Cuando lo cotidiano es un escape

PADRE JOSÉ PALMAR‏ : Ayer me enfrenté a unos funcionarios electorales que insultaron a la Iglesia. Me retaron para hoy en el sitio donde vivo… y no vinieron.

VECINOS REDOBLAN ESFUERZOS Y CREAR REDES para asistir a los más necesitados.

FOTO: Meridith Kohut

JULIO MATERANO – EUD  – En medio de la conflictividad social y política que arde en la ciudad, hay quienes han decido sumergirse en su propia cotidianidad para cobijarse en sus quehaceres y aliviar, en un clima de contrariedades, sus propios dramas y tratar de remediar las desdichas de los demás, angustias comunes producidas por el sinsabor de la escasez, la incertidumbre por el día que aún no transcurre y el malestar por la reconfiguración de una urbe cuyos servicios están menguados.

A todo esa sarta de lamentos, hay quienes se sobreponen en las comunidades más deprimidas con sus propias iniciativas, planes de contingencia, gestos espontáneos y redes de apoyo que han surgido en 110 días de protestas que ejercitan la inventiva de vecinos para llegar al trabajo, asistir a una cita médica, protestar y mantener los espacios de encuentros al mismo tiempo.

En La Pastora, una de las pocas parroquias donde el descontento aún se mantiene puertas adentro, Ramón Flores, un septuagenario nacido en Apure, cepilla por encargo la madera de los cuatros e instrumentos musicales de amigos y conocidos que le confían la restauración. Su labor escurre cierta parsimonia, la misma con la que se desplaza en su taller entre muebles vetustos a medio hacer y con la que resuelve los encargos de un día cualquiera.

Flores, al igual que Abraham González, un joven del Sistema de Orquestas que alterna sus tardes entre sus estudios y las tonadas del cuatro en la plaza José Félix Ribas de La Pastora, dice que se sumerge en su rutina para olvidar, de momento, sus propias desdichas.

Al otro extremo de la ciudad, en Caricuao, Alfonso Duarte,  ha creado un grupo informal de apoyo para asistir a personas con discapacidad y de la tercera edad que requieren ser trasladadas a una consulta médica o a un hospital. “Mi abuela, que vive sola en la UD2 , fue arrollada el mes pasado por un motorizado que intentaba amedrentar a un grupo de manifestantes. En esa unidad habitacional hay mucha gente sola, discapacitada y sin familia que requiere atención. Desde entonces, mi primo y yo hemos estado atentos a ellos”, cuenta Duarte.

En El Valle, una de las 10 parroquias más pobladas de la ciudad, un grupo de  vecinos se adelanta a la contingencia con organización.

Aseguran que las protestas pacíficas que se dan en la zona devienen por las noches en el acecho de funcionarios del Estado que disparan bombas lacrimógenas contra las torres ente las calles 11 y 14.

A simple vista solo son edificios ruinosos, torres curtidas de negro y con el friso despellejado del tanto llover.

Para sus residentes son el relato de la agresión de los cuerpos de seguridad, testimonios de la represión encarnizada contra quienes se atreven a gritar consignas en rechazo a Maduro.

Detrás de las paredes manchadas de pólvora, de cada torre embestida por la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional y grupos armados, cada familia traza su propia estrategia de supervivencia. En la Calle Real de Los Jardines los mensajes son implícitos, se emiten en códigos, grupos de WhatsApp y sonidos que hoy denotan urgencia, como los pitos y vuvuzelas que accionan los residentes de los edificios Tulipán, Clavel y Yurubí.

“No podemos echarnos a morir. Hemos entendido que el país atraviesa una coyuntura muy importante y tenemos que bregar el cambio desde nuestro entorno sin dejar a un lado el trabajo, la universidad o aquellas cosas cotidianas. Hay que trabajar para comer, pero también debemos comer para luchar”, dice con verbo apresurado Amelia Espinoza, dirigente vecinal de El Valle.

En esa misma zona, pero en el Barrio San Andrés, una comunidad que se estrenó en el resabio de las cacerolas en 20 de abril, cuando hubo al menos 12 muertos, se mantiene en pie una iniciativa humanitaria de gran impacto social.

Se trata de la Casa de Acogida y Rehabilitación Padre Machado que atiende a personas con problemas de consumo de drogas y alcohol. El recinto ofrece, tres veces por semana, asistencia ambulatoria e interna a decenas de hombres en situación de calle que recorren la ciudad en busca de alimentos.

En una capital dominada por una visión fatalista, propia de la crisis, hay voluntarios y familias que redoblan sus esfuerzos en las zonas más desasistidas del Área Metropolitana para atender  a una población que adolece de esperanza y que vive la cotidianidad inmersa en aires de violencia. Un ejemplo de ello es lo que ocurre en Santa Rosalía, una de las zonas con mayor índice de pobreza, donde un grupo de laicos de la iglesia San Miguel Arcángel se impone a la crisis con el programa “Solidaridad Dehoniana”.

La iniciativa, explica el párroco Wilfredo Corniel, surgió en la cuaresma pasada como un ejercicio de ayuno, para que las familias pudieran compartir durante cada viernes de penitencia su comida.

“Es una forma de colaborar desde la propia pobreza. No es dar lo que te sobre sino lo que tienes. Dios siempre va a multiplicar desde lo poco, desde la pobreza”, dice el sacerdote en torno a la iniciativa que suma varios meses y que se mantiene con el apoyo de la comunidad pese a la coyuntura.

Para las voluntarias Rosa Vivas y Judith Rivas, ambas residentes de El Cementerio, es un gesto concreto de compasión en la hora más aciaga del país. “Hay que compartir con el necesitado porque eso bendice el alma”, agrega Rivas.

Trabajar para lograr el cambio

La agresión de grupos irregulares, que alcanza lugares inusitados, fuera del acostumbrado terreno de la protesta en el este de Caracas, despierta preocupación en  El Paraíso, Montalbán, Catia, Caricuao y El Valle.

Quienes viven en los inmuebles asaltados por hombres armados y efectivos del Estado, como las residencias Parque Caracas, en Candelaria, y Los Verdes, en El Paraíso, esgrimen sus historias de horror y repudian el asedio.

A propósito de ello,  el docente e investigador Aníbal Isturdes, portavoz del Comité de Defensa de la Parroquia San José, advierte que la violencia confirma el proceso de incertidumbre, polarización y de radicalidad que embiste a la población. “El desencuentro y la confrontación afectan la calidad de vida. Y se están dejando a un lado problemas fundamentales como el resguardo del patrimonio urbano, la fisonomía de la ciudad y la toponimia que corresponden a la memoria histórica del caraqueño”, dice.

A ese problema, Isturdes responde con una fórmula que ha funcionado en la parroquia San José, donde buena parte de los vecinos resuelve sus diferencias en el campo del entendimiento y el respeto mutuo. “Mucha gente se olvida de que existimos, y solo recuerda el oeste de la ciudad cuando por fin alguien sale a gritar lo que siente o todo aquello que rechaza”, manifiesta Norma Rodríguez, de Catia. Rodríguez tiene 48 años de edad y el mismo tiempo viviendo en la parroquia. Dice que aprendió a traducir la realidad de su entorno.

Alberto Andrades, psicólogo social de la Universidad Católica Andrés Bello, advierte que hay que ver la protesta como una manifestación social. “La lectura debe ser completa. No podemos darle mayor valor a lo que ocurre en el este de Caracas. La gente tiene que reconfigurar su vida,  reinventarse y adoptar estrategias para seguir adelante. El país no se va a suspender como algunos esperan. Es con trabajo y una actitud activa como se logran los cambios”, argumenta.

A su juicio, no se deben sectorizar las acciones de calle porque se corre el riesgo de invisibilizar grupos importantes. El investigador y planificador ambiental Hernán Papaterra plantea un problema que se ha agudizado desde abril: la recolección de desechos. “La basura dispersa es foco de infecciones, bajo ninguna circunstancia debe quemase”, dice.

Considera que es solo con la gente en la calle como debería protestarse. Ante la suspensión del servicio, en zonas de El Paraíso algunas familias pagan camiones privados para que carguen los desechos.

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