El grito,… de Alepo

EL TESTIMONIO DE DOS SACERDOTES, un franciscano y un armeno católico, que desde la zona occidental de la ciudad, lanzan un dramático llamado: detengámonos ahora, o será el fin de todos

ILUSTRACIÓN: Raúl Azuaje

LUCA ATTANASIO. – «En los medios de comunicación se habla casi exclusivamente de la dramática situación de la zona este de Alepo, bombardeada por las tropas regulares de Assad y por los rusos.

Pero en los últimos tiempos, también en la parte occidental de la ciudad se vive una verdadera espiral de la que no se tiene conciencia».

«Los periodistas de todo el mundo, comprensiblemente, se concentran en la zona oriental de la ciudad; son pocos los que preguntan o vienen aquí para entender. Pero aquí, la situación está precipitando, y podemos caer en el olvido internacional».

Es una alarma muy cruda la que llega desde el corazón de la zona oeste de Alepo. La enviaron al mundo a través de Vatican Insider dos sacerdotes,

Firas Lutfi  (franciscano de la Custodia de la Tierra Santa, superior del convento de Er Ram, Alepo) y Elías Janji (sacerdote armenio católico, vice párroco de la catedral, que fue destrozada por las bombas). A pocos días del enésimo misil que lanzaron los rebeldes contra la zona oeste de la ciudad, bajo el control del gobierno sirio, y que mató a dos parejas de hermanitos que estaban por entrar a la escuela, los dos prelados explican las dificultades de la vida cotidiana en una zona en constante asedio. Ofrecen también un análisis de las razones del conflicto, que está fuera de control y expresan su dolor por una ciudad, una nación que desfallecen. Pero no dejan espacio a la desesperación.

«Antes de 2011 —comienza fray Firas—, en Alepo vivían más de 2 millones de personas. Ahora no llegan a 1,3 millones. Todos están escapando. En la zona este, los servicios para la ciudadanía fueron interrumpidos. A las penas de la guerra, pues, se ha sumado la falta casi absoluta de las instituciones. La situación en la parte oeste de la ciudad gradualmente se está pareciendo cada vez más a la de la zona este, y temo que en poco tiempo ya no habrá una zona mejor que la otra. Será un infierno tanto Alepo este como Alpeo oeste, en el sur y en el norte. Las casas, los hospitales, las escuelas, los edificios demolidos son muchísimos, muere mucha gente, niños. Sobre mi convento cayó un misil el 21 de mayo pasado y mató a una de nuestras huéspedes, una anciana, y en los últimos meses los rebeldes nos han tomado como blanco, por lo que hemos decidido no reconstruir nada. Los yihadistas acusan a Assad, pero son ellos los que atacan el oeste de Alepo. Desgraciadamente, cada vez que se habla de tregua, aumentan las bombas. Desde Misurata, se había pedido que los yihadistas y Al Nusra se salieran de esta zona, siempre y cuando la ONU y Rusia garantizaran corredores humanitarios para los civiles. Y llegó su “no” mediante los misiles». «Cada día caen bombas en Sulaymaniyah y en toda la zona de la ciudad —cuenta el padre Elías—, todos parecen haber enloquecido. Además, desde hace tiempo, se han sumado problemas nuevos y muy graves: el acueducto y las centrales eléctricas están bajo el control de los rebeldes, que cierran o abren según se les antoje. Desde hace 15 días no hay agua y desde hace 4 la electricidad es muy poca. Cada uno de nosotros sale de su casa por la mañana y sabe muy bien que no es seguro que vuelva. El número de mis amigos, conocidos y parientes que han escapado o que han muerto es enorme».

En Siria se está combatiendo una guerra internacional, casi mundial…

Fray Firas: «Durante los primeros meses de 2011, parecía que había una especie de contagio de las Primaveras y había mucho entusiasmo. Después de 5 años y medio, el pesimismo reina como soberano. Lo que creo es que la Primavera árabe solo fue un sombrero sobre un proyecto internacional mucho más articulado.

Aquí se está consumando la nueva guerra fría y varias potencias toman partido según sus conveniencias: Turquía, Arabia Saudita, Qatar, Irán, varios Estados europeos, y también micro-ejércitos, perros sueltos de diferentes nacionalidades, son actores en el conflicto. Y nosotros, ¿qué culpa tenemos? Son gigantes, entonces, ¿por qué eligieron Siria para guerrear entre sí? Yo creo que lo que detonó esta situación fue la invasión estadounidense en Irak, y la base de todo es la explotación de los recursos.

Qatar quería que pasara un gasoducto por Siria y Turquía para llegar a Europa. Los rusos estaban en contra. Y así, de país rico culturalmente y en recursos naturales, nos hemos convertido en presa. Aquí se juega un partido fundamental para la humanidad entera: o esta espantosa intriga internacional se resuelve definitivamente, a partir de Siria, o explotará el “big bang” mundial. O nos salvamos juntos ahora, empezando por Alepo, o llegará una guerra mundial».

¿Qué es lícito esperarse?

La gente, según el padre Elías, ha perdido toda esperanza. Cada día la situación empeora. La pobreza es enorme y no es fácil consolar a las personas;  «pero hay elementos que ayudan a no sucumbir. Antes que nada, la fe en Dios. Después, el apoyo que recibimos de tantos amigos en el mundo. Está la ayuda de la Caritas, la del Jesuit Refugee Service, pero también de pequeñas organizaciones como Aiulas (aiulas.org) con la que hemos hecho pequeños proyectos. Gracias a esta pequeña asociación italiana logramos abastecer con diesel todo el año pasado, garantizamos el servicio del agua y, no hace mucho, recibimos fondos para garantizar cuidados médicos a 125 personas gratuitamente. También es muy positivo el diálogo, la amistad entre los musulmanes y los cristianos. Ninguno de los fieles islámicos cree en Daesh. Nosotros, como sacerdotes, en compañía de los jeques, intervenimos a menudo en la televisión y llamamos a la hermandad, por lo menos entre nosotros, la sociedad civil. Pero mucha gente ha perdido a sus seres queridos, y, para un corazón enfermo de tristeza, es difícil abrirse al diálogo o al consuelo. Pero poco a poco las cosas cambiarán».

«La esperanza —retoma el fraile Firas— es lo único que nos sostiene, es una lucha interior espiritual. Mucha gente sufre depresión, pero nosotros no nos encerramos. Yo espero que el diálogo entre las fuerzas en campo no cese nunca; hay que evitar la lógica del todo o nada: hay que establecer pactos y negociar. Y luego, basta con el comercio de armas; si se redujeran los negocios de la guerra, el mundo, empezando por Alepo, volvería a tener un poco de esperanza».

Mientras las potencias involucradas encuentran nuevas vías para acabar con el conflicto, un signo de esperanza llega justamente desde la parte oeste de Alepo. A mediados de octubre, 800 niños cristianos y musulmanes fueron reunidos por fray Firas y sus hermanos para rezar, bailar, jugar juntos por la paz. «Puesto que nosotros los adultos hemos fracasado, nos dirigimos a ellos para enternecer el corazón de Dios y abrir el corazón endurecido de los potentes».

 

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