El VATICANO

Encíclicas / Francisco

Encíclicas / Juan Pablo II

Juan Pablo II ha escrito 14 Encíclicas; 13 de ellas son Cartas Encíclicas y una -la “Slavorum apostoli”- es una Epístola Encíclica. Redemptor Hominis: …

 

CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA (CEV)

 Comunicados

Exhortación Pastoral: “Jesucristo Luz y Camino para Venezuela” de la CVII Asamblea de la Cev – 13 de enero de 2017

 

COBERTURA, VISITA DEL PAPAL

Homilía en la Misa en Egipto

EL CAIRO /  (ACI).- En su segundo día de visita en Egipto, el Papa Francisco celebró la Santa Misa en el estadio del Ejército del Aire de El Cairo ante unas 15.000 fieles.

El Santo Padre aseguró en su homilía que “quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa:

Al Salamò Alaikum / La paz sea con vosotros.

Hoy, III domingo de Pascua, el Evangelio nos habla del camino que hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén. Un Evangelio que se puede resumir en tres palabras: muerte, resurrección y vida.

Muerte: los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos, llenos de desilusión y desesperación. El Maestro ha muerto y por tanto es inútil esperar. Estaban desorientados, confundidos y desilusionados. Su camino es un volver atrás; es alejarse de la dolorosa experiencia del Crucificado. La crisis de la Cruz, más bien el «escándalo» y la «necedad» de la Cruz (cf. 1 Co 1,18; 2,2), ha terminado por sepultar toda esperanza. Aquel sobre el que habían construido su existencia ha muerto y, derrotado, se ha llevado consigo a la tumba todas sus aspiraciones. No podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en la cruz de la vergüenza.

No podían comprender por qué Dios Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. La cruz de Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios. De hecho, los muertos en el sepulcro de la estrechez de su entendimiento.

Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre; cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida. Los discípulos reconocieron a Jesús «al partir el pan», en la Eucarística. Si nosotros no quitamos el velo que oscurece nuestros ojos, si no rompemos la dureza de nuestro corazón y de nuestros prejuicios nunca podremos reconocer el rostro de Dios.

Resurrección: en la oscuridad de la noche más negra, en la desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos y los acompaña en su camino para que descubran que él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús trasforma su desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz (cf. Hb 11,34).

Los dos discípulos, de hecho, luego de haber encontrado al Resucitado, regresan llenos de alegría, confianza y entusiasmo, listos para dar testimonio. El Resucitado los ha hecho resurgir de la tumba de su incredulidad y aflicción. Encontrando al Crucificado-Resucitado han hallado la explicación y el cumplimiento de las Escrituras, de la Ley y de los Profetas; han encontrado el sentido de la aparente derrota de la Cruz.

Quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder.

Vida: el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de los dos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad (cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 11 abril 2007). En efecto, la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).

El Resucitado desaparece de su vista, para enseñarnos que no podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29 y cf. 20,17). La Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los Sacramentos. Los discípulos de Emaús comprendieron esto y regresaron a Jerusalén para compartir con los otros su experiencia. «Hemos visto al Señor […]. Sí, en verdad ha resucitado» (cf. Lc 24,32).

La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón (cf. 1 S 16,7) y detesta la hipocresía (cf. Lc 11,37-54; Hch 5,3-4).[1] Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita.

La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente, sin distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir, a defender y a vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño.

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

A Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada.

Ahora, como los discípulos de Emaús, regresad a vuestra Jerusalén, es decir, a vuestra vida cotidiana, a vuestras familias, a vuestro trabajo y a vuestra patria llenos de alegría, de valentía y de fe. No tengáis miedo a abrir vuestro corazón a la luz del Resucitado y dejad que él transforme vuestras incertidumbres en fuerza positiva para vosotros y para los demás. No tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente.

La Virgen María y la Sagrada Familia, que vivieron en esta bendita tierra, iluminen nuestros corazones y os bendigan a vosotros y al amado Egipto que, en los albores del cristianismo, acogió la evangelización de san Marcos y ha dado a lo largo de la historia numerosos mártires y una gran multitud de santos y santas.

Al Massih Kam / Bilhakika kam!Cristo ha Resucitado. / Verdaderamente ha Resucitado.

 

Al-Tayeb y el Papa Francisco

Discurso en la Universidad de Al-Azhar

EL CAIRO / (ACI).- El Papa Francisco ofreció, en el marco de su viaje a Egipto, un discurso en la Universidad de Al-Azhar dirigido a los participantes en la Conferencia Internacional para la Paz.

En su discurso, el Santo Padre destacó la importancia de la educación para desarrollar una verdadera cultura del encuentro y del diálogo que promueva la paz y el entendimiento. Francisco destacó que, ante la barbarie y la incomprensión, la religión no es un problema, sino parte de la solución.

 

A continuación, el texto completo del discurso del Papa Francisco:

Al Salamò Alaikum! / La paz sea con vosotros.

Es para mí un gran regalo estar aquí, en este lugar, y comenzar mi visita a Egipto encontrándome con vosotros en el ámbito de esta Conferencia Internacional para la Paz. Agradezco al Gran Imán por haberla proyectado y organizado, y por su amabilidad al invitarme. Quisiera compartir algunas reflexiones, tomándolas de la gloriosa historia de esta tierra, que a lo largo de los siglos se ha manifestado al mundo como tierra de civilización y tierra de alianzas.

Tierra de civilización. Desde la antigüedad, la civilización que surgió en las orillas del Nilo ha sido sinónimo de cultura. En Egipto ha brillado la luz del conocimiento, que ha hecho germinar un patrimonio cultural de valor inestimable, hecho de sabiduría e ingenio, de adquisiciones matemáticas y astronómicas, de admirables figuras arquitectónicas y artísticas.

La búsqueda del conocimiento y la importancia de la educación han sido iniciativas que los antiguos habitantes de esta tierra han llevado a cabo produciendo un gran progreso. Se trata de iniciativas necesarias también para el futuro, iniciativas de paz y por la paz, porque no habrá paz sin una adecuada educación de las jóvenes generaciones. Y no habrá una adecuada educación para los jóvenes de hoy si la formación que se les ofrece no es conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional.

La educación se convierte de hecho en sabiduría de vida cuando consigue que el hombre, en contacto con Aquel que lo trasciende y con cuanto lo rodea, saque lo mejor de sí mismo, adquiriendo una identidad no replegada sobre sí misma.

La sabiduría busca al otro, superando la tentación de endurecerse y encerrarse; abierta y en movimiento, humilde y escudriñadora al mismo tiempo, sabe valorizar el pasado y hacerlo dialogar con el presente, sin renunciar a una adecuada hermenéutica.

Esta sabiduría favorece un futuro en el que no se busca la prevalencia de la propia parte, sino que se mira al otro como parte integral de sí mismo; no deja, en el presente, de identificar oportunidades de encuentro y de intercambio; del pasado, aprende que del mal sólo viene el mal y de la violencia sólo la violencia, en una espiral que termina aislando.

Esta sabiduría, rechazando toda ansia de injusticia, se centra en la dignidad del hombre, valioso a los ojos de Dios, y en una ética que sea digna del hombre, rechazando el miedo al otro y el temor de conocer a través de los medios con los que el Creador lo ha dotado.

Precisamente en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. En este sentido, el trabajo del Comité mixto para el Diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y el Comité de Al-Azhar para el Diálogo representa un ejemplo concreto y alentador.

 

Universidad de Al-Azhar

 

El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones. El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro.

La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación.

Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad.

En este desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: «Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso. […] Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas […], porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin el sol».

Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro. Que san Francisco de Asís, que hace ocho siglos vino a Egipto y se encontró con el Sultán Malik al Kamil, interceda por esta intención.

Tierra de alianzas. Egipto no sólo ha visto amanecer el sol de la sabiduría, sino que su tierra ha sido también iluminada por la luz multicolor de las religiones. Aquí, a lo largo de los siglos, las diferencias de religión han constituido «una forma de enriquecimiento mutuo del servicio a la única comunidad nacional».

Creencias religiosas diferentes se han encontrado y culturas diversas se han mezclado sin confundirse, reconociendo la importancia de aliarse para el bien común. Alianzas de este tipo son cada vez más urgentes en la actualidad. Para hablar de ello, me gustaría utilizar como símbolo el «Monte de la Alianza» que se yergue en esta tierra. El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (cf. Ex 19,12).

Se trata de un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad y, por el otro, se confunden la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente.

Existe el riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en realidad sólo quieren instrumentalizarla.

En un mundo en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética, difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la evocación de los propios orígenes: la vocación del hombre, que no ha sido creado para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para encaminarse hacia el Absoluto al que tiende.

Por estas razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la solución: contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres.

En este sentido, volviendo con la mente al Monte Sinaí, quisiera referirme a los mandamientos que se promulgaron allí antes de ser escritos en la piedra. En el corazón de las «diez palabras» resuena, dirigido a los hombres y a los pueblos de todos los tiempos, el mandato «no matarás» (Ex 20,13).

Dios, que ama la vida, no deja de amar al hombre y por ello lo insta a contrastar el camino de la violencia como requisito previo fundamental de toda alianza en la tierra. Siempre, pero sobre todo ahora, todas las religiones están llamadas a poner en práctica este imperativo, ya que mientras sentimos la urgente necesidad de lo Absoluto, es indispensable excluir cualquier absolutización que justifique cualquier forma de violencia. La violencia, de hecho, es la negación de toda auténtica religiosidad.

Como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto.

Estamos obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz, Dios salam. Por tanto, sólo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre.

Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica.

La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta. Digamos juntos: Cuanto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo.

Sin embargo, la religión no sólo está llamada a desenmascarar el mal sino que lleva en sí misma la vocación a promover la paz, probablemente hoy más que nunca.[6] Sin caer en sincretismos conciliadores, nuestra tarea es la de rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos «no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios».

Más aún, reconocemos que inmersos en una lucha constante contra el mal, que amenaza al mundo para que «no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad», «a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles».

Por el contrario, son esenciales: En realidad, no sirve de mucho levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse: hoy se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción.

Asistimos perplejos al hecho de que, mientras por un lado nos alejamos de la realidad de los pueblos, en nombre de objetivos que no tienen en cuenta a nadie, por el otro, como reacción, surgen populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a consolidar la paz y la estabilidad.

Ninguna incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia. Para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia.

Para ir más a la raíz, es necesario detener la proliferación de armas que, si se siguen produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse. Sólo sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales.

A este compromiso urgente y grave están obligados los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en marcha —cada uno en su propio campo— procesos de paz, sin sustraerse a la tarea de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados.

Espero que, con la ayuda de Dios, esta tierra noble y querida de Egipto pueda responder aún a su vocación de civilización y de alianza, contribuyendo a promover procesos de paz para este amado pueblo y para toda la región de Oriente Medio.

Al Salamò Alaikum! / La paz esté con vosotros.

 

DOCUMENTO

La carta del Papa al CELAM  

Mis hermanos Obispos reunidos en la Asamblea del CELAM 

Queridos hermanos 

Quiero acércame a Ustedes en estos días de Asamblea que tiene como mística de  fondo la celebración de los 300 años de Nuestra Señora Aparecida. Y, con Ustedes me gustaría poder  “visitar” ese Santuario. Una visita de hijos y de discípulos, visita de hermanos que como Moisés quie ren descalzarse en esa tierra santa que sabe albergar el encuentro de Dios con Su pueblo.
Así también  quisiera que fuese nuestra “visita” a los pies de la Madre, para que ella nos engendre en la esperanza y  temple nuestros corazones de hijos. Seria como “volver a casa” para mirar, contemplar pero especial mente para dejarnos mirar y encontrar por Aquel que nos amó primero.  Hace 300 años un grupo de pescadores salió como de costumbre a tirar sus redes “Salieron a ganarse  la vida y fueron sorprendidos por un hallazgo que les cambió los pasos: en sus rutinas son encontra dos por una pequefla imagen toda recubierta de fango.
Era Nuestra Señora de la Concepción, imagen  que durante 15 años permaneció en la casa de uno de ellos, y allí los pescadores iban a rezar y Ella  los ayudaba a crecer en la fe. Aún hoy 300 aflos después, Nuestra Señora Aparecida, nos hace crecer,  nos sumerge en un camino discipular.
Aparecida es toda ella una escuela de discipulado. Y, al respecto,  quisiera señalar tres aspectos. El primero son los pescadores. No eran muchos, un grupito de hombres que cotidianamente salían a  encarar el día y a enfrentar la incertidumbre que el rio les deparaba. Hombres que vivian con la inseguridad de nunca saber cual seria la “ganancia” del día; incertidumbre nada fácil de gestionar cuando se  trata de llevar el alimento a casa y sobre todo cuando en esa casa hay niños que alimentar. Los pesca dores son esos hombres que conocen de primera mano la ambivalencia que se da entre la generosidad  del rio y la agresividad de sus desbordes. Hombres acostumbrados a enfrentar inclemencias con la re ciedumbre y cierta santa “tozudez” de quienes día a día no dejan – porque no pueden- de tirar las redes. Esta imagen nos acerca al centro de la vida de tantos hermanos nuestros. Veo rostros de personas que  desde muy temprano y hasta bien entrada la noche salen a ganarse la vida. Y lo hacen con la inseguridad  de no saber cual será el resultado. Y lo que más duele es ver que – casi de ordinario – salen a enfrentar  la inclemencia generada por uno de los pecados más graves que azota hoy a nuestro Continente: la corrupción, esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la más extrema pobreza. Corrupción  que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va  carcomiendo la vida cotidiana de nuestro pueblo. Y ahí están tantos hermanos nuestros que, de manera  admirable, salen a pelear y a enfrentar los “desbordes” de muchos… de muchos que no necesitan salir. El  segundo  aspecto  es  la  Madre.  María  conoce  de  primera  mano  la  vida  de  sus  hijos.  En  criollo  me   atrevo a decir: es madraza. Una madre que está atenta y acompafla la vida de los suyos. Va a donde no  se la espera.
En el relato de Aparecida la encontramos en medio del rio rodeada de fango. Ahí espera a  sus hijos, ahí está con sus hijos en medio de sus luchas y búsquedas. No tiene miedo de sumergirse con  ellos en los avatares de la historia y, si es necesario, ensuciarse para renovar la esperanza. María aparece  allí donde los pescadores tiran las redes, allí  donde esos hombres intentan ganarse la vida. Ahí está ella. Por último, el encuentro. Las redes no se llenaron de peces sino de una presencia que les llenó la vida  y les dió la certeza de que en sus intentos, en sus luchas, no estaban solos. Era el encuentro de esos  hombres con María. Luego de limpiarla y restaurarla la llevaron a una casa donde permaneció un buen  tiempo. Ese hogar, esa casa, fue el lugar donde los pescadores de la región iban al encuentro de la Aparecida. Y esa presencia se hizo comunidad, Iglesia. Las redes no se llenaron de peces, se transformaron  en comunidad. En  Aparecida,  encontramos  la  dinámica  del  Pueblo  creyente  que  se  confiesa  pecador  y  salvado,  un   pueblo recio y tozudo, consciente de que sus redes, su vida, está llena de una presencia que lo alienta a  no perder la esperanza; una presencia que se esconde en lo cotidiano del hogar y de las familias, en esos  silenciosos espacios en los que el Espíritu Santo sigue apuntalando a nuestro Continente. Todo esto nos  presenta un hermoso icono que a nosotros, pastores, se nos invita a contemplar.
Vinimos como hijos y  como discípulos a escuchar y aprender que es lo que hoy, 300 años después, este acontecimiento nos  sigue diciendo. Aparecida  (ya  sea  aquella  aparición  como  hoy  la  experiencia  de  la  Conferencia)  no  nos  trae  recetas   sino claves, criterios, pequeñas grandes certezas para iluminar y, sobre todo, “encender” el deseo de  quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a la actitud que plantó la fe en los  comienzos de la Iglesia y después hizo de nuestro Continente la tierra de la esperanza. Aparecida tan  solo quiere renovar nuestra esperanza en medio de tantas “inclemencias”. La primera invitación que este icono nos hace como pastores es aprender a mirar al Pueblo de Dios.  Aprender a escucharlo y a conocerlo , a darle su importancia y lugar. No de manera conceptual u or ganizativa, nominal o funcional. Si bien es cierto que hoy en día hay una mayor participación de fieles  laicos, muchas veces los hemos limitado solo al compromiso intraeclesial sin un claro estimulo para  que permeen, con la fuerza del evangelio, los ambientes sociales, políticos, económicos, universitarios.  Aprender a escuchar al Pueblo de Dios significa descalzarnos de nuestros prejuicios y racionalismos, de  nuestros esquemas funcionalistas para conocer cómo el Espíritu actúa en el corazón de tantos  hombres  y  mujeres  que  con  gran  reciedumbre  no  dejan  de  tirar  las  redes  y  pelean  por  hacer   creíble el evangelio, para conocer como el Espíritu sigue moviendo la fe de nuestra gente; esa fe que no  sabe tanto de guanacias y de éxitos pastorales sino de firme esperanza.
!Cuánto tenemos aprender de la  fe de nuestra gente! La fe de madres y abuelas que no tienen miedo a ensuciarse para sacar a sus hijos  adelante. Saben que el mundo que les toca vivir está plagado de injusticias, por doquier ven y experi mentan la carencia y la fragilidad de una sociedad que se fragmenta cada día más, donde la impunidad  de la corrupción sigue cobrándose vidas y desestabilizando las ciudades. No  solo  lo  saben…  lo  viven.  Y  ellas  son  el  claro  ejemplo  de  la  segunda  realidad  que  como  pastores   somos invitados a asumir: no tengamos miedo de ensuciarnos por nuestra gente. No tengamos miedo  del fango de la historia con tal de rescatar y renovar la esperanza. Sólo pesca aquél que no tiene miedo  de arriesgar y comprometerse por los suyos. Y esto no nace de la heroicidad o del carácter kamikaze  de algunos, ni es una inspiración individual de alguien que se quiera inmolar. Toda la comunidad crey ente es la que va en búsqueda de Su Señor, porque sólo saliendo y dejando las seguridades (que tantas  veces son ‘mundanas”) es como la Iglesia se centra. sólo dejando de ser autoreferencial somos capaces  de re-centrarnos en Aquél que es fuente de Vida y Plenitud.
Para poder vivir con esperanza es crucial  que nos re-centremos en Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y viene a nosotros  siempre nuevo. El es el centro. Esta certeza e invitación nos ayuda a nosotros, pastores, a centrarnos  en Cristo y en su Pueblo. Ellos no son antagónicos. Contemplar a Cristo en su pueblo es aprender a  descentrarnos de nosotros mismos, para centrarnos en el único Pastor. Re-centrarnos con Cristo en su  Pueblo es tener el coraje de ir hacia las periferias del presente y del futuro confiados en la esperanza de  que el Señor sigue presente y Su presencia será fuente de Vida abundante. De aquí vendrá la creatividad  y la fuerza para llegar a donde se gestan los nuevos paradigmas que están pautando la vida de nuestros  países y poder alcanzar, con la Palabra de Jesús, los núcleos más hondos del alma de las ciudades donde,  cada día más, crece la experiencia de no sentirse ciudadanos sino más bien o  (Cfr. EG 74). Es cierto, no lo podemos negar, la realidad se nos presenta cada vez más complicada y desconcertante,  pero se nos pide vivirla como discípulos del Maestro sin permitirnos ser observadores asépticos e im parciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar las estructuras de  la sociedad con la Vida y el Amor que hemos conocido. Y esto no como colonizadores o dominadores,  sino compartiendo el buen olor de Cristo y que sea ese olor el que siga transformando vidas. Vuelvo a reiterarles, como hermano, lo que escribía en Evangelii Gaudium (49): “prefiero una Iglesia  accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la  comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro  y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos  santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz  y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte  de sentido y de vida.
Más que el temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos  en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables,  en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús  nos repite sin cansarse: <¡Dadles vosotros de comer!> (Mc 6,37)”.
Esto ayudará a revelar la dimensión misericordiosa de la maternidad de la Iglesia que, al ejemplo de  Aparecida, está entre los “ríos y el fango de la historia” acompañando y alentando la esperanza para que  cada persona, allí donde est6, pueda sentirse en casa, puede sentirse hijo amado, buscado y esperado. Esta mirada, este diálogo con el Pueblo fiel de Dios, ofrece al pastor dos actitudes muy lindas a cultivar:  coraje para anunciar el evangelio y aguante para sobrevellevar las dificultades y los sinsabores que la  misma predicación provoca.
En la medida en que nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel  y sintamos el hondón de sus heridas, podremos mirar sin “filtros clericales” el rostro de Cristo, ir a su  Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos transformar, desde Su rostro, en pastores de esperan za. Que María, Nuestra Señora Aparecida, nos siga llevando a su Hijo para que nuestros pueblos en Él,  tengan vida… y en abundancia. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mi. Que Jesris los bendiga y la Virgen Santa los  cuide.

Fraternalmente. Franciscus

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