA TORRE / ABC – Cultura .- El 29 de noviembre de 1422, los tedeums y las campanas resonaron en Roma donde el PapaMartín V anunció al mundo: «Cristianos, el gran obstáculo para la unión de la Iglesia, el que se hacía llamar Benedicto XIII, ha expirado en Peñíscola. Demos gracias al Altísimo, pues la discordia de las almas ha concluido, el escándalo universal, el nigromante, y el instrumento del maligno, ha muerto».

Y hoy nos preguntamos por qué aquel irreductible aragonés había desafiado a reyes, universidades, concilios y Papas romanos, provocando la más dramática crisis religiosa padecida por la Iglesia.

¿Qué misteriosa verdad ocultó el testarudo Pedro de Luna, y último papa de Aviñón, para inquietar tanto a Roma, al imperio y a las testas coronadas de Europa? ¿Por qué el Vaticano no aceptó nunca que había sido ungido legítimamente? ¿Por qué convirtió en ilegal su elección y acusó a sus seguidores de hijos del diablo, siendo el único cardenal anterior al Cisma y por lo tanto único que podía elegir Papa, o ser elegido?

Referencia

Luna puede muy bien servirnos hoy de referencia en una época de desconciertos, donde muchos sienten sonrojo por evocar pasajes capitales de nuestra historia, con los que podríamos sentirnos menos insignificantes y más unidos y amar a las Españas, como él las amó, aspirando a su unión.

Pedro de Luna fue un hombre contradictorio que hizo una virtud de su firmeza, y que mantuvo en jaque a la colosal maquinaria del Vaticano durante cuarenta años, convirtiéndose en una personalidad vigente para la sociedad actual, donde muchos claudican ante la descalificación de nuestro pasado, tamizado con el tibio tufo de unos nacionalismos trasnochados.

Retrato del Papa Luna en un retablo gótico de Cinctorres.

El Papa Luna poseía una fe inconmovible en la autoridad papal y fue ajeno a la crisis moral de la Iglesia. Su lema desgarrador, el «Nos, non Possumus abdicare», se convirtió en un grito al derecho, a la honestidad y al orgullo personal.

El cardenal de Aragón era austero, casto, de estatura pequeña, poseía un gesto altanero de halcón vigilante, y por su sangre corría la de los reyes de Aragón y del rey moro de Mallorca, Gotor, pues una hija de este se casó con un antepasado de los Luna.

No obstante, lo que definió a Luna fue su carácter insobornable, su limpieza moral intachable y su rectitud, siendo un ejemplo a imitar por los que hoy presiden gobiernos, partidos políticos y cancillerías. Por eso nos preguntamos hoy, cómo este hombre de cualidades tan valiosas pudo ser tachado de embaucador de la Cristiandad.

Y lo fue porque molestaba su entereza, y porque representaba los intereses de Aragón, una potencia europea que, dominando el Mediterráneo, desde Valencia a Atenas, proyectaba la conquista del Reino de Nápoles. Un reino del sur, y más si este era español, no podía acumular tanto poder frente al norte.

Humanista

Luna se adelantó a su tiempo y fue un distinguido humanista, mecenas del arquitecto Ramí, propulsor de encuentros entre judíos y cristianos y profesor de derecho canónico de la universidad de Montpellier, y sin embargo por la desnudez de su alma frente al engaño, recibió el más injusto de los tratos de los maestros de Oxford, la Sorbona y Bolonia, y de los teólogos D’Aylly y Gerson, así como del emperador Segismundo, del rey de Francia y del Concilio, y luego de sus más fieles, San Vicente Ferrer y el Rey de Aragón Fernando I.

Luna se convirtió en una justificación para el fracaso de la Iglesia, y en una hermosísima disculpa para la cobardía de los reyes cristianos de la época.

¿Qué atractivo pudo poseer este indomable aragonés para que, aún en el siglo XXI exista en Armañac una hermandad secreta, «los trainiers», que siguen creyendo en Benedicto XIII y eligiendo papas «benedictos» hasta el fin de los tiempos?

¿Por qué Martín V, manejando desde Roma oscuros hilos, quiso envenenarlo para arrebatarle el códice imperial de Constantino que otorgaba legitimidad al Vaticano para ocupar territorios de media Italia?

Desde el año 1378, los Papas habían residido en la dulce Aviñón, lejos de las inseguridades de Roma, donde las bandas de los Orsini y los Colomna se disputaban la ciudad, convirtiéndola en el lugar más inseguro de occidente. Y de repente hay dos Papas designados en la Iglesia, uno en Roma y otro en Aviñón, donde residían los verdaderos cardenales electores.

Transcurrió el tiempo y murieron varios Papas tanto en Aviñón y como en Roma, y así, una mañana del día de san Miguel de 1349, el cónclave aviñonés, fijó sus preferencias como nuevo pontífice en Pedro de Luna, que se convirtió en Benedicto XIII.

Pero para su tormento, pronto el rey de Francia intentó dominarlo, y como el insobornable aragonés se opuso a ser utilizado, envió a Aviñón un formidable ejército de mercenarios con la orden de enviarlo cargado de cadenas a París; y enclaustrado tras los muros del palacio papal, sufrió el más feroz de los asedios. Se disfrazó de cartujo y con una hostia consagrada apretada al corazón, se evadió de Aviñón por un portillo.

Una vida errática

Y así comenzó su vida errática, como nauta del mar y pastor de remeros. Luna propuso a la Cristiandad una salida honorable al problema de los dos Papas, brindando a la Universidad de París la idea de que ambos se encontraran en una ciudad neutral. Y en un acto público, dirimieran la cuestión con argumentos. El romano no acudió, y Luna, como un Ulises homérico, se vio obligado a vagar por el mar; y con su frustración a cuestas, se refugió en Barcelona.

En este punto intervino activamente en el Compromiso de Caspe, y con la visión histórica de unir en uno solo los reinos de Castilla y Aragón con misma estirpe, propició la elección como rey aragonés de Fernando de Trastamara.

En el Concilio de Pisa, Luna fue declarado gran cismático, y de mantener tratos con dos demonios, que escondía bajo el asiento y que les servían día y noche.

Luna había cumplido los 80 años y el cisma 38, así que zarpó con sus naves hacia Peñíscola, recluyéndose hasta su muerte en la roca templaria, su «arca de Noé», como él la llamó y donde gobernó como pastor sin fieles y almirante sin barcos, la que él creía la verdadera Iglesia de Dios.

Abandonado de todos, el Concilio de Constanza declaró a Benedicto contumaz hereje. El concilio consiguió la renuncia de Juan XXIII y del Papa romano, pues llegó a haber hasta tres, pero no la de Luna, que proclamaba que era el legítimo Papa de la Iglesia, y que jamás abdicaría, de ahí el dicho de «mantenerse en sus trece».

Nombraron un nuevo Pontífice, en la persona de Otón Colonna, que tomó el nombre de Martín V, quien, desde la Ciudad Santa, maquinó cuanto pudo contra el longevo aragonés. Rociaron el único alimento con el que solía alimentarse, unos dulces que para él elaboraban las monjas de Santa Clara, las hosties durades, con un veneno mortal, y se lo sirvieron en el almuerzo, pero el destino hizo que expulsara la ponzoña.

Murió Pedro de Luna sosteniendo hasta el último aliento la legitimidad de su causa. Pero él era un hombre de su siglo, y como tal actuó, y como sostiene Benedicto en una de las epístolas que imaginé para mi novela de «El Papa Luna»: «La historia cuenta, pero sólo el tiempo juzga».

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